sábado, 26 de julio de 2014
Fragmento del libro Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne
Hasta los pasillos de la Cruz Roja alcanzaron sus lamentos. Eran largos aullidos de miedo que
terminaban en un tono cavernoso. Algo podrido llevaban dentro y esto no tenía que ver con
el físico. Era el alma, que vomitaba sus deshechos y era muy doloroso para el corazón.
Los médicos caminaban de prisa, pero en sus miradas se advertía cierta reserva. De nuevo había
que ir a la cama treinta, donde un hombre de piel color cera, pequeño de estatura y con unos ojos
perdidos en la oscuridad, se envolvía en su propio delirio. Costaba trabajo arrancarle las sábanas
que tenía metidas en su boca chorreada; morderlas era la única manera de aliviar su terror, pero era
aún más complicado acomodarlo de nuevo sobre la almohada toda humedecida. Era muy difícil
mover y convencer a un hombre de sesenta años cuyo caudal de conocimiento se escapaba a
borbotones de su mente rota.
Una música indefinida lo paralizó. Lo hizo reír y llorar almismo tiempo. Sabía que entre todos
aquellos sonidos que se encimaban, estaba Mozart, Beethoven y Verdi, y con esas notas se imaginaba
a sí mismo como un niño prodigio, pero también como un solemne hombre de religión. La expresión
de sus ojos, separados entre sí, alejados de su nariz aguileña, tenía una mezcla de tristeza, alegría y
enojo, de ahí que para sus amigos fuera muy difícil entenderlo.
Paul Waltier Antragne era su nombre y se dejaba aprisionar por la música de su mente, cada vez
más desafinada y escandalosa. El piano de Beethoven hacía una composición extraña con un violín
de Mozart. Sólo con un trago de alcohol podría discernir el rompimiento de su memoria y calmar ese
dolor que le taladraba el cerebro, pero el alcohol no llegaba por más que lo había pedido a los
doctores. Movía la cabeza de un lado al otro, quería expulsar todo ese ruido que le causaba tanta
presión. Los lamentos de los demás enfermos eran cánticos celestiales y risas infernales. Se tapaba la
cara con las sábanas para ya no ver, para ya no oír y no sentir más y, cuando el poco aire se viciaba
dentro de su cama, se destapaba sofocado; sus ojos desorbitados, las manos abiertas y en lo alto,
como queriendo alcanzar algo tan lejano como la serenidad. Entonces masticaba la sábana, la
succionaba como bebé hasta perderse de nuevo en un torbellino de recuerdos fragmentados que no
bien le traían como le quitaban la imagen agónica de su madre, quien murió de tuberculosis en
Argelia cuando él era un niño, o la de su tía Ivonne Dagois, con quien vivió en Francia después de
haber quedado huérfano. Cuando un doctor volvió la página de su relación médica, surgieron desde
lo más profundo de su ser los libros prohibidos para los niños que encontró en un armario viejo,
dentro de los cuales destacó Los 120 días de Sodoma del marqués de Sade.
Su frente chorreaba gotas de tiempo, el tiempo de su reloj interno era lento, se le acababa la
cuerda, la música se volvía balas. Entre cada parpadeo de esos ojos marrón cada vez más hundidos y
enmarcados en negro, distinguía –traspasando las paredes blancas del hospital, la luz incandescente
que le intensificaba los dolores de cabeza y el eterno sonido de una sirena que se apaga– al diablo.
Comprendía que sólo a través del diablo podía purificar su miedo y ser acreedor a los brazos de
Dios. Siempre vivió con miedo y supo, desde temprana edad, que sólo enfrentándolo era como se
podía vencer. De niño veía sombras y se agazapaba en su cama solitaria, pero cómo sentirse
protegido sino apoderándose de aquello a lo que más temía. Había que ser más poderoso y, para
ello, era necesario conocer y fundirse con su verdugo.
Y ahora, sobre la cama del hospital, un fragmento de su inteligencia le recordaba que sólo
viviendo sus propias aguas pestilentes, sus propios olores podridos, sus propias imágenes retorcidas
y sus lamentos que se multiplicaban y confundían con el eco de su pensamiento, podía sanar su
conciencia. Por eso se acordaba de Baudelaire, uno de sus autores favoritos y también por eso
caminaba con Dante por todos los niveles del infierno. Cuando abrió los ojos a pesar de las
medicinas que le dieron para adormecerlo, no pudo creer que había tantos invitados. Paul distinguió
al marqués de Sade. Se revolvía el olor a medicina con el excremento que chorreaba de sus páginas.
Volvió la vista donde aparecieron los infiernos de El Bosco, dentro de los cuales surgió San
Antonio, sentado sobre un tronco seco, meditabundo, en medio de todos los demonios que lo tientan.
Luego esos demonios se volvieron hacia Paul y se acercaron a él, se encimaron en su cama,
babeantes, ponzoñosos, para devorarlo. Fue el olor de la carne podrida del enfermo de junto lo que
le recordó a Gilles de Rais, aquel mariscal de Francia que degollaba niños después de haberlos
violado y ponía a concurso las cabezas para ver cuál era la más bella. Esta vez Paul sería la próxima
víctima porque estaba sentado en las piernas del asesino. Más allá de su entendimiento, escuchó al
médico pedir una jeringa para el enfermo de junto y entonces el asesino de su ensueño sacó un arma y
Paul tembló de delicia y de miedo.
Afuera, en los pasillos de la Cruz Roja se escuchó “Sangre” y entonces Paul vio la imagen de una
mujer de palidez fría y ornamentada con calaveras; era la condesa Erzsébet Báthory con sus cizallas
para matar lentamente a las adolescentes vírgenes y bañarse con su sangre para rejuvenecerse; vio a
la ninfómana Valeria Mesalina Augusta, quien fuera esposa del emperador romano Claudio,
disfrutando y padeciendo sobre sí misma a todos los guerreros de la época; vio a Jack el destripador,
a Drácula y sus hombres empalados, a Isabelle de Baviera y sus garras de traidora; así, con un
delirio aún más intenso, se revolvieron fechas, balas y música hasta que se desvanecieron las
imágenes y el sonido se recogió, junto con su cuerpo, en un grito de dolor.
Una jeringa, una amenaza para su vida. No, no podía ser que lo vinieran a curar, que llegara la
hora de su muerte. No sabía quién detenía su brazo para inyectarlo. Tan sólo un poco de vino, una
gota por lo menos, por favor vino, vodka, lo que fuera, ¡Dios!, lo que sea, por favor… lo podría
reconfortar.
Mientras trataban de contenerlo, veía cómo los demonios intentaban llevárselo para siempre, así
como pasaba en la Edad Media. No, no podía ser, otra vez los demonios. Paul se movía desesperado,
aclamando a san Antonio, por favor san Antonio, no me dejes, ¡por favor! hasta que escuchó voces
que se acercaban a él, lo tomaron de los brazos y le dieron un piquete
Con un suspiro intenso, Paul se vio en el espejo de su vida como el enfermo devorado por
aquellos demonios de lenguas y colas largas que tanto lo asustaban cuando era niño. Eran esas
presencias que, al prenderse la alarma del electrocardiograma para anunciar la muerte de un
enfermo, se mezclaron con los demonios provenientes del infierno de los sonidos estridentes, como
los que vio en el Jardín de las delicias, de El Bosco, en el cual se daba toda la desproporción de la
naturaleza que lo inspiró para asumir las formas de su propio infierno. No tardó en aparecer en el
respaldo de su cama Lucifer adolescente, ese diablo que pintó con sus pequeños cuernos, su
abundante cabellera y sus ojos que irradiaban más luz por ser cejijunto. Paul sintió alivio. Por lo
menos era un diablo conocido, un demonio amigo. Su propia concepción. Platicó con él. Los
enfermos del pabellón se desesperaron porque sus murmullos no los dejaba conciliar el sueño. Eran
como escupitajos de azufre. Lucifer adolescente se ocupó en recordar a Paul que le pusiera un ojo de
fuego rotando con movimiento centrípeto como símbolo de transmutación. Lucifer adolescente aventó
el ojo a Paul y éste dio un grito ahogado; entonces surgió de su mente El ángel de las abominaciones
sentado sobre un pedazo de ruina, dejando ver su sexo ambiguo y sus tres caras: de macho cabrío, de
mujer y de ave, y su cuerpo con una herida en el costado izquierdo, como Cristo. Esa herida le dio
alivio y temor. Paul lloró desesperado sintiendo el dolor del Cristo que Mathias Grünewald pintó y
que Huysmans describió en su novela Allá lejos: ese Cristo con tétanos de cuyo costado chorreaba
una sangre más espesa y el colorido de su piel variaba de verdes, morados, rosáceos y grises,
propios de carnes podridas y huesos rotos. Paul se quiso levantar para hincarse con
los brazos extendidos. Necesitaba implorar. Necesitaba pedir perdón. Necesitaba perdonar a
Dios. Necesitaba a Dios. Nunca lo había tenido a su lado. él siempre lo rechazó. Lo había tirado en
este sitio, donde mejor acudían los demonios. La indiferencia de Dios era aún más grotesca para
Paul, era más demoniaca, más perversa. Necesitaba encontrarlo porque él, por su ausencia, era más
poderoso y maléfico que todos los demonios…
Así, este pintor, enmohecido por los demonios de las aguas, asfixiado por los de los vientos,
llagado por los del fuego, se iba inflamando al paso de la hidropesía padecida. Quiso levantarse para
seguir con sus dibujos, quiso un trago, quería un trago ¡por Dios!, ¡dónde está Dios!, quiso terminar
de dibujar en puntillismo a todos estos personajes, sus personajes sádicos, masoquistas y
libidinosos. Le pusieron otra inyección.
Se nublaron las ideas. Ahora eran sus visitas las que danzaban alrededor de la cama.
Para saber más, descarga el libro "Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne" de Adela Salinas en el siguiente enlace:
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miércoles, 23 de julio de 2014
Miércoles de ceniza
Adela Salinas
Ágatha volvió la cabeza hacia su madre y regresó a su ritual. Fue entonces cuando Lidia comprendió todo lo que sucedió con su hija de ocho años.
Ágatha podía ver otra realidad.
Ahora era el momento de actuar. Pero en este trance, las palabras de su madre sonaban
huecas, pisaban otra atmósfera. La niña se sintió protegida por una burbuja
invisible y volvió a su tarea.
Sin advertir la madrugada, Lidia
corrió a la iglesia. Sus pasos no alcanzaban el ritmo de su corazón, de las palpitaciones de la
garganta, de su pulso, de la sangre ácida y fría que corría por sus venas. Tocó
el gran portón con una fuerza falsa, pues los nudillos de sus manos ablandadas de
terror se resbalaban. Regresó desfallecida por la nula respuesta y entonces, a
pesar de sus dudas, de la falta de fe que siempre le reprochó su madre, se
hincó y oró por su hija.
Poseída por la sorpresa --aunque una
parte de ella ya se había imaginado y comprendía-- sus rezos se perdieron
entre la imagen de la niña y el nombre repetido --como eco en su imaginación--
de Victoria Saldívar, su madre muerta apenas unos meses. Así estuvo hasta que
la mañana se comió las sombras que cubrieron su mente durante toda la noche.
Tomó otro respiro y prefirió ignorar
lo visto. Actuaba como si no hubiera pasado nada. Así, desde ese día, cada miércoles
fue destinado a limpiar la habitación de su madre, la maga, la bruja, la santa,
la que siempre se vestía con faldones largos y se colgaba un sinnúmero de
collares de distintas piedras preciosas; la que sostenía la mirada al mismo
demonio y profesaba una fe de sacerdocio.
El cuarto de Victoria, desde que
Lidia tenía memoria, estaba poblado de plantas, retratos de familiares y de
extraños, y una infinita colección de objetos de poder --como Victoria los
llamaba-- guardados en una vitrina para que nadie, más que ella, los tocara.
Con el respeto y temor que siempre
le tuvo a su madre, Lidia --casi con los ojos cerrados, pues era inevitable un
dolor en el vientre y en la cabeza cada vez que miraba lo que había dentro--
limpió por encima la vitrina y luego, como de costumbre, limpió las ventanas,
barrió y trapeó la chillona duela. Antes de salir revisó que todo estuviera en
su lugar y cerró bajo llave.
Un miércoles entró y no pudo
explicarse por qué sobre el piso había "como" tierrita regada en
pequeños montones, si ella había dejado todo en perfecto orden. La barrió
extrañada, pues esa "como" tierrita no tenía la misma consistencia de
la que había en las macetas de la habitación. Cada miércoles se repitió el
suceso.
***
Victoria
murió sin previo aviso. Lidia la encontró en su cama con un semblante diferente
al que había tenido el día anterior. Su cuerpo de matrona se avejentó y, sobre
la cama, ahí echada, parecía un trapo exprimido. Olvidado.
Ágatha se dio cuenta que los dos pájaros
que su abuela tenía en una jaula colgada junto a la puerta de entrada, también
estaban tiesos. Corrió llorando a su recámara y agradeció al alma de su abuela
que sólo a ella le hubiera permitido jugar con sus collares y objetos de poder,
a pesar de que fueran utensilios de trabajo.
--Tú sí los puedes tocar, mijita-- recordaba--.
Cada vez que un niño toca algo, le da un poder de pájaro y el pájaro es un
enviado. Ten, también puedes jugar con esta piedra. Se llama ágatha igual que tú y es mi aliada, por eso
la guardo en esta bolsita. Cuando muera, va a ser tuyo todo lo que reina en
esta habitación.
Pero más que las palabras, Ágatha
recordaba los ojos fijos de su abuela; imitó de memoria su mirada cristalizada
cuando se ponía en trance.
Los últimos meses de su existencia,
la abuela no salió de su cuarto más que para ir al mercado a surtirse de
esencias, tierra y velas. Algunas noches, cuando ella trabajaba, la casa se
poblaba de murmullos, de voces, de sonidos entremezclados. Encerrada, se ponía
a oscuras después de haber puesto un gran círculo de tierra sobre periódico y
varias velas encendidas. Se dedicaba a dar luz a los muertos y, así como la gente
la llenaba de regalos, huía de su portentosa presencia.
A pesar de que eso había sucedido durante
toda su vida, Lidia todavía tenía miedo; así que se levantaba a velar el sueño
de su hija, no fuera que algún espíritu se apoderara de ella, pero no sabía cómo
protegerla. Por otro lado, era inútil impedir que su madre hiciera tales
trabajos pues bastaba que ésta fijara los ojos sobre Lidia para tirarle la
mirada. Victoria reinó sobre la vida de quienes compartían su casa. Incluso fue
ella quien decidió el nombre de Ágatha.
Rómulo, el padre de la niña,
prefirió alejarse de la familia, pues no soportaba los murmullos de la
madrugada y era imposible convencer a Lidia de dejar a su madre. Ágatha nunca
preguntó por él. Parecía no importarle nada más que ir en busca de su abuela
protectora que tenía un permanente olor a romero. Como un ritual, la abuela
sahumaba los alimentos una vez cocinados. Antes de comer, sacaba de una bolsita
que siempre traía colgando hasta la cintura un rosario de rosas.
***
Nadie asistió al velorio de
Victoria. Lidia, por un antiguo encargo de su madre y al estilo judío --pese a
que no lo eran-- le puso tierra en los ojos para que el alma no volviera a
entrar al cuerpo. Al día siguiente la incineraron y guardaron las cenizas en
casa.
Un miércoles Ágatha acompañó a Lidia
al cuarto de su abuela y descubrió la caja de ceniza en el clóset. Arrugó la
cara y se fue a jugar al jardín.
Fueron cuatro semanas de juego.
Durante la primera, Ágatha cazó dos pájaros que habían hecho su nido en un árbol
y pidió a su mamá que la dejara colocarlos en la jaula vacía que estaba en
la habitación de la abuela. Además ese fue un buen motivo para que su mamá no
cerrara con llave y pudiera visitar todos los días ese cuarto de poder con el
pretexto de alimentar a sus pajaritos.
Esa misma semana bailó como si
quisiera asir el viento con sus manos. Las siguientes dos semanas se fue sobre
la tierra y el agua, y la última, sobre el fuego. Lidia observaba la extraña actitud
de su hija y le prohibió acercarse a la estufa y coger los cerillos con que la
abuela encendía sus veladoras. Incluso, por extrema precaución y pese a los berridos
de Ágatha, Lidia decidió sacar los pájaros del cuarto de su madre y le volvió a
echar llave. Sólo lo abría los miércoles para hacer el aseo.
Entonces, cerradas ventanas y
puertas, a Lidia le sorprendía encontrar la tierrita tirada en diferentes
sectores de la habitación y, con el tiempo, hasta fuera de ella.
Regañó a la niña cuando la vio
pasando la piedra ágatha sobre la comida para bendecirla con el mismo tono de
ojos y de voz que empleaba la abuela, y, cuando sacó el rosario original de rosas
para rezar antes de comer y de dormir, de plano la castigó impidiéndole la
entrada al cuarto los miércoles a la hora del aseo.
--¿Qué comes?-- preguntó otro día
mientras jalaba las manos de la boca de la niña. El último terroncito de tierra
que quedaba cayó al piso y Lidia la asoció con la que encontraba los miércoles
en la recámara de la abuela.
Dejó a la niña y corrió al clóset de
su madre porque intuyó presencias extrañas. Sacó la caja donde habían guardado
las cenizas de Victoria. La caja estaba vacía.
Por fuerza llevó a Ágatha al doctor
para que le hicieran un lavado de estómago, pues la niña confesó que, desde que
vio la caja en el clóset, no pudo resistir comerse todas las cenizas, pero el
doctor, raro, nunca llegó.
Entonces advirtió que la niña tenía
una mirada extraña, de suavidad y dominio al mismo tiempo y, con el tiempo,
adquirió un tenue olor a romero. Lidia empezó a sentir, de nuevo, esas
presencias que poblaban la casa en vida de su madre. Hasta que una noche,
escuchó esas palabras encontradas, esas voces confundidas y se levantó a ver si Ágatha dormía. Su cuarto estaba vacío.
Por la rendija de la habitación de
Victoria, salía luz. Lidia abrió la puerta y encontró a Ágatha sentada en el
piso, vestida como Victoria, con los collares de piedras en su pequeño cuello,
con el rosario de rosas en la mano derecha, frente a un círculo de tierra --dentro
del cual estaba la fotografía de la abuela-- y muchas veladoras encendidas.
Entre las palabras extrañas, alcanzó
a distinguir que su hija, con la mirada cristalizada, pedía por Victoria
Saldivar, mientras señalaba la veladora
como símbolo de luz.
Este cuento fue publicado en la Antología de letras y dramaturgia (Conaculta-Fonca, 1999), dentro de la selección de textos de los becarios del Fonca, generación 1998-1999.
sábado, 12 de julio de 2014
Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne
Al fin después de veinte años de numerosas experiencias con este personaje, nace mi nuevo libro Crónica del delirio, el oscuro reflejo de
Paul Antragne (ed. Los libros del sargento), que tengo el gusto de presentarles.
Un poco de historia
Después de 21 años, en que la investigación de la vida de un extravagante personaje llamado Paul Antragne me hizo meterme en laberintos, saltar umbrales, hundirme en pozos y encontrar a otros tantos personajes de antología que lo conocieron y me hicieron delirar más de una vez, sale este libro, cuyo objetivo no es otro que invitar a mis lectores a que reconozcan y vivan su propio y muy oscuro reflejo.
Un poco de historia
Después de 21 años, en que la investigación de la vida de un extravagante personaje llamado Paul Antragne me hizo meterme en laberintos, saltar umbrales, hundirme en pozos y encontrar a otros tantos personajes de antología que lo conocieron y me hicieron delirar más de una vez, sale este libro, cuyo objetivo no es otro que invitar a mis lectores a que reconozcan y vivan su propio y muy oscuro reflejo.
El libro trata
de la vida y obra de este pintor surrealista francés, cuya técnica de
puntillismo inmortalizó muchos pasajes y personajes bíblicos y mitológicos, así
como a los personajes más tortuosos de la historia.
Contemporáneo
de Leonora Carrington y Pedro Coronel, Paul Antragne no pasó desapercibido. Sus
amigos artistas lo llamaban “el pintor maldito” por excelencia, pues su
especialidad en el tema del mal y la perversión lo llevó a vivir la plena
admiración de unos, pero también la repulsión de otros, sobre todo considerando
que la sociedad mexicana de los años sesenta todavía estaba sujeta a muchos
paradigmas y prejuicios de orden religioso.
Cuando
Paul murió de hidropesía en la Cruz Roja en 1993 (tenía 61 años), Braulio
Peralta, entonces jefe de cultura de La Jornada, me llamó (todavía no sé por
qué a mí) para que investigara sobre este personaje perdido en la historia de
la pintura.
De
esta forma, me involucré en su vida a través de muchos entrevistados de variada
orden y ocupación, entre los cuales están el pintor Xavier Esqueda, el
psiquiatra Mario Cárdenas, la crítica de arte Teresa del Conde, la actriz y
pintora Evangelina Elizondo, la periodista y escritora Manú Dornbierer, el
arquitecto Francisco Villaseñor, los críticos de arte Julio César Schara y
Bertha Taracena, la filósofa Eva Reyes y, por supuesto, sus dos más grandes
coleccionistas, el poeta y filósofo Fernando Rodríguez y el filósofo Venancio Machado, quienes se
convirtieron en amigos entrañables.
“Paul
era así, chaparrito como tú y tenía el mismo color de piel y de cabello”,
muchos dijeron lo mismo antes de empezar las entrevistas, y eso me hizo sentir
un vínculo extremo con Antragne, al grado que, después de un tiempo, más bien
eran los entrevistados los que terminaban preguntándome sobre él.
Las publicaciones
De
entrada salió un reportaje en tres partes en La Jornada (que luego publicaré
aquí mismo) y de ahí me llamaron más y más coleccionistas. La investigación
siguió por sí misma hasta que pasaron varios años y tuve la oportunidad de
transformarla en un breve ensayo literario durante el periodo que obtuve la
beca de Jóvenes Creadores del Fonca, 1995-1996, bajo la tutoría de Sandro Cohen.
Pasó
más tiempo hasta que, por fin, decidí hacer un nuevo ajuste y ahora sale una
biografía novelada mucho más completa y compleja, en cuyo caso también cabe
parte de mi imaginación.
Los
entrevistados me hablaron de Paul Antragne con mucho cariño. Todos son
coleccionistas de su obra y buscadores de temas similares; así, me introdujeron
al fascinante mundo surrealista y a la literatura oscura y gótica. Gracias a
ellos conocí a Bram Stoker, Allan Poe, Lovecraft, Mallarmé, Lautreamont, a los
poetas malditos (Baudelaire y Rimbaud).
También
conocí al diablo, a Lilith y a personajes históricos que encarnaron la maldad y
la perversión como Gille de Rais, Erszébet Báthory, Valeria Mesalina Augusta,
Heliogábalo Augusto, la Reina de Saba y Cleopatra, entre muchos otros, por cierto tan sádicos y sanguinarios como todos los seres que ocupan el poder político hoy en día en el mundo.
Mientras escribía escuchaba a Bethoveen, Mozart, Schoenberg y Verdi, los clásicos que Antragne acostumbraba escuchar y eso me permitía agregar a mi estado de ánimo un ritmo intenso que me acercaba a las tinieblas.
Mientras escribía escuchaba a Bethoveen, Mozart, Schoenberg y Verdi, los clásicos que Antragne acostumbraba escuchar y eso me permitía agregar a mi estado de ánimo un ritmo intenso que me acercaba a las tinieblas.
No
tardé mucho tiempo en pedir limpias chamánicas, pues, así como a Paul le
sucedía, empecé a sentir presencias en la noche, pero algo me hacía seguir con
el tema.
Reuní
mucho material aunque no todo el que quería, pues Fernando y Venancio, sin duda
por el cariño que me manifestaron una vez que nos hicimos amigos, me empezaron
a proteger de la tentación del mal, máxime que yo tenía 24 años y además me
veía mucho menor.
Tal
vez detectaron en mí ese gusto que me llevaría no menos que a la perdición y
decidieron alejar de mis ojos los libros de magia negra del siglo XV a los que
aspiraba para entender más el alma infrahumana de los personajes que
interpretaba Paul en su dibujos hechos en puntillismo.
No
obstante los personajes que interpretaba, cuyas espeluznantes acciones pueden
erizarnos como gatos, Antragne, al menos como me lo pintaron todos los
entrevistados, era un hombre que se comportaba como niño inocente
(particularidad de muchos grandes artistas) en busca de significado y eso me
llamaba mucho la atención.
Invitación al horror
Hurgar
en su vida es un pretexto formidable para iniciarse en otros mundos: el de la
pintura, el surrealismo, el de los sueños y la fantasía, en el de los vampiros,
los fantasmas y el diablo; en los clásicos y la literatura del siglo XIX, en la
historia del medioevo y del renacimiento, en la Francia ocupada por los nazis,
en la historia del México de los sesenta, en la paranoia, el voyeurismo, la
necrofilia, el sadismo, masoquismo y el resto de las perversiones que pueda
haber en los seres humanos de todos los tiempos y en todo lo que esto pueda
repercutir hasta la actualidad.
Dentro
de la estética de su obra, se encuentra un sinfín de símbolos, a los cuales se
les puede dar lectura de orden religioso, esotérico, filosófico y psicológico.
Será
por todo lo anterior, que sus amigos lo llamaban “El pintor maldito” y que lo
han guardado en su memoria con una sonrisa maléfica.
Ojalá les agrade la idea de leerlo. Por si les interesa, lo pueden bajar de Amazon y visitar la página de facebook "Crónica del delirio".
Me dará mucho gusto intercambiar puntos de vista y compartir con ustedes todo aquello que me hizo ir en busca de Paul Antragne.
Éste es el enlace por si les interesa.
http://www.amazon.com/Cr%C3%B3nica-del-delirio-reflejo-Antragne-ebook/dp/B00KSP58XG/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1405633234&sr=8-1&keywords=Cronica+del+delirio
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