miércoles, 24 de diciembre de 2014

El diablo en Navidad

Después de 21 años en que me puse a investigar sobre la vida y obra del pintor Paul Anttragne, so pretexto de un reportaje que había que entregar al periódico La Jornada a propósito de su muerte, hasta hace poco todavía me preguntaba qué me llevó a terminar con un libro llamado Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne, que habla de la afición de un pintor surrealista francés que vivió en México desde 1957 y se echó un clavado profundo en el tema del mal y la perversión para inmortalizarlo en una obra que resultó perdida entre tanto coleccionista.
Desde luego, su vida era un misterio a resolver. Había que dar con los dueños de los cuadros de Paul, con sus amigos de juventud, con sus amantes, con sus enemigos incluso. Así, un entrevistado me dio el teléfono de otro y ese otro de otro y de otro más...De esa forma, mi cartera de entrevistados estuvo ocupada por artistas plásticos, psiquiatras, escritores, arquitectos, esotéricos, agnósticos, religiosos y filósofos que me hablaban no sólo de Paul Antragne, sino de los personajes que ocuparon su obra como Gille de Rais (el más grande asesino de niños en la Edad Media), Erzsébeth Báthory (condesa húngara del Renacimiento que se bañaba con sangre de las doncellas vírgenes que mató), Cleopatra, Isabel de Baviera, Heliogábalo Augusto, el conde Dracul y otros tantos personajes apocalípticos y mitológicos que dejaron huella por su sadismo y que Paul inmortalizó en una alucinante creación puntillista.
Al principio y movida por una gran curiosidad y entusiasmo por conocer a un personaje tan oscuro, cuyo mundo me era ajeno totalmente, yo era quien formulaba las preguntas a los entrevistados y la familiaridad llegó al punto en que después los entrevistados eran quienes terminaban por preguntarme sobre el, sobre Paul... y así fue que terminé por referirme a él no como Antragne o como el maestro o como el pintor, sino como Paul.
Y es que Paul, sin querer, al fin ya muerto, se convirtió en un gran maestro para mi. Si antes no sabía qué era lo que me movía a escribir sobre su obra tan llena de diablos y perversión, me parece que ahora, haciendo un recuento antes de terminar el 2014, empiezo a comprender que esa búsqueda no era más que la necesidad de encontrar los mecanismos de las mentes criminales precisamente para transformarlas.
Comprendo ahora que la obra de Paul es un legado no sólo por su estética, sino por su contenido tan universal y tan presente. Si bien durante la investigación (que me llevó años) pensaba que aquellos personajes tan siniestros se habían quedado en la distancia que nos separa de la Edad Media y del Renacimiento, ahora me estrello con la realidad no sólo de encontrarlos en esta época, sino de sospechar que se encuentran en nuestro país.
Cada vez que leo las noticias, me encuentro con ese espejo de horror que se ciñe sobre la cara desollada de Julio César Mondragón y me pregunto quién fue ese Gille de Rais que se solazó durante la acción y que ahora permanece libre porque la impunidad lo protege. Y me pregunto qué pasó después con ese asesino. ¿Se habrá arrepentido de alguna forma así como dicen que le sucedió a de Rais, sobre todo cuando por sus crímenes sus años de condena se multiplicaron por tres?
Cada vez que veo los retratos de las mujeres que han muerto buscando a sus hijos, a las muertas de Juárez y demás jovencitas que han desaparecido o cuyos cadáveres han aparecido en condiciones inenarrables, me pregunto dónde están las condesas Báthory que idearon los métodos más tortuosos con tal de beber sangre joven e inocente para llenarse de un poder tan falso y carente de sentido. Cada vez que recuerdo a los niños del ABC, me pregunto si algún exorcista pudiera venir a sacar de México y del planeta a este diablo tan exterminador que ha estado presente en toda la historia de la humanidad, cuyos recuerdos siempre nos remiten a las guerras, batallas, revoluciones, golpes de estado, injusticias, corrupción y todo aquello que detenta el derecho del ser humano a existir, ser libre y feliz.... 
¿Y es que a la vuelta del tiempo, con tanta historia de masacre, no hemos aprendido la lección? ¿La vida se hizo para destruirla? ¿Qué tenemos los seres humanos que optamos por la destrucción más que por la construcción? ¿Por qué si el sentido de la vida es encontrar la felicidad y el amor, nos empeñamos en cultivar el odio?
Tengo amigas que de plano se negaron a reproducir las imágenes diabólicas y obscenas de Paul Antragne en sus muros de FB, como si el odio y el genocidio pertenecieran a otro territorio, como si no lo estuvieran pisando en su propia tierra tan llena de fosas, como si no se detectara el olor a sangre saliendo de las alcantarillas, como si el mundo de nuestros desaparecidos fuera de ficción...
Ahora más que nunca, los personajes que interpretó Paul Antragne y que causaron horror entre la sociedad mexicana de los años sesenta, parecen cobrar vida en cada noticia que leo, en cada declaración que más que dar esperanza, apuñala el alma de los mexicanos. Los veo renacer en las fuentes de la masacre, la mentira y el ciego deseo de poder y riqueza que predomina sobre la vida y la dignidad humana.
Hoy, esta Navidad, particularmente me siento desencantada. No me siento capaz de felicitar al mundo. Los seres humanos no hemos encontrado la clave para que el amor y la paz sean los ganadores.
Me cuesta trabajo festejar, pero aún así, como tantas personas con las que comulgo en la idea de cambiar esta realidad que nos está comiendo y nos quita el derecho a vivir, a ser libres y felices, todavía tengo la confianza en que la paz y el amor puede más que el odio y la indiferencia. Sólo hay que encontrar la clave y revertir el orden mundial, cuyo foco de acción se ha centrado en el poder más que en el amor.
Por eso, en esta Navidad, brindo con Paul Antragne, que quiso decirnos tanto y no pudo porque a él le pasó lo mismo. La indiferencia del mundo lo pateó por completo hasta llevarlo al olvido (como suele pasar en un país en el que todas las masacres terminan por olvidarse y seguimos impulsando un sistema tan atroz y perverso), brindo con él, que fue expulsado por los que no quisieron darse cuenta que en sus manos tenían el cambio.


jueves, 4 de diciembre de 2014

La opción de Jesucristo. Entrevista a Vicente Leñero

Como un homenaje a Vicente Leñero, escritor de novelas, cuentos, teatro, cine y periodismo, les comparto la entrevista que, gustosa, le hice en 1997 para mi libro "Dios y los escritores mexicanos" y que me dejó una profunda enseñanza.

Los Hermanos de las Escuelas Cristianas

--¿Cuál ha sido su idea de Dios , desde niño hasta la fecha?
--Nací en un ambiente de creyentes. No nací en la India ni en Japón ni en Europa Oriental. Nací en México y, entonces, mis creencias están ligadas a un catolicismo muy tradicional. Mi madre era muy religiosa, mi padre un poco menos.
Estudié en el colegio Cristóbal Colón, bajo la religiosidad sumamente rígida de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Era un colegio de un nivel económico más alto al que yo pertenecía, pero mi padre siempre se preocupó porque sus hijos tuviéramos una buena educación. Ahí estudié primaria, secundaria y preparatoria.
Los Hermanos eran muy estrictos en las prácticas religiosas y yo fui moldeado bajo esa forma de creer en un Dios todopoderoso, en un Jesucristo muy derivado de una lectura tradicional de los Evangelios.
Francois Mauriac habla de algo semejante. No sé con qué tipo de curas se educó, pero dice que todo lo bueno que él tenía provenía de ahí y también todo lo  malo. Yo pienso lo mismo. La educación religiosa que recibí fue muy favorable para formarme un criterio de valores como son la trascendencia, la honradez, la humildad... No se puede ser cristiano sin esa clase de valores.
El prójimo está por delante. El otro, que para Sartre es el enemigo, el contrario, el extraño, para el cristiano es la expresión misma de Jesucristo. Sin amor por el semejante o por el diferente, no se puede alcanzar una existencia valiosa.
Claro, aprendí esos valores envueltos y revueltos con prejuicios derivados de una mala comprensión de los diez mandamientos, de los cinco inútiles mandamientos de la Iglesia, y con la obediencia a prácticas muy estrictas como la comunión de los viernes primeros, la confesión a cada rato y los tabúes sexuales tan arraigados y tan metidos en el ánimo de los  muchachos. Todo lo que tenía que ver con el sexo era pecaminoso; ya no digamos las prácticas sexuales como la masturbación. Lo pecaminoso nacía desde los llamados ¨malos¨ pensamientos...
Junto a esa parafernalia tan opresiva, los Hermanos transmitían esa escala que conforma la esencia del cristianismo. Lo que distingue a mi religión de cualquier otra creencia es la convicción de que el hombre no va a morir del todo. No sé qué vaya a pasar después de la muerte, pero la promesa que da coherencia al cristianismo, aunque uno no la comprenda bien, es la promesa de la Resurrección. La no muerte. El volver a nacer para siempre. Sin esta convicción es imposible que uno se pueda llamar cristiano.
--En Jesús se dio la Resurrección. En el hombre, ¿cómo sería?
--Jesús no promete una Resurrección para todos. "El que crea en mí, vivirá eternamente". El que crea en mí. El que no crea, se muere. Los principios fundamentales del cristianismo se apoyan en eso y en que el verdadero amor a Dios es el amor al prójimo. De esos dos pilares se derivan los demás principios.
Yo no entiendo a Jesucristo como un hijo de Dios que baja del cielo y se encarna en una virgen inmaculada. Lo entiendo al revés. No creo que Jesucristo haya nacido como hijo de Dios; Jesucristo se hizo hijo de Dios.
--¿Entonces usted no cree en los milagros?
--En una novela, El evangelio de Lucas Gavilán, trato de comprender este asunto de los milagros: no como actos de magia, sino como actos de servicio que pueden tener una explicación lógica y racional, uno poco a la manera de Renán. En la multiplicación de los panes, por ejemplo, se podría confundir la figura de Jesús con la de un mago que, de una cesta, saca panes y más y más panes, como podría hacerlo David Cooperfield. Lo que realmente trata de decirnos el Evangelio es que lo que traían unos cuantos, alcanzó para todos cuando se produjo la distribución. Eso sería el milagro de lo natural. En el Evangelio nunca se cuenta que a un cojo le salga una prótesis. Cristo nunca hizo ese tipo de milagros. Los suyos son milagros de hacer ver y entender mejor; de toma de conciencia, del descubrimiento del amor al prójimo, de creer y de actuar en la posibilidad de un mundo más justo.
--¿Usted siempre ha seguido a Jesús?
--Ése es otro problema. Uno es pecador y difícilmente logra actuar lo que piensa. No es fácil cumplir los presupuestos de la fe. No es fácil el amor a los demás. Es difícil llevarse bien con el prójimo, entenderlo, interesarse, darle lo que se merece como expresión de Jesucristo.
--¿Usted siempre ha tenido fe?
--Sí. A veces, a pesar mío. Yo no lucho por tenerla; la tengo y punto.
--¿Nunca ha tenido vacilaciones?
--Muchas. Períodos oscuros. Recuerdo el regaño de Jesús a Tomás: "Qué fácil es creer porque viste. Lo valioso es creer sin haber visto." No es claro todo. El misterio siempre es el misterio. Aparece a cada rato la oscuridad. Surge la depresión. Incluso se vive el supuesto de que uno puede estar equivocado. Es posible que tengan razón los ateos.
--¿Qué es lo que usted sufre cuando atraviesa por esos momentos?
--Se sufre la sequedad, el vacío de Dios, la nostalgia de Dios. Dios se aparta, Dios se retira. A veces ese mejor suspender todo juicio, no pensar. Si desde que amanece hasta que anochece uno se propusiera esclarecer la existencia de Dios, no podría vivir. la única forma es tratar de ser congruente con lo que se deriva de lo que uno cree.

El pecado como nudo dramático

--¿Cómo se fue dando su vocación de escritor?, ¿como cristiano?
--Se me fortaleció la fe gracias a la literatura, cuando descubrí las novelas de escritores católicos, fundamentales en mi formación. Antes, de joven, leían novelistas piadosos que concluían sus libros con moralejas o mensajes esperanzadores: el padre Coloma, el padre Carlos Heredia... Parecían proponer que una de las misiones más importantes del escritor era acercar los hombres a Dios.Hacer proselitismo. Eso era ser un buen escritor católico. Vivía y leía yo con esa idea. Todavía era joven. Entonces, de pronto, empecé a leer a Graham Greene, Francois Mauriac, George Bernanos, León Bloy y me interesó ver cómo grandes escritores internacionales hacían del pecado el nudo dramático de su novelística..El mal como pecado, desde una perspectiva de cristianos. No eran novelas edificantes ni necesariamente optimistas. Eran novelas sobre la condición humana. Sobre el triunfo del mal. Sobre la lucha del hombre atrapado por el pecado.
Toda la temática de Graham Greene, por ejemplo, se podría resumir en una novela policiaca donde el hombre pecador es implacablemente perseguido por Dios, que trata de "aplastarlo" con su gracia.
El descubrimiento de esos autores determinó mi vida como novelista. Pienso que el escritor creyente tiene una gran ventaja sobre los demás, si es congruente con su creencia. El buen escritor creyente no juzga. Y al aplicar el principio fundamental del cristianismo, que es el amor por el prójimo, el no juzgarlo, el no condenarlo, el novelista creyente cumple con el principio básico de toda teoría novelística. Un buen novelista no juzga. No determina quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Refleja simplemente la vida. Y esa calidad de testigo el novelista empata con la calidad de testigo del cristiano. Pienso que va de gane el escritor creyente. Los postulados de la literatura son, en estos aspectos, los postulados de su fe.
--¿Y también los postulados del periodismo?
--También. No juzgar es el fundamento periodístico. Y eso es lo que permite enfrentar más descarnadamente la realidad. Como eran descarnados para su época esos escritores novelistas. Bernanos, digamos.
--¿Le apasiona Bernanos?
--Me apasionó. No lo he vuelto a leer. Ahora es otra la literatura que me interesa. Menos subjetiva, más testimonial. Pero sí. Recuerdo a ese inmenso Bernanos obsesionado por un personaje maravilloso: el cura de Ars. Un cura francés, tonto, en continua lucha contra el demonio.
--¿Para usted, qué es el demonio?
--No creo en el demonio. No creo en el infierno.
--¿Ni en un cielo, ni en un purgatorio?
--En un cielo sí. No sería cristiano si no confiara en la promesa de ese Jesucristo que se hace hijo de Dios.

El problema de los autores católicos

--¿Cree en un origen?
--Claro. El origen es el universo creado por Dios. En eso y en todo lo que se deriva de eso, creo. Creo que Dios se manifiesta de diferentes formas en las diferentes culturas. Para los hindúes y para los musulmanes se manifiesta también, de otro modo.
Creo que nuestra cultura es la que tiene la razón, pero no puedo desechar la validez religiosa de las manifestaciones de Dios en otras religiones.
Jesucristo es una de las manifestaciones de Dios. No la única. Y lo es por una opción humana. Cristo opta por ser hijo de Dios. llega a ser hijo de Dios, seguramente muy abrumado, como consecuencia de una opción asumida hasta los límites.
--¿Para usted es importante respetar sus raíces?
--Pienso que la fe no se aprende, sino que se vive. Se vive gratuitamente. Así, al menos, me fue dada, por las condiciones en que nací. Si hubiera nacido en otro tipo de familia, quizá no me llega la gracia de la fe.
--¿Ha tenido problemas por ser autor católico?
--En mis tiempos sentía que sí. Un poco. Ahora ya no. Ahora es muy fácil proclamarse católico. Cuando empezaba a escribir, el ambiente de la cultura mexicana estaba gobernado por un grupo pequeñísimo que se adjudicaba el derecho de regir el destino de nuestra creación artística. Ese grupo era la única vía de salvación y, quienes lo integraban, eran más dogmáticos que los dogmáticos. El primer papa fue Alfonso Reyes, el segundo, Octavio Paz. Fernando Benitez era el publicista principal, el jefe de relaciones públicas. Su pequeña mafia eliminaba y seleccionaba. Tenían una mentalidad tan estrecha, que identificaban a cualquier creyente con los conservadores de la historia de México. No podían pensar que pudieran existir, en México, escritores religiosos de valor. Así olvidaron a los hermanos Méndez Plancarte, al poeta Manuel Ponce...Para existir, literariamente hablando, se necesitaba, al parecer, ser ateo o indiferente a los problemas religiosos.
--¿Nunca se avergonzó usted de ser creyente?
--No, pero me sentía relegado. Tal vez eran puros complejos míos. Mi primer libro lo publiqué en la editorial Jus y estaba ligado a los ambientes de la Acción Católica, de donde terminé saliéndome porque era muy rígido religiosamente.
--¿La rigidez le afectaba?
--Sí, claro. yo fui un joven con criterios católicos muy rígidos. pero cuando fui creciendo, fui cambiando. Vino el Concilio y nos liberó a todos. Conocí a Méndez Arceo, a Lemercier, a Iván Illich... Mi mujer también era muy religiosa y, gracias a eso, nuestra relación de pareja evolucionó bien. Ella se formó como psicoanalista y en esos tiempos se pensaba que un buen psicoanalista y un buen escritor debían ser ateos. Eso se perdió, por supuesto.
--¿Cómo se manifiesta la búsqueda de Dios en su literatura?
--Todo lo que he escrito ha surgido de una pura preocupación religiosa. Pienso que todas mis obras son profundamente religiosas en ese sentido. Busco explicarme a Dios, explicarme la Redención, explicarme a Jesucristo. Entender no es fácil.
--¿Y ha entendido?
--Un poco. Ahora, al menos, me siento más tranquilo.
--¿Usted cree que se tengan experiencias de Dios?
--Creo que otros la tienen. Yo no. Pregúntale a Javier Sicilia: él es místico. Yo soy concreto, práctico. Hago una novela y un teatro tangibles.
En ese ambiente antirreligioso del que hablaba, escribí, en 1962, Los albañiles, una simple metáfora de Jesucristo. Recuerdo que traté de explicarle el sentido religioso de mi novela a Ramón Xirau, creyente, por cierto, y me dijo que me dejara de elucubraciones. Mi novela era tal como era. No necesitaba añadirle supuestas alegorías cristológicas. Nadie la entendía como yo hubiera querido. El protagonista es un velador inspirado en aquello de San Pablo: del Jesucristo que no sólo carga con todos los males del mundo, sino que se hace pecado para asumirlo todo. Pienso también en una novela que nunca pude escribir. La empecé en el año 65 y trataba de ser un mural sobre el mundo católico mexicano. No pude. Mi proyecto fue tan ambicioso que me aplastó. Escribí cerca de doscientas cuartillas y apenas esbozaba la trama. La dejé mucho tiempo. Pero como no podía dejar las cosas en un cajón, la retomé, la fui leyendo, tiré algunas cosas y otras las guardé. me di cuenta de que de aquello que había guardado podía rescatar algo. Y finalmente me salió una novelita llamada Redil de ovejas, que no está tan mal como pensé en un tiempo y que contiene una parte de ese mural que quería hacer. Claro, yo quería escribir la gran novela, pero descubrí que no era un novelista del tamaño del tema. Muchos años después escribí  El Evangelio de Lucas Gavilán.
--¿Qué quería decir en esa novela?
--La escribí muy contagiado por la Teología de la Liberación, por un autor jesuita que me marcó muchísimo: Jon Sobrino. De ahí surgió mi novela de un Jesucristo que nace cerca de Toluca y sigue, paso a paso, a la mexicana, los episodios relatados por San Lucas.

La incomodidad de Jesucristo

--¿Qué parte de Jesucristo le incomoda?
--Me incomoda que siempre esté tan lejano. Sólo se le conoce a través de los textos que escribieron otros y en aquellos donde no hay una intención biográfica. No me gusta saber tan poco. Me gustaría saber más de su biografía, no sólo de sus enseñanzas.
--¿Cuál fue la cualidad de Jesús para hacerse Dios?
--Se dan las condiciones propicias dentro de la evolución. Cuando el hombre logra ser hombre, intensamente hombre, entonces se conecta con Dios.
--¿La máxima expresión del hombre?
--Algo así. Así aparece Jesucristo. Así se hace posible.
--¿Cree en los sacerdotes?
--La Iglesia, como institución, es un problema. Pero sin duda hay cosas de la tradición que deben conservarse. La misa, desde luego, entendida así, como la cena de los amigos.
--¿Y el diablo?
--El diablo es un invento del hombre para poder explicar el mal en la Tierra.
--¿La culpabilidad y todo eso serían estados del infierno?
--El hombre se espanta de tantas imperfecciones, de tanta maldad, de tanta pobreza, de tanto crimen. Y como alguien tiene que ser responsable de esto, y ese alguien no puede ser Dios, entonces inventa al diablo. La verdad es que Dios echa a andar el universo para que ese universo evolucione por sí mismo y algún día alcance la perfección.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Por los caminos de Proust: Entrevista a Edmundo Valadés

Para conmemorar  el fallecimiento de ese escritor maravilloso, de quien tengo maravillosos recuerdos, Edmundo Valadés, les comparto la entrevista que le hice y se publicó el miércoles 3 de febrero de 1993 en la seccion Cultura de El Nacional. Lástima que no tengo foto.

Por Adela Salinas

Escritor de La muerte tiene permiso, de Las dualidades funestas, de Excerpta, de El libro de la imaginación, de La revolución y las letras, de Sólo los sueños y los deseos son inmortales, Palomita y de Por caminos de Proust, Edmundo Valadés nació en Sonora en 1915, y desde ese año, aunque él lo ignorara, sus genes sabrían que se dedicaría a las letras y entonces le despertarían su propia capacidad de observación y lo guiarían por la vida con los ojos llenos de fantasía para que, además de escribir, se hiciera cómplice de Marcel Proust.
--Dice usted que Proust es el novelista más estudiado, comentado y escuchado de este siglo, ¿cómo lo escudriña usted?
--Lo escudriño leyéndolo. Releyéndolo. Yo, por lo menos, lo he leído completo casi tres veces. Releo párrafos con mucha frecuencia y con gran asombro porque a cada nueva lectura de Proust encuentro nuevas posibilidades, nuevas deducciones. Es realmente un mundo tan rico, tan vasto el de Proust, que es difícil que uno, como lector, pueda agotarlo. Es casi infinito.
"Proust es el escritor más escudriñado porque, aparte de su libro que de por sí es una de las tres grandes obras de este siglo, hay un motivo de interés que es el de identificar a los personajes reales, a las circunstancias reales, buscar sus alimentos reales, sus alimentos terrenales en incidentes, en personas, en anécdotas, en idioma, para armar y crear su obra".
--Algunos personajes reales de Proust se han hecho a partir de sus propias fantasías, ¿no?
--No. Lo curioso es que Proust sustentó toda su novela en una serie de realidades, pero escrita magistralmente. La clave de Proust es que él no tomó un personaje real para vaciarlo tal cual en su obra, sino que a ese personaje le surtió características de otros. Por ejemplo, para hacer a la Duquesa de Guermantes tomó la elegancia de una de las aristócratas de su tiempo. Tomó la manera de hablar de otra, de otra tomó el ingenio, de otra su modo de caminar, su modo de hablar, sus ojos. No son personajes inventados, son fraguados a base de la suma de varios.
--¿Se refleja en sus personajes?
--No. Aunque él es el hilo conductor de toda la novela porque es narrador, hay mucho de su propia vida a lo largo de toda su obra. Siempre está presente una novela escrita en primera persona, con excepción de una pequeña obra incerta en esa gran obra, que es como una novela incerta en toda su gran novela, que está en el primer tomo que se llama Un amor de Swann, en que Proust toma la primera persona, pero en todo lo demás está él,enfrentado a ese mundo aristocrático de la Bella Época en decadencia, tan es así, que hay muchos libros que han seguido las pistas reales de lo novelesco en Proust. Un fotógrafo hizo un libro con imágenes de cada uno de los lugares clave en que se desarrolla la novela. Hay otros libros con las fotografías de los personajes reales que estimularon los ficticios de Proust, en fin, hay cantidad. Uno de los más recientes libros es uno lujosísimo hecho en París, llamado Proust y la pintura. Es incansable la pesquiza, el escudriñamiento, la búsqueda de todo el entorno alrededor de su obra En busca del tiempo perdido.
--¿Qué le hizo acercarse a Proust?
--Mi acercamiento fue curioso. Yo tendría entonces unos 25 años y mi cultura literaria era tan pobre, lo sigue siendo en mucho, pero entonces era misérrima, y no sabía de Proust hasta ese momento. Trabajaba en la revista Hoy y tuve que hacer una expedición a la Sierra de Puebla, donde se supone que cayó un avión español. Como iría a estar en un mundo selvático, fui, con la idea de lleva algo para leer, a la librería Juárez, que estaba frente al Caballito y era un sitio muy concurrido, muy surtido y vi en el escaparate, entre otros, un libro que me llamó la atención. Decía "Marcel Proust" y luego ví: Por el camino de Swann y el título me terminó de atrapar.
"Hubo una intuición: presentí que estaba ante un libro especial, un libro que debería leer. Me lo llevé a la sierra y desde un principio entré en él como en algo esperado, como en algo casi conocido y me empecé a deslizar por sus páginas con un deleite, con un gozo, con un asombro de estar así ante el libro que ha sido el más seductor para mí. Se supone que Proust, en principio, no es fácil de leer. Incluso, cuando apareció su obra, había consejos de cómo leerlo. Yo digo que hay que leerlo hasta quedar atrapado porque finalmente uno queda atrapado, eso es indiscutible.
--¿En qué sentido fue seductor el libro?
--Porque en una descripción que hace del ambiente de niño en Por el camino de Swann, encontré muchas similitudes con mi propio ambiente. Mi infancia también fue dolorosa porque fui un niño muy sensible en un medio muy rígido que carecía de amor, de comprensión. Es un medio en el que uno como niño no era niño, era casi un objeto estorboso. Quizá en mi caso, el problema fue mucho más agudo que en el caso de Proust, porque yo tuve la desventaja de ser huérfano y Proust no.
--¿Qué le gusta de la personalidad de Proust?
--Se dijo, creo que con toda la razón, que Proust era un seductor. En las reuniones sociales hacía imitaciones de figuras conocidas.  Además tuvo una enorme capacidad de relaciones humanas con los demás, porque aparte de su obra literaria, que es un caudal, epistolarmente escribió miles de cartas a sus amigos, amigas, conocidos. En la mayoría de ellas interesándose por ellos; se dirigía a ellos con una gran curiosidad.  También mandaba cartas con la preocupación por obtener con exactitud ciertos datos, y es que como en sus libros habla de todo: de numismática, de lingüística, de música, de pintura, fue muy cuidadoso en conseguir el dato que necesitaba. A las tres de la mañana, en que se le ocurrió describir el sombrero de la duquesa de Guermantes, fue a levantar a una amiga suya aristócrata para que buscara un sombrero con tales características que le había visto en la fecha tal y en un lugar tal. Proust es tan seductor que uno se vuelve proustiano.
--Pero ¿qué elemento de seducción lo atrajo? ¿el amor, por ejemplo?
--Me sedujo la magnitud de su obra, las magistrales descripciones, la genia creación de personajes, los diálogos, las referencias de la época y, fundamentalmente, la profundidad con la que enfoca lo que es el amor y lo que son los celos.
"Creo que aunque no estemos tan de acuerdo en todo con él, determina ciertas leyes que sí nos tocan a todos en cuanto a la relación amorosa. El manejo de él de ese tema es doloroso, pesimista, incrédulo. llega a la conclusión de que el amor es una invención, es una enfermedad, es un maleficio del que hay que escapar, hay que librarse, y esto no nos agrada, porque al hablar de amor, pensamos siempre en el gran amor, en el amor bello, en el amor eterno.
--Pero aunque no nos agrade, ¿no cree que sea una invención de nosotros mismos?
--Creo que hay una parte de eso, claro. Hay distintos tipos de amor, pero hay algunos en los que tenemos que darle la razón total a Proust en cuanto a los amores inventados, a los amores que se crean dentro de uno mismo, porque según dice, cuando uno está enamorado de una mujer, uno le envía amor y recibe el propio amor que envió, es decir, que la respuesta es de uno mismo en el caso, claro, de que alguien esté enamorado y no sea correspondido.
--¿Y de los celos?
--Pienso que él ha hecho la indagación más profunda, más recóndita del alma de los celosos; una indagación de cómo es ese mal, es enfermedad.
--¿Y usted es celoso?
--Fui celoso. En Proust,  en cidertas partes me veía retratado. Creo que es una enfermedad que todos hemos padecido en algún momento, pero ya no soy celoso. Es tonto ser celoso. Una mujer decidida a engañar a un hombre, así la encierren en una jaula, engañará. ¿Qué quiere decir si lo va a engañar? Pues, que no lo quiere. Entonces uno no puede pedir a un ser que lo quiera a uno que no lo engañe.
--¿En cuál de las tres veces que leyó a Proust decidió escribir Por caminos de Proust?
--Después de la primera. En realidad mi librito sobre Proust, sí tiene algún valor, pretende acercarle lectores. Es muy útil para quien no ha leído a Proust porque orienta, ayuda y, bueno, se ha escrito tanto sobre el buen Marcel que, aunque sea muy difícil decir algo nuevo sobre él, creo haber podido tener dos hallazgos. Encontré que tanto Proust, como William Faulkner, dos escritores totalmente antípodos, usan tres, cuatro, hasta siete adjetivos, sólo que Proust usa el adjetivo como un pintor trata de obtener un color; va interponiendo un color sobre otro hasta que da el color exacto.  Así es Proust para describir un rostro, un carácter, una situación, un ademán, un paisaje, una mirada. Faulkner, en cambio, lo usa como un latigazo; sus adjetivos son muy violentos, pero es evidente que el estadounidense se inspiró en Proust. Quizás ese es uno de mis pequeños hallazgos ante un escritor que, como decíamos, ha sido el más escudriñado de este siglo.