José Agustín
El mapa de los sueños
De los alucinógenos al Tao
--¿Crees en Dios?
--Sí, claro que sí, aunque la mía no
es ni remotamente una visión muy ortodoxa. Ni tiene que ver con la definición
de la religión católica, ni mucho menos.
Mi idea de Dios está más cerca
del taoísmo y del zen. Estas tradiciones desantropoformizan mucho la idea de
Dios. Lo convierten en una cosa mucho más abstracta, en algo más difícil de
precisar. Está en todo, pero al mismo tiempo no es tan específicamente definido,
sino que es algoa muchísimo más impreciso.
Como dice el Tao Te Ching que
mientras más hablas del Tao, más lejos te vas de su idea original porque es una
fuente de energía y de poder imprecisable.
--¿Desde hace mucho estás en eso?
--Se me fue haciendo esa idea en el
transcurso de los años. Debe haber sido a partir de los años 60. En realidad yo
crecí dentro del catolicismo, como medio mundo, pero después, durante la
secundaria, de plano renegué de todas las cosas religiosas porque estaba en una
escuela ultracatólica nefastísima, donde nos daban religión a todas horas y era
como un vehículo represivo. Desde segundo de secundaria decía "Dios no existe"
y ya en la prepa me mandé hacer las únicas tarjetas de presentación que he
tenido en mi vida y que decían José Agustín y abajo, como profesión: "Ateo".
Pero fueron las experiencias psicodélicas
las que me hicieron modificar mucho esta idea. Llegué a tener experiencias religiosas
muy intensas. Luego dejé de meterme alucinógenos y tomé mi propio vuelo. Diseñé
una especie de desarrollo espiritual personal.
--Te metías a grupos?
--Para nada. En todas estas cosas yo
soy espantosamente antigregario. Creo que los grupos sin duda ayudan porque te
dan un empujoncito y te sientes más cobijado entre todos; es más fácil hacer
las cosas, que si andas de lobo estepario. Pero en realidad nunca me ha gustado
estar con mucha gente en cosas de ese tipo.
Además tengo la idea de que la
persona verdaderamente puede experimentar por sí misma los fenómenos religiosos.
El intermediario a veces no sólo no ayuda, sino que hasta estorba. Yo creo que
ése es el problema que actualmente tienen las religiones. Se han quedado muy
remotos, muy lejanos de lo que se podría llamar la experiencia religiosa.
En realidad todos los rituales, los
ceremoniales y la infraestructura, por así decirlo, de los cultos (al menos el
católico), están preparados para prender a la gente, para que ésta tenga la
experiencia religiosa, pero la intermediación de los sacerdotes es lo que aleja
la experiencia directa, porque a los curas les conviene que la gente sea más dócil
y más manejable.
--¿Cómo es ese diseño?
--De mil formas. La oración, por
ejemplo, bien hecha indudablemente te prende, especialmente si estás hincado y
con la espina dorsal bien erguida. Tienes que estar metidísimo. Son muy útiles,
como se sabe, los ayunos. Mientras menos alimento hay, más posibilidades de
platicar con Dios, aunque, claro, también se puede meter la pésima onda. Los
ejercicios espirituales, especialmente los de Krempis o de Ignacio de Loyola,
pueden ser efectivos. También repetir, como mantra, el nombre de Dios al estilo
El camino del peregrino, de Bunyan.
Muy útil, si se hace de veras, la confesión y comunión,y por supuesto la
observaci¢n auténtica, no un mero guardar las formas, de los rituales. De
hecho, los rituales son la clave para convocar el feeling religioso. Todas estas cosas, y muchas más, bien llevadas,
con verdadera devoción, te pueden prender y dar una experiencia religiosa
profunda. También cuenta, claro, la inclinación natural, la vocación. Hay gente
que nace con más facilidad para tratar de ver la cara de Dios. Y la conjunción
de circunstancias. Es decir, que te toque.
--¿Y a ti te han prendido?
--Después. Yo me he metido en muchas
cosas, en todas, desde mi propia experiencia personal. Sobre todo en yoga. He hecho
mucha yoga, mucha meditación. Hatha yoga, que son posturas; he hecho asanas
(que son los ejercicios mismos, las posturas del yoga) y generalmente las
termino con una meditación. A veces me pongo muy high; con mucha frecuencia me pongo hasta arriba. Y esas son
experiencias eminentemente religiosas.
--¨Meditas con mandalas?
--Soy un fan de los mandalas. Hago
mandalas o las ilumino. Yo hago una meditación tibetana con un yantra muy
sobrio, que se llama Sri Yantra. Lo encontré precisamente en un libro de Jung.
Sri Yantra es como un mantra dentro de un mandala, un mandala especialmente mágico
y muy poderoso. Ayuda a meterte en la meditación. Me quedo contemplando el
mandala hasta que se extinguen mis pensamientos y me quedo en un estado de
conciencia pura, y a veces de éxtasis.
--¿Y has hecho el mandala de tu
vida?
--Sí. Lo hice como me fue saliendo.
Primero tracé un gran círculo y luego le fui metiendo otras figuras, imágenes
de sueños, etcétera.
--¿Cómo eran tus experiencias con
los alucinógenos? ¿Psicóticas?
--No tanto. Sí tuve mis viajes
psicóticos, pero eso fue después. Primero fue como un anonadamiento ante el
hecho de que la realidad era otra cosa y que todo lo que yo había estado
acostumbrado a percibir de cierta forma podía tener muchas características
enteramente distintas. Ver que una piedra se podía convertir en un gusano o ver
una pared llena de grietas o que el agua tenía unos brillos increíbles, hacía
que me quedara como estúpido viéndolos durante media hora.
--¿Y eso te hacía suponer que era
Dios?
--Eso nada más me hacía suponer que
las cosas eran distintas de como yo las veía.
Empecé a tener experiencias
religiosas más adelante. A veces, durante los viajes psicodélicos, había
momentos difíciles, donde me daba cuenta de que algo tan simple como
persignarse es un ritual profundísimo, que está inmerso hasta lo más
profundo de uno y que verdaderamente alivia en un tiempo de emergencia
espiritual, por así decirlo.
--¿Qué significa el persignarse?
--Es un acto ritual que te despeja
de tus enemigos: "Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos,
líbranos señor..." Por supuesto se refiere a los enemigos internos, a las
fuerzas que están dentro de uno y que antes la Iglesia catalogaba como
demonios, tentaciones o pecados.
Todas estas cosas tienen una
relativa autonomía dentro de nosotros y en ciertos momentos nos pueden poseer y
dominar por completo; de pronto, hacemos cosas que no nos gustaría hacer y que
son muy destructivas.
Todo eso me hacía pensar que un
simple acto como persignarse, es un acto mágico, de un poder extraordinario. Me
hacía ver la realidad de cierta forma: Por ejemplo, contemplar una rosa y de
pronto descubrir que ahí estaba la esencia de todos los misterios de la vida y
de Dios. De repente pensaba: "Esto es lo que los artistas queremos
expresar." En lo particular quisiera que las palabras no fueran como
pequeños bichitos que están dando vueltas alrededor de la vela y que nunca
llegan al contacto directo. Y aunque te decía que dentro de uno hay fuerzas que
en ciertos momentos pueden ser adversas, el aprender a conocerlas te va
ayudando a vivir mejor.
Todo esto está muy relacionado
con la religión porque de pronto se va formando una especie de aparato dentro
de uno. Yo sostengo, como Jung, que el alma es religiosa en sí. Entonces,
cuando no encuentra sus vías naturales de manifestar esa religiosidad, se va
hacia otras cosas, como las pasiones y las místicas de las que luego habla la
gente.
--¿Cuáles serían sus vías naturales?
--Las religiosas. Es decir, no
trasladar la religión al campo de la ideología y convertir a la ideología en
una cosa religiosa, a la que le tienes una fe de fanático o cosas por el
estilo, sino concentrar la religiosidad en la religión. Cuando lo haces por ese
lado, desarrollas la religiosidad natural que existe en la gente.
Jung y el I Ching
--¿Cómo diste con el taoísmo? En El rock de la cárcel dices que leías el I Ching...
--Sí, ándale. Desde las primeras
experiencias psicodélicas me fui metiendo en un mundo de lecturas tremendas.
Jung fue muy importante. Empecé con Psicología
y alquimia, donde hay una larga introducción, como de cien páginas, en la
cual habla de cómo se modifican los criterios cristianos con relación a la
alquimia. La alquimia parte de las bases cristianas.
Luego seguí con prácticamente todos
los libros de Jung. Uno absolutamente genial se llama Psicología y religión, este y
oeste, donde se ven las diferencias abismales que hay entre las religiones
orientales y las occidentales.
Según Jung, los orientales tienen
mucho más desarrolladas las capacidades del alma. Por un lado perfectamente
bien pueden establecer procedimientos y mecanismos interiores muy sofisticados,
que en Occidente ni remotamente se conocen. Por otro lado, hace ver cómo en
Occidente la religión o religiones son realidades del alma y reflejan elementos
del alma que han sido estudiados con bastante precisión dentro de un lenguaje
simbólico. También habla de la importancia de los rituales, dogmas, sacramentos
y de todos los grandes ceremoniales.
Además de las lecturas, me metí en
toda una serie de fenómenos esotéricos. Me interesó mucho la astrología, la
magia, la quiromancia y la alquimia en lo específico. Con esto, de alguna
manera, estaba lidiando con elementos de mi propia interioridad.
--¿Por qué la alquimia?
--Porque los cultos religiosos
llegan hasta un punto. A través de ese intermediarismo del que te hablaba,
llega un momento en que no te dan más o cuesta mucho trabajo que den más.
Algunas personas indudablemente lo logran; pero siento que la mayoría, no.
Hay un momento en que las religiones
ya no dan y los elementos esotéricos sí. La alquimia, en específico, porque
busca la transmutación del alma a través del símbolo de la piedra.
Se supone que los alquimistas buscaban
convertir las piedras en oro, pero por supuesto eso no era más que una metáfora
de cómo ellos mismos trataban de convertirse en oro; de cómo tratan de sacar de
sí mismos lo más valioso, lo más hermoso y lo más importante que puede haber.
Entonces, los alquimistas hicieron toda una serie interesantísima de mecanismos
y de rutas de acceso al alma.
--¿Cuáles son esas rutas?
--Bueno, se trataba de llegar a la
piedra mediante un proceso elaboradísimo en el que los alquimistas manipulaban
sustancias químicas y las combinaban en medio de encantaciones y rituales
cabroncísimos. La emanación de las sustancias y el propósito del alquimista lo
ponían hasta atrás, y empezaba a alucinar símbolos pesadísimos, que
deliberadamente hacía más densos e incomprensibles. Todas las técnicas coincidían
en penetrar en lo oscuro a través de lo oscuro. En el proceso se iban
constelando las realidades más ocultas de su alma porque se proyectaban en la
materia. Como vía mística, la alquimia ya no tiene sentido, pero es una metáfora
validísima de la transmutación del ser.
--¿Y tú hacias una alquimia contigo?
--En cierta forma sí. Más bien era
muy observador de mis sueños. Muchas veces los sueños contienen símbolos alquímicos;
de eso trata el libro de Jung.
En la segunda parte del libro aparecen
como ciento treinta sueños de un cuate que Jung analizó con base en los símbolos
de la alquimia. Con eso trata de demostrar que a través de todos esos sueños,
el cuate lleva un proceso interior que busca realizarse a sí mismo. El sueño es
como un proceso religioso que busca la máxima realizaci¢n del individuo a través
de una serie de mecanismos y de fórmulas que sirven para encenderse, para prenderse,
para tener acceso.
--¿Tú cómo lo hacías?
--Yo lo hacía a través de algunos
sueños que claramente eran muy
importantes. Aunque hay sueños comunes y corrientes, creo que todos dicen
cosas: unos dicen cosas rutinarias; otros, cosas importantes, pero también hay
súper sueños. Hay señores sueños. Son los sueños que manda Dios y esos, para mí,
son extraordinariamente importantes, porque marcan etapas de tu desarrollo, te
indican cómo vienen las cosas.
--¿No te mandas tus sueños tú solo?
--Pienso que el sueño es el elemento
que menos puedes trabajar conscientemente. A poco tú puedes decir "mañana
voy a soñar con tal"...
--No, pero hay técnicas para soñar...
--Hay técnicas, pero son raras. Las
únicas que yo conozco están en un libro tibetano que se llama El libro tibetano de la gran liberación,
además de las de Castaneda, que es el otro loco que trae ese rollo de que
puedes manipular tus sueños. Él, a esa forma de sueño la llama ensoñar. Con
ciertos sueños llega un momento en que de pronto hay un desprendimiento de algo
dentro de ti; entonces te ves a ti mismo dormir y te puedes salir de tu cuerpo
y circular.
A mí me ha pasado. Una noche, que
estaba dormido, de pronto sentí que me desprendía. Me desprendí de mi cuerpo.
Vi a mi cuerpo perfectamente dormido allí.
--¿Te dio miedo?
--En ese momento, no. En ese momento
sentí una curiosidad muy grande de ver lo que había afuera. Entonces salí al
jardín, llegué hasta los árboles y ya iba hacia la calle, pero de repente
me dije: "A dónde voy, esta es una condición muy endeble para mí porque no
la manejo ni nada"; entonces me retaché.
Cuando lo hice traté de volverme a
meter en mi cuerpo, pero como que no quedaba bien. Fue una cosa rarísima. De
repente sentía como que estaba viendo por las rodillas, palabra; trataba de
acomodarme y no me acomodaba. Fue algo horrible, desesperante. Ahí sí me dio pánico,
hasta que, de repente, me entró una idea muy fuerte de que me dejara de esas
pendejadas y me fuera a escribir a mi estudio. Luego luego me vi en mi estudio,
sentado, listo para escribir, pero por otro lado estaba metido dentro de mi
cuerpo, todo chueco. Estaba en dos partes al mismo tiempo. De repente se
acomodaron las cosas de una forma muy rara y chas, encajé en mi cuerpo. Con
esto corroboré que las tesis de Castaneda del cuerpo de ensueño sí tienen una
base. Esto es algo que últimamente se ha desarrollado mucho. Hay técnicas,
ejercicios y además aparatos cibernéticos para tener lo que llaman "sueños
lúcidos", en los que se pueden programar y manipular los contenidos oníricos
para que la realidad del sueño se empalme con la realidad de la vigilia.
--¿No seguiste por ese lado?
--Por ese lado no, porque he llegado
a la conclusión de que a mí no me interesa el poder espiritual, el poder de mago,
el poder religioso. Lo que me interesa es llevar mi vida lo mejor posible y con
eso me conformo, y mira que es algo mucho más grueso de lo que parecería.
--¿En todo eso tiene mucho que ver
el poder?
--Sí, mucha gente lo que quiere es o
el poder espiritual para poder conducir a otras gentes o poder llevarlas a lo
que creen que es lo correcto, o simplemente para desarrollar en ellos
capacidades que posiblemente existan, que puede ser desde la telepatía, la
telequinesis, hasta cierto control del pensamiento o posibilidades propias del
campo de la magia.
--Pero decías que te interesaba la
quiromancia y la alquimia...
--Como vehículos para poder penetrar
en mí mismo. Siempre como manifestaciones simbólicas de realidades de mi ser.
Me interesaban horrores porque pensaba que eran mapas de la mente, distintos a
todos aquellos que te acostumbra dar la ciencia y la civilización normal.
--¿De alguna manera serían mapas de
Dios? Por ejemplo, si ves a Jung, tiene mucho que ver con las mitologías, entonces
ahí hay una relación entre lo que está dentro de ti y lo que está
fuera...
--Claro, por supuesto. De hecho es
un principio casi axiomático de todas las formas esotéricas. La relación de que
lo que está dentro de ti, también está afuera. Eso lo decía la
alquimista María Profetisa. El axioma plantea que lo que está afuera está adentro
y lo que está adentro, está afuera.
El hombre es un microcosmos y
contiene en sí todo el universo y en el universo está la naturaleza
divina y la naturaleza humana. Entonces sí, los mapas de los que hablamos son
en cierta forma dogmas divinos porque la gente los produce en estados muy
particulares de inspiración. Lo que en la Biblia
le llamaban la inspiración que otorgaba el Espíritu Santo y que permitía que
Moisés escribiera el Pentateuco y que hacía que los profetas profetizaran y escribieran
sus libros y cosas así. Entonces, en tanto productos del alma, son mapas
divinos, porque el alma está hecha a semajanza de Dios, ¿no?
El vehículo de la expresión divina
--¿Crees en la inspiración divina?
--Claro que creo en la inspiración,
es de pocamadre.
--Pero desde afuera hacia dentro o
qué...
--Más bien de adentro hacia afuera.
Pues no sé si sea Dios o quién chingados sea. Dios o el Espíritu Santo pueden
ser el vehículo correcto dentro de la ortodoxia católica.
Yo sí creo que hay algo superior,
mucho más fuerte que tú, que te escoge y que, en momentos felices de tu vida,
se expresa a través de ti y tú eres el vehículo de esa expresi¢n que viene de
otro lado, y si eres lo suficientemente abusado tratas de no estorbarla para
que se manifieste lo más nítidamente posible.
--¿Cómo encuentras esa expresión?
--La expresión surge a través de ti
con un poder inaudito. Para mí, como escritor, es una ansiedad básica de
escribir. Lo haces, y te prendes. Te voy a dar un ejemplo: Una vez, durante
mucho tiempo, se estaba gestando dentro de mí una novela que ahora se llama Cerca del fuego.
Cuando yo estaba en la cárcel de Lecumberri,
en 1971, Juan Tovar me visitó un domingo y me dijo que su esposa, Elsa Cross,
había tenido un sueño donde se le indicaba que yo debía escribir mis propios
sueños porque con el paso del tiempo me iban a servir de material para una
novela. Yo le dije: "A toda madre. Voy a anotar mis sueños tan pronto como
los tenga, porque resulta que yo no sueño." Pues que esa noche tuve un
sueño espectacular y a partir de ahí empecé a tener muchos sueños. Entonces,
efectivamente, empecé a hacer un diario de sueños y a seguir, a través de
ellos, una ruta de mi propia alma, complementaria y paralela a la ruta que
llevaba mi vida en el mundo externo.
De repente se me fueron formando muchas
ideas. La principal consistía en crear una ficcion que respondiera a ciertos
mecanismos de los sueños; es decir, no que yo contara mis sueños, sino que me
fijara en las leyes interiores de esos sueños para inventar historias con
mecanismos semajantes o equivalentes.
En un principio tenía la idea, tenía
el título, la novela se iba a llamar Cerca
del fuego porque me impresionó muchísimo una frase que leí de Orígenes, que
decía "Esto dijo el Salvador: el que está cerca de mí, está cerca
del fuego y el que está lejos de mí, está lejos del reino." A mí
me interesaba muchísimo esta frase porque me sugería parte de la naturaleza de
Dios. Es una fuerza tan tremenda que si estás cerca de Él es muy peligroso, es
como el fuego: te da luz, te ilumina, pero te puede quemar, te puede fundir ahí,
pero al mismo tiempo eso es lo que tienes que hacer, porque si estás lejos de Él,
estás lejos del reino; estás lejos de toda posibilidad de hacerla en la vida.
Dios es una fuente de peligro a la que hay que ir.
--¿Lo que dices tiene que ver con el
bautizo de fuego?
--Por supuesto. El tema del fuego es
toda una escuela preciosa que tocan distintas ramas religiosas y esotéricas.
Castaneda también lo tiene en un libro muy bonito que se llama El fuego interno.
Bueno, entonces ya se me había
ocurrido el título, pero me faltaba el argumento, la historia, el vehículo para
transmitir esos sueños, hasta que un día, en Denver, leí una noticia del
periódico donde decía que a un cuate que se le habían olvidado los seis últimos
años de su vida y me dije: "Chin, ahí está mi novela. Yo tengo que
escribir un libro de un cuate al que se le olvidan los seis últimos años de su
vida." Ya no volví a pensar más en la historia, pero quedé segurísimo que
la tenía que escribir. Trabajé, di clases, tenía una obra de teatro y la ensayé,
después, en la noche, tenía una conferencia en una universidad a cien kilómetros.
Regresé y todavía tenía energía. Preparé la clase del día siguiente. Terminé la
clase y me fui a acostar, pero seguí con los ojos pelones. Estaba más despierto
que el carajo.
A las cuatro de la mañana en punto
sentí algo tan fuerte, algo tan terrible que de repente comprendí que o me
paraba y me ponía a escribir o no iba a poder dormir nunca. Fue un impulso
invencible, absolutamente irreversible. Me puse a escribir y me salió mi novela
Cerca del fuego. Tardé ocho años
haciéndola. Ocho años porque no encontraba la ruta exacta.
--¿Seguiste escribiendo tus sueños
durante esos ocho años?
--Seguía teniendo mis sueños y los
anotaba, pero mi novela era otra cosa. La vine trabajando por otro lado, con
unas historias muy locochonas que se me ocurrieron y que son como sueños.
La novela se divide en las partes de
la alquimia: Negro, Blanco y Rojo. En la parte negra hay puros materiales oníricos.
--¿Por qué negro?
--Porque el proceso del desarrollo
iniciático de una persona, espiritual, religioso o esotérico suele empezar con
una inmersión en lo más negro que tienes, en lo más negativo. Un descenso a los
infiernos. Jung le llama el enfrentamiento con la sombra. Por otro lado, lo que
ven los alquimistas a través de todas sus operaciones, son demonios, figuras
verdaderamente terribles, cosas devastadoras, espantosas. Eso es lo primero que
tiene que salir, porque es lo primero que se tiene que reconocer. Es lo que más
te estorba y más te conduce a donde no debes de ir. Por lo tanto, es eso lo
primero que hay que conocer. En alquimia, al "negro" le llaman
"nigredo".
Luego viene "albedo" (de
"alba"), que es la parte blanca, donde ya se integraron muchos
elementos negativos y aparecen elementos luminosos. Es cuando puedes ver otras
realidades de ti mismo.
Finalmente, tiene lugar la última
fase que se llama "rubedo", que es la inmersión en el fuego, subir el
fuego del horno al máximo calor para que te fundas en él, te desintegres en él
y renazcas un poco como un ave fénix.
--¿Tú ya has pasado por esos tres
procesos?
--Lo que te puedo decir es que todo
esto me ha llevado a concluir que algunos elementos de los cultos me sirven
mucho. Voy a misa y comulgo; no soy de todos los domingos, pero cuando voy lo
hago bien y las más de las veces el ritual me cae muy bien, que es como debe de
ser.
--¿Llegaste a misa desde el taoísmo?
--Ándale, viéndolo estrictamente en
una posición meramente práctica. Todos estos ritos me convienen, me caen muy
bien, por eso los hago. En realidad todo el aparato simbólico de fe de la
religi¢n ya no me interesa mucho. Lo que me interesa son los rituales y los
mecanismos que ayudan a mi alma.
Mi idea de Dios entonces es más
complicada, porque ya no es el Dios de la Iglesia, el ser todopoderoso, creador
de todas las cosas, sino que es algo más sutil, una fuerza que existe en todo y
que convierte el caos en cosmos, cuya circunferencia es el centro y que está en
todas partes. No es un ser antropomorfizable ni requiere de iglesias ni
representantes. Para los hindúes, este Dios que está en todo el universo
se llama Purusha, pero también en el interior del ser humano, y ahí su nombre
es Atman. El hombre contiene, alberga a Dios, y en su medida es Dios. Aunque
Dios, claro, está afuera también, en todo lo que existe. Como decía el mesías
Solano: "Dios es todo lo que es y todo lo que no es."
Para mí, la verdadera identidad
humana, o al menos la mía, es su parte divina. Esto lo descubrí con una nitidez
una noche en que me comí unos hongos poderosísimos y desde el principio del
viaje me preguntaba cuál era mi verdadera identidad, más allá de la suma
de mis circunstancias y de mi nombre. De pronto me desplomé en un estado
horrendo, un tormento porque textualmente no cabía en mi cuerpo. Sentía que
estaba a punto de reventar, con una hinchazón dolorosa que necesitaba explotar.
De pronto, en medio del caos, tuve la necesidad de ir a la barranca. Imagínate,
era medianoche, el cielo estaba totalmente cerrado porque había llovido y no se
veía nada, pero de cualquier manera me lancé y llegué hasta el borde de la
barranca. Me senté en una piedra, mientras trataba de contener la energía
espantosa que estaba dentro de mí y que sólo disminuiría, pensaba, cuando
supiese verdaderamente quién era yo. De pronto empecé a escuchar un estruendo
extraordinario que crecía hasta llenar todo de un estrépito limpio y nítido. Vi
entonces que en la barranca venía un fuertísimo río de luz, de enormes olas
luminosas; esa era la fuente del ruidero sublime, y por supuesto irradiaba una
luz que cegaba. En el río de la luz venía un interminable ejército celestial,
con las armas resplandecientes, banderas y estandartes, que precedía la
aparición de la máxima luz y el máximo estruendo. "Aliméntate,
aliméntate", me decía una voz interior, y de pronto comprendí que yo iba
en ese río de luz, yo era parte de las aguas de fuego, del fragor, del poder y
la gloria. Eso era exactamente lo que yo era.
De pronto el río de luz se alejó, el
estrépito maravilloso y las explosiones de luz se perdieron por las curvas de
la barranca, pero yo era otro. Para empezar, alcé la vista y vi miles de
estrellas en el cielo, a pesar de que estaba enteramente nublado. Supe que
estaba alucinando, pero que se trataba de una alucinación chingoncísima. Me
había cargado como nunca en mi vida.
El desbordante río de luz, esa es
una metáfora de Dios que tiene mucho sentido para mí. También el de la Gran
Fuente de Poder. Tengo una novela que se llama La panza del Tepozteco y que, aunque no lo creas, trata de todas
esas cosas, porque los personajes son dioses, es decir, arquetipos. Se cuenta
que Quetzalcóatl salió de viaje por el mundo, conoció a muchos dioses de distintas
latitudes y supo que había numerosos dioses como él y que todos eran una sola
sustancia divina que adoptaba infinidad de formas pero que en lugar del
universo se concentraba en una extraordinaria fuente de poder. Finalmente
Quetzalcóalt se remontó al espacio exterior y viajó por las estrellas y
galaxias desconocidas hasta que encontró "la máxima fuente de poder que
era el centro y la circunferencia de todo lo existente". Ésta tenía una
especie de agarraderas de luz que era energía pura y por supuesto el buen
Quetza se prendió de ellas, lo cual, por otra parte, lo envió directo a volver
a nacer en Tepoztlán.
--¿Crees en la reencarnación?
--Sí y no. No me interesa mucho el
tema.
--El esoterismo trata mucho ese
tema.
--Pero, aunque yo esté muy
interesado en cuestiones esotéricas, conservo un pie muy cartesiano en todo
esto, de ahí mi interés por Jung.
--Bueno, Jung sí cree en la reencarnación.
--Cree en la vida después de la
muerte, aunque como científico nunca lo dice. En donde trata todo esto es
en Los
sermones de los muertos. Este texto no está en sus obras completas. Se
publica a veces junto con su autobiografía porque él no lo consideraba parte de
su pensamiento científico.
A mí me pasa un poco lo mismo. Yo siento que
se necesita tener una base racional en todo esto. No te puedes despeñar nada más
así, en lo irracional, porque todo esto es absolutamente irracional, rebasa todas
las fronteras de la racionalidad. No me interesa mucho la reencarnación porque
aún no descubro bases para poder especular en torno a ella.
--Pues se dice que los orientales
creen en el karma y a través de los sueños tocan aspectos de vidas pasadas.
--La tradición de la reencarnación
es fuertísima en Oriente, pero yo no he tenido un sueño de esa naturaleza,
entonces no tengo una base por donde rascarle. Brujas amigas mías me han
hablado de mis reencarnaciones anteriores, pero la verdad me da risa. Alguien
me dijo que en una reencarnación previa fui Alejandro Dumas. Me da risa que mi
reencarnación anterior tenga que ser un escritor y un escritor Leo, como yo, y
con muchos puntos de contacto conmigo. Se me hace como muy fácil, ¿no?
--¿Cómo compararías todos los mapas?
Es decir, ¿cómo comparas el camino por donde te lleva el Tarot, la quiromancia,
las mitologías, la alquimia, etcétera?
--Bueno, son comparables porque
todos son caminos distintos. Cada disciplina tiene sus propias características,
pero lo que tienen en común es que todas llegan a lo mismo, que es Dios,
tomando en cuenta todas las particularidades que hemos hablado en torno a Dios.
Esta sería una idea de Dios distinta
a la clásica. El objetivo, más bien, sería descubrir a Dios en uno mismo. No es
que seas Dios en el sentido de que puedas ahorita disponer de la vida de todo
mundo y planear creaciones, sino que eres Dios porque tienes en ti la
naturaleza divina.
En los sueños se ve clarísimo esto.
Se puede manifestar de las formas más increíbles del mundo. En eso Jung es
riquísimo porque te da todos los símbolos divinos. Muchas veces sueñas vientos
terribles o fuego o ciertas presencias míticas de animales: el unicornio representa
a Cristo, igual que el pelícano y el ave fénix, en fin, son muchos elementos
los que representan directamente a Dios en el sueño.
Pero si lo que uno busca es
encontrar a Dios dentro de sí, te diré que yo elaboré una fórmula que me ha
funcionado muy bien: "Dios está en mí, yo estoy en Dios. Dios es mi
mismo, mi mismo es Dios". En este sentido sigo los principios junguianos
porque él dice que el centro del individuo no es su conciencia, no es su ego
conciencia, no es su yo. Ésta es una parte de su conciencia, nada más. Pero
tras de eso, hay un centro vital al que le llama el sí mismo, el self en inglés
o selbst en alemán. El sí mismo, Cristo, es Dios, es el Espíritu Santo, es ese
rincón que está dentro de uno, es la verdadera naturaleza divina, es Dios.
Pero en sí, todos los mapas llegan a
lo mismo. Don Juan, el de Castaneda, decía una frase muy bonita: "Todos
los caminos son buenos si tienen corazón." Es decir, si tú los sigues de
veras y si crees en ellos y, aunque te metas en vilezas siniestras como la
dianética o chingaderas así, puedes hacerla porque lo haces con corazón.
--¿Y tú tienes un mapa de ti mismo?
--Sí, tengo mi cartografía interior.
No está tan clara como yo quisiera. Hay rutas de acceso a determinadas
cosas que de pronto funcionan intuitivamente o aparecen por sí mismas y tardas
tiempo en descubrirlas y en aprovecharlas conscientemente. Es un proceso que se
lleva mucho tiempo.
--¿El I Ching qué papel ha jugado en tu vida?
--Para mí ha sido fundamental. Me
dice lo mismo que los sueños, pero con otro lenguaje. Me habla de dos formas:
primero más abstracta y luego teórica. Dentro
de los plenteamientos taoístas que tiene el libro está la idea de la lucha
de polaridades, del yin y el yang, y la necesidad, por lo tanto, de un camino
central a esas polaridades para poder conducirte por la vida sin extremos.
También plantea toda una serie de
normas de comportamiento ante todas las situaciones, porque este libro recopila
las experiencias humanas en todos los campos; esto es, ante determinada
situación arquetípica, hay un modo de comportamiento, hay una respuesta. El I Ching es un libro de sabiduría: te
dice qué va a pasar, pero sobre todo te dice qué hacer en determinado caso que
va a ocurrir. Esa es la gran diferencia de este oráculo con las demás formas
esotéricas de adivinación, que te dicen qué va a pasar, pero no te dicen qué
debes hacer.
--¿Escribes con el I Ching?
--Literatura no. Lo he utilizado
para títulos y epígrafes. Además lo cito mucho. Un día Esther Seligson leyó mi
libro Cerca del fuego y me habló para
decirme: "¡Oye! llevo leídas 20 páginas de tu libro y ya llevas como
treinta citas del I Ching."
--¿Y consultas la Biblia?
--También. No soy Biblia freak, como
Jorge Portilla en cuya novela, El coro en
la luz, el personaje se la pasa abriendo la Biblia porque le funciona como
el I Ching.
Yo, por mi parte, no hago tantas
preguntas al I Ching. Más bien me
interesa pedirle mapas de mi alma. A veces, así como mis sueños, que me indican
cómo va a ser mi estado de ánimo en el día, echo el I Ching temprano, sin preguntar nada en específico para ver cómo se
constelan las condiciones del día.
Trayectoria
José
Agustín Ramírez nació en Acapulco en 1944. Fue considerado precoz porque
ejerció el periodismo desde la adolescencia. Ha sido, a pesar de su incomodidad
por el término, el principal representante de la Onda, corriente que durante
los años sesenta tomó el lenguaje coloquial de la juventud para llevarlo al
género literario.
Fue estudiante de la segunda
generación del CUEC en 1965; becario del Centro Mexicano de Escritores
(1966-1967), del International Writing Program de la Unversidad de Iowa (1977),
así como de las fundaciones Fullbright (1977-1978) y John Simon Guggenheim
(1978-1979).
A los 20 años de edad publicó La tumba (su primera novela, 1964), y de
ahí se ha seguido con Círculo vicioso
(teatro, 1964), De Perfil (novela,
1966); La nueva música clásica
(ensayo, 1968), Abolición de la propiedad
(teatro, 1969); Se está haciendo tarde.
Final en laguna (novela, 1973), corregida y aumentada en 1985), El rey se acerca a su templo (novela,
1978),; Ciudades desiertas (novela,
1982); Cerca del fuego (novela,
1985); El rock de la cárcel
(autobiografía, 1985), Tragicomedia
mexicana 1 (crónica histórica, 1991); Tragicomedia
mexicana 2 (crónica histórica, 1992); La
panza del Tepozteco (novela, 1992), Dos
horas de sol (novela, Premio Dos océanos, otorgado por el Festival
Internacional de Biarritz, Cine y Cultura de América Latina, 1995), Inventando que sueño. Cuentos completos
1960-1992 (cuentos, 1995); La
contracultura en México (ensayo, 1996).
Ha
colaborado en las siguientes publicaciones: Mester, Nuevas Letras, Cuadernos
del viento, Pop, Excélsior, Novedades, El día, Búsqueda, Diálogos, Signo,
Boletín de la VII Reseña de los Festivales Cinematográficos, Eclipse,
Caballero, Claudia, Piedra Rodante, Cine avance, Eñ Cuento, El Corno Emplumado,
Quimera, El Heraldo de México y Reforma, entre otros medios.
Obtuvo el Premio Juan Ruiz de
Alarcón de la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro, por Círculo vicioso, la mejor obra
representada en 1974.
En 1983 le dieron el Premio
Colima de Narrativa por Ciudades
desiertas; en 1993 tuvo el Premio Nacional Juan Ruiz de Alarcón del
gobierno del Estado de Guerrero en las Jornadas Alarconianas de ese año.
Cuando cumplió los cincuenta
años de edad, a reserva de los posteriores homenajes, recibió un Homenaje
Nacional por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el
Instituto Nacional de Bellas Artes, la Universidad Nacional Autónoma de México,
la Universidad Autónoma Metropolitana y el Consejo de la Cultura de Coahuila.
José Agustín se ha distinguido
porque su lenguaje y sus hallazgos han influido en todas las generaciones de
jóvenes desde los años sesenta.

