Todos somos vampiros
Aún después de 117 años en que Bram Stoker escribió Drácula, inspirado en la historia del príncipe Vlad Tepes III Dracul, quien combatiera de la forma más cruel contra los turcos en el siglo XV, la leyenda pervive hasta nuestros días.
Ignacio Solares, en su artículo Drácula, la inmortalidad del mito, publicado por la Revista de la Universidad de México toma
los ejemplos tanto del historiador alemán Ralf-Peter Martin, el inglés Raymond
McNally y el rumano Radu Florescu, grandes estudiosos del pesonaje, para
señalar algunas de sus memorables torturas.
“…se mencionan algunos de sus métodos de tortura
predilectos: mutilar narices, orejas, dedos, órganos sexuales, cegar, quemar,
hervir, despellejar, desmembrar, enterrar vivos, obligar a las víctimas a
presenciar la tortura de un ser querido, untarle los pies con miel y darlos a
lamer a animales hambrientos…Pero, por sobre todos los métodos de tortura, el
príncipe prefería el empalamiento.
Y cita: ‘Para llevar a cabo este castigo se ponía al
condenado boca abajo, se le ataban firmemente las manos a la espalda y las
piernas se le mantenían bien separadas. Se le lubricaba el ano y por ahí metía
el verdugo la estaca, lentamente, muy lentamente. Después, con todo y víctima,
enderezaba el palo y lo clavaba en la tierra. La víctima, por su propio peso,
se deslizaba por el palo hacia abajo hasta que éste, por fin, reaparecía por el
hombro, por el pecho, por el estómago. Pero a veces la muerte de los infelices era
lenta. Hubo casos de condenados que soportaron vivos la tortura hasta tres
días. La velocidad de la muerte variaba según los casos y dependía tanto de la
constitución de la víctima como de la dirección del palo. Por cierto, en un
increíble refinamiento de crueldad del príncipe Vlad Tepes, pedía que la punta
del palo no fuese del todo puntiaguda. Con ello evitaba perforar ciertos
órganos y, por lo tanto, las fuertes hemorragias.’”
En mi biografía novelada Cónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne. (ed. Los
libros del Sargento), Antragne, el personaje de la trama, asegura a la
periodista Manú Dornbierer, que ha sido víctima de vampirismo y tal vez tiene
razón, pues no está tan alejado de esta sensibilidad diabólica mientras dibuja,
en un alucinante puntillismo, al mismo Tepes.
A la vista de este blog, podemos observar que el
dibujo de Antragne, aún con pocos elementos, no escatima en sustancia y
simbolismo, por lo cual se vuelve un documento plástico importante para quien
busca los antecedentes del conde Drácula.
Aunque la leyenda, vista en las películas y en
nuestra imaginación, es roja de tanta sangre, el retrato en blanco y negro hace
más visibles tanto los rasgos de este personaje maléfico, así el ambiente frío
y nebuloso que invita a la ensoñación.
Como en todos los sádicos personajes que elige
Antragne para representar en millones de alucinantes puntos, en Vlad Tepes,
llama la atención su mirada iluminada, lúcida y gozosa de haber logrado tales
fechorías. Una mirada sobrepasada por la inteligencia y la pasión. Sobre su
frente, un dije con elementos mortuorios, arriba del cual se levanta una cruz
cristiana, como símbolo de la fe que profesaba y a la que dio la espalda,
casándose con el diablo, cuando perdió a su amada.
Tras él, los hombres empalados; al centro de la
imagen, como punto de fuga, su escapulario con una calavera y en su pecho un
murciélago, dominado delicadamente por sus largas y huesudas manos, que han
tenido la finura de cuidar tanto su elegantísimo atuendo de príncipe como sus
más macabras maniobras de tortura.
A pesar de que mucha gente de la época en la que
predominó su dibujo (años cincuenta) lo satanizó y lo rechazó por completo, a
tal grado que murió en el anonimato, Antragne no cedió a su búsqueda por
encontrar los motivos más ocultos que impulsan y promueven la destrucción. Lo
podemos ver en otros de sus personajes como Gilles de Rais (torturador y
violador de niños en la Edad Media), la condesa húngara del Renacimiento
(Erszébet Báthory), quien matara a 800 doncellas para bañarse con su sangre
para rejuvenecerse, ambos símilares a Vlad Tepes.
En lo personal yo creo que no ha habido un ser
humano tan auténtico como Antragne para reconocer que lo diabólico también vive
en nosotros (en distintos grados, claro está) y que quien no lo acepta, es que
no está listo para dar un salto dentro de la línea de la conciencia espiritual.
No sólo los buscadores del horror, con todo y los
aullidos que puedan sacar durante la lectura de un buen libro oscuro o gótico o
la expectación de una película de terror, son los responsables de la
sobrevivencia del mal y la perversión, sino el resto de los seres humanos lo
somos por la resonancia histórica y educativa que despierta el tema en lo más
profundo de la psique.
Vlad Tepes representa muchas cosas: el poder y
domino (su fuerza e influencia sobre los animales y elementos de la
naturaleza), y en su conversión vampírica (ya tratada dentro de la novela Drácula), el deseo insatisfecho (su
necesidad insaciable de sangre), la sensualidad y la elegancia (la seducción
amenazadora, que lo vuelve, incluso, atractivo), la inteligencia (el dominio de
la mente), la sangre (el camino, la vida, si lo vemos desde un punto de vista
junguiano).
El ser humano es portador de ese gen vampírico y se
observa en su relación con la vida misma: su afán de posesión, su hambre y sed
constantes de alimento, de poder, de éxito, de pasión, de amor, de conocimiento,
elementos que no pueden ser saciados a plenitud y por ello se generan los
venenos de odio, envidia, celos, ira e ignorancia, los cuales han terminado con
civilizaciones completas.
En otro ámbito, podemos ver que en algunas artes
chamánicas se reconocen como vampiros a las personas que, aún sin darse cuenta,
chupan la energía de los demás para hacerse visibles: son los explotadores de
gente, los que restringen, los represores, en todos los sentidos, desde padres
de familia, hasta jefes, políticos y narcos, entre muchos otros; son todos
aquellos tiranos que no entienden que el ser humano debe ser libre por derecho
natural.
Pero los reprimidos no están exentos. En lo más
profundo del corazón es seguro que no existe un ser vivo que no haya tenido,
por lo menos en un atisbo, unas ganas infinitas de asesinar. Seguro no existe un
ser humano que no haya tenido pensamientos negativos hacia alguien más, o que
no haya soñado despierto con algún tipo de perversión y que, sin embargo, lo
guarda celosamente en lo más profundo de sí.
Quien no lo haya sentido o vivido, no se puede
considerar un ser humano completo, pues la realidad está formada por lo blanco
y lo negro y quien no lo acepte, es un hipócrita.
La oscuridad habita en lo más recóndito de nosotros
y que no vemos o no queremos ver, pero ahí está y se compone, en mayor o menor
grado, de los mismos elementos que vemos en las peores novelas de horror.
Las pesadillas, la sensación de pesadéz que se vive
como una neblina que cubre la conciencia y no permite ver la vida tal como es,
la increíble y nefasta (a la vez) sensación de deseo sexual que se busca
satisfacer a toda costa y que muchas veces, la mayoría quizá, no es plenamente
satisfecha tal y como la alucinamos, no habitan gratuitamente en nosotros.
La novela espistolar de Stoker da todo ese ambiente
de neblina que embiste para que el conde o los vampiros en general (se les llama
“Nosferatu”) puedan poseer a sus víctimas y esto nos puede situar en esos
mismos sueños intermedios en los que no sabemos si estamos despiertos o
dormidos…
Cualquier practicante espiritual de convicción --lo
puedo asegurar--, ha sentido esos influjos, no necesariamente vampíricos, pero
si se ha sensibilizado a su práctica, ha podido advertir en su cuerpo físico y
energético, una experiencia similar.
Lo que me conmueve de la novela (a diferencia de la
vida de hoy) es la valentía y la convicción de los personajes de enfrentarse a
tal monstruo para salvar a la humanidad y el temple de todos cuando se avecinan
los encuentros. Stoker ofrece una esperanza porque, a la luz de la fe y de la
conciencia, sus personajes logran vencer al enemigo. Ya quisiéramos las
personas de esta sociedad, que alguien de la estirpe de Van Helsing nos
defendiera de los horrores que vivimos con los torturadores actuales, que
además, carecen de finura, inteligencia y elegancia… ni siquiera tienen esos
atributos.
Todo el simbolismo de Stoker es fundamental para
profundizar en los temas que nos habitan en tanto somos seres con vida: la
vida, la muerte, el bien y el mal.
En este caso, lo que es valioso rescatar es que el
conocimiento del mal (Van Helsing tiene el poder de destruir a su enemigo
porque lo conoce, no lo evade, sino lo conoce). Tener conocimiento del mal es
una forma indispensable no para aliarse a él, sino para acabar con él. Así, en
un aspecto psicológico, quien no conoce a fondo sus demonios, sigue siendo la
víctima de ellos sin saberlo, se corrompe, se autodestruye, se alimenta de la
neurosis y no puede parar de hacerlo.
La fórmula nos la da Van Helsing: hay que clavar una
estaca en el corazón para destruir toda su corrupción y cortar la cabeza del
vampiro para que su alma se libere de una vez por todas. De ahí que, una vez
que se logra hacer con éxito, el cuerpo se vuelve ceniza, cumple la ley de que
somos polvo y en polvo nos convertiremos. Se regresa al origen primordial.
Ya diría Van Helsing, refiriéndose a Drácula: “…uno
de sus terrores, y no el menor de todos, es que este ser maligno está arraigado
profundamente en todo lo bueno, que no puede descansar en un suelo que esté
desprovisto de recuerdos sagrados.”

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