miércoles, 24 de diciembre de 2014

El diablo en Navidad

Después de 21 años en que me puse a investigar sobre la vida y obra del pintor Paul Anttragne, so pretexto de un reportaje que había que entregar al periódico La Jornada a propósito de su muerte, hasta hace poco todavía me preguntaba qué me llevó a terminar con un libro llamado Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne, que habla de la afición de un pintor surrealista francés que vivió en México desde 1957 y se echó un clavado profundo en el tema del mal y la perversión para inmortalizarlo en una obra que resultó perdida entre tanto coleccionista.
Desde luego, su vida era un misterio a resolver. Había que dar con los dueños de los cuadros de Paul, con sus amigos de juventud, con sus amantes, con sus enemigos incluso. Así, un entrevistado me dio el teléfono de otro y ese otro de otro y de otro más...De esa forma, mi cartera de entrevistados estuvo ocupada por artistas plásticos, psiquiatras, escritores, arquitectos, esotéricos, agnósticos, religiosos y filósofos que me hablaban no sólo de Paul Antragne, sino de los personajes que ocuparon su obra como Gille de Rais (el más grande asesino de niños en la Edad Media), Erzsébeth Báthory (condesa húngara del Renacimiento que se bañaba con sangre de las doncellas vírgenes que mató), Cleopatra, Isabel de Baviera, Heliogábalo Augusto, el conde Dracul y otros tantos personajes apocalípticos y mitológicos que dejaron huella por su sadismo y que Paul inmortalizó en una alucinante creación puntillista.
Al principio y movida por una gran curiosidad y entusiasmo por conocer a un personaje tan oscuro, cuyo mundo me era ajeno totalmente, yo era quien formulaba las preguntas a los entrevistados y la familiaridad llegó al punto en que después los entrevistados eran quienes terminaban por preguntarme sobre el, sobre Paul... y así fue que terminé por referirme a él no como Antragne o como el maestro o como el pintor, sino como Paul.
Y es que Paul, sin querer, al fin ya muerto, se convirtió en un gran maestro para mi. Si antes no sabía qué era lo que me movía a escribir sobre su obra tan llena de diablos y perversión, me parece que ahora, haciendo un recuento antes de terminar el 2014, empiezo a comprender que esa búsqueda no era más que la necesidad de encontrar los mecanismos de las mentes criminales precisamente para transformarlas.
Comprendo ahora que la obra de Paul es un legado no sólo por su estética, sino por su contenido tan universal y tan presente. Si bien durante la investigación (que me llevó años) pensaba que aquellos personajes tan siniestros se habían quedado en la distancia que nos separa de la Edad Media y del Renacimiento, ahora me estrello con la realidad no sólo de encontrarlos en esta época, sino de sospechar que se encuentran en nuestro país.
Cada vez que leo las noticias, me encuentro con ese espejo de horror que se ciñe sobre la cara desollada de Julio César Mondragón y me pregunto quién fue ese Gille de Rais que se solazó durante la acción y que ahora permanece libre porque la impunidad lo protege. Y me pregunto qué pasó después con ese asesino. ¿Se habrá arrepentido de alguna forma así como dicen que le sucedió a de Rais, sobre todo cuando por sus crímenes sus años de condena se multiplicaron por tres?
Cada vez que veo los retratos de las mujeres que han muerto buscando a sus hijos, a las muertas de Juárez y demás jovencitas que han desaparecido o cuyos cadáveres han aparecido en condiciones inenarrables, me pregunto dónde están las condesas Báthory que idearon los métodos más tortuosos con tal de beber sangre joven e inocente para llenarse de un poder tan falso y carente de sentido. Cada vez que recuerdo a los niños del ABC, me pregunto si algún exorcista pudiera venir a sacar de México y del planeta a este diablo tan exterminador que ha estado presente en toda la historia de la humanidad, cuyos recuerdos siempre nos remiten a las guerras, batallas, revoluciones, golpes de estado, injusticias, corrupción y todo aquello que detenta el derecho del ser humano a existir, ser libre y feliz.... 
¿Y es que a la vuelta del tiempo, con tanta historia de masacre, no hemos aprendido la lección? ¿La vida se hizo para destruirla? ¿Qué tenemos los seres humanos que optamos por la destrucción más que por la construcción? ¿Por qué si el sentido de la vida es encontrar la felicidad y el amor, nos empeñamos en cultivar el odio?
Tengo amigas que de plano se negaron a reproducir las imágenes diabólicas y obscenas de Paul Antragne en sus muros de FB, como si el odio y el genocidio pertenecieran a otro territorio, como si no lo estuvieran pisando en su propia tierra tan llena de fosas, como si no se detectara el olor a sangre saliendo de las alcantarillas, como si el mundo de nuestros desaparecidos fuera de ficción...
Ahora más que nunca, los personajes que interpretó Paul Antragne y que causaron horror entre la sociedad mexicana de los años sesenta, parecen cobrar vida en cada noticia que leo, en cada declaración que más que dar esperanza, apuñala el alma de los mexicanos. Los veo renacer en las fuentes de la masacre, la mentira y el ciego deseo de poder y riqueza que predomina sobre la vida y la dignidad humana.
Hoy, esta Navidad, particularmente me siento desencantada. No me siento capaz de felicitar al mundo. Los seres humanos no hemos encontrado la clave para que el amor y la paz sean los ganadores.
Me cuesta trabajo festejar, pero aún así, como tantas personas con las que comulgo en la idea de cambiar esta realidad que nos está comiendo y nos quita el derecho a vivir, a ser libres y felices, todavía tengo la confianza en que la paz y el amor puede más que el odio y la indiferencia. Sólo hay que encontrar la clave y revertir el orden mundial, cuyo foco de acción se ha centrado en el poder más que en el amor.
Por eso, en esta Navidad, brindo con Paul Antragne, que quiso decirnos tanto y no pudo porque a él le pasó lo mismo. La indiferencia del mundo lo pateó por completo hasta llevarlo al olvido (como suele pasar en un país en el que todas las masacres terminan por olvidarse y seguimos impulsando un sistema tan atroz y perverso), brindo con él, que fue expulsado por los que no quisieron darse cuenta que en sus manos tenían el cambio.


jueves, 4 de diciembre de 2014

La opción de Jesucristo. Entrevista a Vicente Leñero

Como un homenaje a Vicente Leñero, escritor de novelas, cuentos, teatro, cine y periodismo, les comparto la entrevista que, gustosa, le hice en 1997 para mi libro "Dios y los escritores mexicanos" y que me dejó una profunda enseñanza.

Los Hermanos de las Escuelas Cristianas

--¿Cuál ha sido su idea de Dios , desde niño hasta la fecha?
--Nací en un ambiente de creyentes. No nací en la India ni en Japón ni en Europa Oriental. Nací en México y, entonces, mis creencias están ligadas a un catolicismo muy tradicional. Mi madre era muy religiosa, mi padre un poco menos.
Estudié en el colegio Cristóbal Colón, bajo la religiosidad sumamente rígida de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Era un colegio de un nivel económico más alto al que yo pertenecía, pero mi padre siempre se preocupó porque sus hijos tuviéramos una buena educación. Ahí estudié primaria, secundaria y preparatoria.
Los Hermanos eran muy estrictos en las prácticas religiosas y yo fui moldeado bajo esa forma de creer en un Dios todopoderoso, en un Jesucristo muy derivado de una lectura tradicional de los Evangelios.
Francois Mauriac habla de algo semejante. No sé con qué tipo de curas se educó, pero dice que todo lo bueno que él tenía provenía de ahí y también todo lo  malo. Yo pienso lo mismo. La educación religiosa que recibí fue muy favorable para formarme un criterio de valores como son la trascendencia, la honradez, la humildad... No se puede ser cristiano sin esa clase de valores.
El prójimo está por delante. El otro, que para Sartre es el enemigo, el contrario, el extraño, para el cristiano es la expresión misma de Jesucristo. Sin amor por el semejante o por el diferente, no se puede alcanzar una existencia valiosa.
Claro, aprendí esos valores envueltos y revueltos con prejuicios derivados de una mala comprensión de los diez mandamientos, de los cinco inútiles mandamientos de la Iglesia, y con la obediencia a prácticas muy estrictas como la comunión de los viernes primeros, la confesión a cada rato y los tabúes sexuales tan arraigados y tan metidos en el ánimo de los  muchachos. Todo lo que tenía que ver con el sexo era pecaminoso; ya no digamos las prácticas sexuales como la masturbación. Lo pecaminoso nacía desde los llamados ¨malos¨ pensamientos...
Junto a esa parafernalia tan opresiva, los Hermanos transmitían esa escala que conforma la esencia del cristianismo. Lo que distingue a mi religión de cualquier otra creencia es la convicción de que el hombre no va a morir del todo. No sé qué vaya a pasar después de la muerte, pero la promesa que da coherencia al cristianismo, aunque uno no la comprenda bien, es la promesa de la Resurrección. La no muerte. El volver a nacer para siempre. Sin esta convicción es imposible que uno se pueda llamar cristiano.
--En Jesús se dio la Resurrección. En el hombre, ¿cómo sería?
--Jesús no promete una Resurrección para todos. "El que crea en mí, vivirá eternamente". El que crea en mí. El que no crea, se muere. Los principios fundamentales del cristianismo se apoyan en eso y en que el verdadero amor a Dios es el amor al prójimo. De esos dos pilares se derivan los demás principios.
Yo no entiendo a Jesucristo como un hijo de Dios que baja del cielo y se encarna en una virgen inmaculada. Lo entiendo al revés. No creo que Jesucristo haya nacido como hijo de Dios; Jesucristo se hizo hijo de Dios.
--¿Entonces usted no cree en los milagros?
--En una novela, El evangelio de Lucas Gavilán, trato de comprender este asunto de los milagros: no como actos de magia, sino como actos de servicio que pueden tener una explicación lógica y racional, uno poco a la manera de Renán. En la multiplicación de los panes, por ejemplo, se podría confundir la figura de Jesús con la de un mago que, de una cesta, saca panes y más y más panes, como podría hacerlo David Cooperfield. Lo que realmente trata de decirnos el Evangelio es que lo que traían unos cuantos, alcanzó para todos cuando se produjo la distribución. Eso sería el milagro de lo natural. En el Evangelio nunca se cuenta que a un cojo le salga una prótesis. Cristo nunca hizo ese tipo de milagros. Los suyos son milagros de hacer ver y entender mejor; de toma de conciencia, del descubrimiento del amor al prójimo, de creer y de actuar en la posibilidad de un mundo más justo.
--¿Usted siempre ha seguido a Jesús?
--Ése es otro problema. Uno es pecador y difícilmente logra actuar lo que piensa. No es fácil cumplir los presupuestos de la fe. No es fácil el amor a los demás. Es difícil llevarse bien con el prójimo, entenderlo, interesarse, darle lo que se merece como expresión de Jesucristo.
--¿Usted siempre ha tenido fe?
--Sí. A veces, a pesar mío. Yo no lucho por tenerla; la tengo y punto.
--¿Nunca ha tenido vacilaciones?
--Muchas. Períodos oscuros. Recuerdo el regaño de Jesús a Tomás: "Qué fácil es creer porque viste. Lo valioso es creer sin haber visto." No es claro todo. El misterio siempre es el misterio. Aparece a cada rato la oscuridad. Surge la depresión. Incluso se vive el supuesto de que uno puede estar equivocado. Es posible que tengan razón los ateos.
--¿Qué es lo que usted sufre cuando atraviesa por esos momentos?
--Se sufre la sequedad, el vacío de Dios, la nostalgia de Dios. Dios se aparta, Dios se retira. A veces ese mejor suspender todo juicio, no pensar. Si desde que amanece hasta que anochece uno se propusiera esclarecer la existencia de Dios, no podría vivir. la única forma es tratar de ser congruente con lo que se deriva de lo que uno cree.

El pecado como nudo dramático

--¿Cómo se fue dando su vocación de escritor?, ¿como cristiano?
--Se me fortaleció la fe gracias a la literatura, cuando descubrí las novelas de escritores católicos, fundamentales en mi formación. Antes, de joven, leían novelistas piadosos que concluían sus libros con moralejas o mensajes esperanzadores: el padre Coloma, el padre Carlos Heredia... Parecían proponer que una de las misiones más importantes del escritor era acercar los hombres a Dios.Hacer proselitismo. Eso era ser un buen escritor católico. Vivía y leía yo con esa idea. Todavía era joven. Entonces, de pronto, empecé a leer a Graham Greene, Francois Mauriac, George Bernanos, León Bloy y me interesó ver cómo grandes escritores internacionales hacían del pecado el nudo dramático de su novelística..El mal como pecado, desde una perspectiva de cristianos. No eran novelas edificantes ni necesariamente optimistas. Eran novelas sobre la condición humana. Sobre el triunfo del mal. Sobre la lucha del hombre atrapado por el pecado.
Toda la temática de Graham Greene, por ejemplo, se podría resumir en una novela policiaca donde el hombre pecador es implacablemente perseguido por Dios, que trata de "aplastarlo" con su gracia.
El descubrimiento de esos autores determinó mi vida como novelista. Pienso que el escritor creyente tiene una gran ventaja sobre los demás, si es congruente con su creencia. El buen escritor creyente no juzga. Y al aplicar el principio fundamental del cristianismo, que es el amor por el prójimo, el no juzgarlo, el no condenarlo, el novelista creyente cumple con el principio básico de toda teoría novelística. Un buen novelista no juzga. No determina quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Refleja simplemente la vida. Y esa calidad de testigo el novelista empata con la calidad de testigo del cristiano. Pienso que va de gane el escritor creyente. Los postulados de la literatura son, en estos aspectos, los postulados de su fe.
--¿Y también los postulados del periodismo?
--También. No juzgar es el fundamento periodístico. Y eso es lo que permite enfrentar más descarnadamente la realidad. Como eran descarnados para su época esos escritores novelistas. Bernanos, digamos.
--¿Le apasiona Bernanos?
--Me apasionó. No lo he vuelto a leer. Ahora es otra la literatura que me interesa. Menos subjetiva, más testimonial. Pero sí. Recuerdo a ese inmenso Bernanos obsesionado por un personaje maravilloso: el cura de Ars. Un cura francés, tonto, en continua lucha contra el demonio.
--¿Para usted, qué es el demonio?
--No creo en el demonio. No creo en el infierno.
--¿Ni en un cielo, ni en un purgatorio?
--En un cielo sí. No sería cristiano si no confiara en la promesa de ese Jesucristo que se hace hijo de Dios.

El problema de los autores católicos

--¿Cree en un origen?
--Claro. El origen es el universo creado por Dios. En eso y en todo lo que se deriva de eso, creo. Creo que Dios se manifiesta de diferentes formas en las diferentes culturas. Para los hindúes y para los musulmanes se manifiesta también, de otro modo.
Creo que nuestra cultura es la que tiene la razón, pero no puedo desechar la validez religiosa de las manifestaciones de Dios en otras religiones.
Jesucristo es una de las manifestaciones de Dios. No la única. Y lo es por una opción humana. Cristo opta por ser hijo de Dios. llega a ser hijo de Dios, seguramente muy abrumado, como consecuencia de una opción asumida hasta los límites.
--¿Para usted es importante respetar sus raíces?
--Pienso que la fe no se aprende, sino que se vive. Se vive gratuitamente. Así, al menos, me fue dada, por las condiciones en que nací. Si hubiera nacido en otro tipo de familia, quizá no me llega la gracia de la fe.
--¿Ha tenido problemas por ser autor católico?
--En mis tiempos sentía que sí. Un poco. Ahora ya no. Ahora es muy fácil proclamarse católico. Cuando empezaba a escribir, el ambiente de la cultura mexicana estaba gobernado por un grupo pequeñísimo que se adjudicaba el derecho de regir el destino de nuestra creación artística. Ese grupo era la única vía de salvación y, quienes lo integraban, eran más dogmáticos que los dogmáticos. El primer papa fue Alfonso Reyes, el segundo, Octavio Paz. Fernando Benitez era el publicista principal, el jefe de relaciones públicas. Su pequeña mafia eliminaba y seleccionaba. Tenían una mentalidad tan estrecha, que identificaban a cualquier creyente con los conservadores de la historia de México. No podían pensar que pudieran existir, en México, escritores religiosos de valor. Así olvidaron a los hermanos Méndez Plancarte, al poeta Manuel Ponce...Para existir, literariamente hablando, se necesitaba, al parecer, ser ateo o indiferente a los problemas religiosos.
--¿Nunca se avergonzó usted de ser creyente?
--No, pero me sentía relegado. Tal vez eran puros complejos míos. Mi primer libro lo publiqué en la editorial Jus y estaba ligado a los ambientes de la Acción Católica, de donde terminé saliéndome porque era muy rígido religiosamente.
--¿La rigidez le afectaba?
--Sí, claro. yo fui un joven con criterios católicos muy rígidos. pero cuando fui creciendo, fui cambiando. Vino el Concilio y nos liberó a todos. Conocí a Méndez Arceo, a Lemercier, a Iván Illich... Mi mujer también era muy religiosa y, gracias a eso, nuestra relación de pareja evolucionó bien. Ella se formó como psicoanalista y en esos tiempos se pensaba que un buen psicoanalista y un buen escritor debían ser ateos. Eso se perdió, por supuesto.
--¿Cómo se manifiesta la búsqueda de Dios en su literatura?
--Todo lo que he escrito ha surgido de una pura preocupación religiosa. Pienso que todas mis obras son profundamente religiosas en ese sentido. Busco explicarme a Dios, explicarme la Redención, explicarme a Jesucristo. Entender no es fácil.
--¿Y ha entendido?
--Un poco. Ahora, al menos, me siento más tranquilo.
--¿Usted cree que se tengan experiencias de Dios?
--Creo que otros la tienen. Yo no. Pregúntale a Javier Sicilia: él es místico. Yo soy concreto, práctico. Hago una novela y un teatro tangibles.
En ese ambiente antirreligioso del que hablaba, escribí, en 1962, Los albañiles, una simple metáfora de Jesucristo. Recuerdo que traté de explicarle el sentido religioso de mi novela a Ramón Xirau, creyente, por cierto, y me dijo que me dejara de elucubraciones. Mi novela era tal como era. No necesitaba añadirle supuestas alegorías cristológicas. Nadie la entendía como yo hubiera querido. El protagonista es un velador inspirado en aquello de San Pablo: del Jesucristo que no sólo carga con todos los males del mundo, sino que se hace pecado para asumirlo todo. Pienso también en una novela que nunca pude escribir. La empecé en el año 65 y trataba de ser un mural sobre el mundo católico mexicano. No pude. Mi proyecto fue tan ambicioso que me aplastó. Escribí cerca de doscientas cuartillas y apenas esbozaba la trama. La dejé mucho tiempo. Pero como no podía dejar las cosas en un cajón, la retomé, la fui leyendo, tiré algunas cosas y otras las guardé. me di cuenta de que de aquello que había guardado podía rescatar algo. Y finalmente me salió una novelita llamada Redil de ovejas, que no está tan mal como pensé en un tiempo y que contiene una parte de ese mural que quería hacer. Claro, yo quería escribir la gran novela, pero descubrí que no era un novelista del tamaño del tema. Muchos años después escribí  El Evangelio de Lucas Gavilán.
--¿Qué quería decir en esa novela?
--La escribí muy contagiado por la Teología de la Liberación, por un autor jesuita que me marcó muchísimo: Jon Sobrino. De ahí surgió mi novela de un Jesucristo que nace cerca de Toluca y sigue, paso a paso, a la mexicana, los episodios relatados por San Lucas.

La incomodidad de Jesucristo

--¿Qué parte de Jesucristo le incomoda?
--Me incomoda que siempre esté tan lejano. Sólo se le conoce a través de los textos que escribieron otros y en aquellos donde no hay una intención biográfica. No me gusta saber tan poco. Me gustaría saber más de su biografía, no sólo de sus enseñanzas.
--¿Cuál fue la cualidad de Jesús para hacerse Dios?
--Se dan las condiciones propicias dentro de la evolución. Cuando el hombre logra ser hombre, intensamente hombre, entonces se conecta con Dios.
--¿La máxima expresión del hombre?
--Algo así. Así aparece Jesucristo. Así se hace posible.
--¿Cree en los sacerdotes?
--La Iglesia, como institución, es un problema. Pero sin duda hay cosas de la tradición que deben conservarse. La misa, desde luego, entendida así, como la cena de los amigos.
--¿Y el diablo?
--El diablo es un invento del hombre para poder explicar el mal en la Tierra.
--¿La culpabilidad y todo eso serían estados del infierno?
--El hombre se espanta de tantas imperfecciones, de tanta maldad, de tanta pobreza, de tanto crimen. Y como alguien tiene que ser responsable de esto, y ese alguien no puede ser Dios, entonces inventa al diablo. La verdad es que Dios echa a andar el universo para que ese universo evolucione por sí mismo y algún día alcance la perfección.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Por los caminos de Proust: Entrevista a Edmundo Valadés

Para conmemorar  el fallecimiento de ese escritor maravilloso, de quien tengo maravillosos recuerdos, Edmundo Valadés, les comparto la entrevista que le hice y se publicó el miércoles 3 de febrero de 1993 en la seccion Cultura de El Nacional. Lástima que no tengo foto.

Por Adela Salinas

Escritor de La muerte tiene permiso, de Las dualidades funestas, de Excerpta, de El libro de la imaginación, de La revolución y las letras, de Sólo los sueños y los deseos son inmortales, Palomita y de Por caminos de Proust, Edmundo Valadés nació en Sonora en 1915, y desde ese año, aunque él lo ignorara, sus genes sabrían que se dedicaría a las letras y entonces le despertarían su propia capacidad de observación y lo guiarían por la vida con los ojos llenos de fantasía para que, además de escribir, se hiciera cómplice de Marcel Proust.
--Dice usted que Proust es el novelista más estudiado, comentado y escuchado de este siglo, ¿cómo lo escudriña usted?
--Lo escudriño leyéndolo. Releyéndolo. Yo, por lo menos, lo he leído completo casi tres veces. Releo párrafos con mucha frecuencia y con gran asombro porque a cada nueva lectura de Proust encuentro nuevas posibilidades, nuevas deducciones. Es realmente un mundo tan rico, tan vasto el de Proust, que es difícil que uno, como lector, pueda agotarlo. Es casi infinito.
"Proust es el escritor más escudriñado porque, aparte de su libro que de por sí es una de las tres grandes obras de este siglo, hay un motivo de interés que es el de identificar a los personajes reales, a las circunstancias reales, buscar sus alimentos reales, sus alimentos terrenales en incidentes, en personas, en anécdotas, en idioma, para armar y crear su obra".
--Algunos personajes reales de Proust se han hecho a partir de sus propias fantasías, ¿no?
--No. Lo curioso es que Proust sustentó toda su novela en una serie de realidades, pero escrita magistralmente. La clave de Proust es que él no tomó un personaje real para vaciarlo tal cual en su obra, sino que a ese personaje le surtió características de otros. Por ejemplo, para hacer a la Duquesa de Guermantes tomó la elegancia de una de las aristócratas de su tiempo. Tomó la manera de hablar de otra, de otra tomó el ingenio, de otra su modo de caminar, su modo de hablar, sus ojos. No son personajes inventados, son fraguados a base de la suma de varios.
--¿Se refleja en sus personajes?
--No. Aunque él es el hilo conductor de toda la novela porque es narrador, hay mucho de su propia vida a lo largo de toda su obra. Siempre está presente una novela escrita en primera persona, con excepción de una pequeña obra incerta en esa gran obra, que es como una novela incerta en toda su gran novela, que está en el primer tomo que se llama Un amor de Swann, en que Proust toma la primera persona, pero en todo lo demás está él,enfrentado a ese mundo aristocrático de la Bella Época en decadencia, tan es así, que hay muchos libros que han seguido las pistas reales de lo novelesco en Proust. Un fotógrafo hizo un libro con imágenes de cada uno de los lugares clave en que se desarrolla la novela. Hay otros libros con las fotografías de los personajes reales que estimularon los ficticios de Proust, en fin, hay cantidad. Uno de los más recientes libros es uno lujosísimo hecho en París, llamado Proust y la pintura. Es incansable la pesquiza, el escudriñamiento, la búsqueda de todo el entorno alrededor de su obra En busca del tiempo perdido.
--¿Qué le hizo acercarse a Proust?
--Mi acercamiento fue curioso. Yo tendría entonces unos 25 años y mi cultura literaria era tan pobre, lo sigue siendo en mucho, pero entonces era misérrima, y no sabía de Proust hasta ese momento. Trabajaba en la revista Hoy y tuve que hacer una expedición a la Sierra de Puebla, donde se supone que cayó un avión español. Como iría a estar en un mundo selvático, fui, con la idea de lleva algo para leer, a la librería Juárez, que estaba frente al Caballito y era un sitio muy concurrido, muy surtido y vi en el escaparate, entre otros, un libro que me llamó la atención. Decía "Marcel Proust" y luego ví: Por el camino de Swann y el título me terminó de atrapar.
"Hubo una intuición: presentí que estaba ante un libro especial, un libro que debería leer. Me lo llevé a la sierra y desde un principio entré en él como en algo esperado, como en algo casi conocido y me empecé a deslizar por sus páginas con un deleite, con un gozo, con un asombro de estar así ante el libro que ha sido el más seductor para mí. Se supone que Proust, en principio, no es fácil de leer. Incluso, cuando apareció su obra, había consejos de cómo leerlo. Yo digo que hay que leerlo hasta quedar atrapado porque finalmente uno queda atrapado, eso es indiscutible.
--¿En qué sentido fue seductor el libro?
--Porque en una descripción que hace del ambiente de niño en Por el camino de Swann, encontré muchas similitudes con mi propio ambiente. Mi infancia también fue dolorosa porque fui un niño muy sensible en un medio muy rígido que carecía de amor, de comprensión. Es un medio en el que uno como niño no era niño, era casi un objeto estorboso. Quizá en mi caso, el problema fue mucho más agudo que en el caso de Proust, porque yo tuve la desventaja de ser huérfano y Proust no.
--¿Qué le gusta de la personalidad de Proust?
--Se dijo, creo que con toda la razón, que Proust era un seductor. En las reuniones sociales hacía imitaciones de figuras conocidas.  Además tuvo una enorme capacidad de relaciones humanas con los demás, porque aparte de su obra literaria, que es un caudal, epistolarmente escribió miles de cartas a sus amigos, amigas, conocidos. En la mayoría de ellas interesándose por ellos; se dirigía a ellos con una gran curiosidad.  También mandaba cartas con la preocupación por obtener con exactitud ciertos datos, y es que como en sus libros habla de todo: de numismática, de lingüística, de música, de pintura, fue muy cuidadoso en conseguir el dato que necesitaba. A las tres de la mañana, en que se le ocurrió describir el sombrero de la duquesa de Guermantes, fue a levantar a una amiga suya aristócrata para que buscara un sombrero con tales características que le había visto en la fecha tal y en un lugar tal. Proust es tan seductor que uno se vuelve proustiano.
--Pero ¿qué elemento de seducción lo atrajo? ¿el amor, por ejemplo?
--Me sedujo la magnitud de su obra, las magistrales descripciones, la genia creación de personajes, los diálogos, las referencias de la época y, fundamentalmente, la profundidad con la que enfoca lo que es el amor y lo que son los celos.
"Creo que aunque no estemos tan de acuerdo en todo con él, determina ciertas leyes que sí nos tocan a todos en cuanto a la relación amorosa. El manejo de él de ese tema es doloroso, pesimista, incrédulo. llega a la conclusión de que el amor es una invención, es una enfermedad, es un maleficio del que hay que escapar, hay que librarse, y esto no nos agrada, porque al hablar de amor, pensamos siempre en el gran amor, en el amor bello, en el amor eterno.
--Pero aunque no nos agrade, ¿no cree que sea una invención de nosotros mismos?
--Creo que hay una parte de eso, claro. Hay distintos tipos de amor, pero hay algunos en los que tenemos que darle la razón total a Proust en cuanto a los amores inventados, a los amores que se crean dentro de uno mismo, porque según dice, cuando uno está enamorado de una mujer, uno le envía amor y recibe el propio amor que envió, es decir, que la respuesta es de uno mismo en el caso, claro, de que alguien esté enamorado y no sea correspondido.
--¿Y de los celos?
--Pienso que él ha hecho la indagación más profunda, más recóndita del alma de los celosos; una indagación de cómo es ese mal, es enfermedad.
--¿Y usted es celoso?
--Fui celoso. En Proust,  en cidertas partes me veía retratado. Creo que es una enfermedad que todos hemos padecido en algún momento, pero ya no soy celoso. Es tonto ser celoso. Una mujer decidida a engañar a un hombre, así la encierren en una jaula, engañará. ¿Qué quiere decir si lo va a engañar? Pues, que no lo quiere. Entonces uno no puede pedir a un ser que lo quiera a uno que no lo engañe.
--¿En cuál de las tres veces que leyó a Proust decidió escribir Por caminos de Proust?
--Después de la primera. En realidad mi librito sobre Proust, sí tiene algún valor, pretende acercarle lectores. Es muy útil para quien no ha leído a Proust porque orienta, ayuda y, bueno, se ha escrito tanto sobre el buen Marcel que, aunque sea muy difícil decir algo nuevo sobre él, creo haber podido tener dos hallazgos. Encontré que tanto Proust, como William Faulkner, dos escritores totalmente antípodos, usan tres, cuatro, hasta siete adjetivos, sólo que Proust usa el adjetivo como un pintor trata de obtener un color; va interponiendo un color sobre otro hasta que da el color exacto.  Así es Proust para describir un rostro, un carácter, una situación, un ademán, un paisaje, una mirada. Faulkner, en cambio, lo usa como un latigazo; sus adjetivos son muy violentos, pero es evidente que el estadounidense se inspiró en Proust. Quizás ese es uno de mis pequeños hallazgos ante un escritor que, como decíamos, ha sido el más escudriñado de este siglo.


jueves, 4 de septiembre de 2014

En el espejo de otro

En el espejo de otro

Esta vez no hice una entrevista formal para algún medio periodístico, como solía hacerlo, sino ir a desayunar con la escritora Beatriz Graf justamente para entender por qué su libro En el espejo de otro hizo lo que quiso con todos mis estados de ánimo.

--No lo pude soltar hasta el final – le dije –y además lloré mucho con muchos personajes.
Resultó que Beatriz Graf, quien ha sido una experta cuentista y tiene varios libros publicados (Huellas digitales, La libreta morada, Contra nadie en la batalla, Con secuencias y Asunto: la luna a cucharadas) producto de los talleres que ha tomado con Elena Poniatowska, Edmundo Valadés, Gonzalo Celorio, Agustín Monsreal y Beatriz Rivas, ahora nos presenta una novela tan entrañable como que uno no la puede soltar.
Cuando le dije que no había parado de llorar, no pudo evitar sonreír con todo su ser, con toda la experiencia que también tuvo con sus personajes, quienes, al parecer, cobraron vida desde el inicio de su creación.  
Sus cuatro años de investigación sobre la época porfirista y toda la decena trágica no fue en vano. Sus ojos también me dijeron que su libro estuvo hecho para que los lectores nos viéramos reflejados en el espejo de otro o de muchos otros, pues en ese magistral tejido que hace entre historia, juego del tiempo y del espacio, recursos narrativos muy bien pensados para distinguir a los gemelos (los personajes principales), la atmósfera que nos envuelve con sus olores, sabores y colores del México de la Revolución y, por supuesto la psicología bien lograda de cada uno de los cientos de personajes que aparecen en la historia, cerré el libro nada más porque se terminaron las páginas, pero mi experiencia sigue viva dentro de la familia de los gemelos Nillsen.
--Mira Adela, ahora, con esta novela comprobé que sí existe eso de que los personajes son los que dictan el curso de la historia, pues nunca supe lo que iba a pasar. Yo tampoco sabía en qué iba a terminar hasta que escribí el final.
Los bisabuelos de Beatriz eran hermanos y de ellos tomó la esencia que caracterizó a los gemelos de su novela, pero estos le dieron la vuelta y le mostraron una historia que ella no conocía.
Los gemelos Per Eriq y Oskar Nillsen son los guapísimos que se ilustran en la portada de ediciones B, aunque, como dice Beatriz, los retratan vestidos igual, cuando en realidad eran diametralmente opuestos en su manera de ser.
--Aunque digan que los gemelos siempre piensan igual, hacen todo igual y su vida es igual, para mí, cada uno tiene su individualidad.
Bueno, pues los gemelos escapan de Suecia porque ya no aguantaban los maltratos de su padre. Llegan a México y se separan. Uno se queda en el Distrito Federal y el otro se va a Toluca y cada uno vive la situación social, económica, cultural y política del país desde su muy personal enfoque y condición. Uno es más de derecha y el otro más de izquierda. Cada uno tiene una vida amorosa, una descendencia y valores tan distintos que nos permiten viajar y entender todas las circunstancias que se marcaron en esa época y que, sin duda, todavía existen.
Ningún personaje es gratuito. Todos son entrañables, desde los mismos padres de los gemelos, los gemelos, las esposas, las amantes, los amigos, los trabajadores, los hijos legítimos y no legítimos. Cada uno nos abre la puerta de su mundo individual y, sin decir nombres y circunstancias, de pronto, lectores, nos vemos comiendo con ellos, caminando por las calles del centro, brindando con Porfirio Díaz, galopando con Emiliano Zapata, muriendo de dolor con los que allí mueren de la forma más violenta, motivo que hermana aquella época con ésta. Yo sigo de luto con la muerte de varios de ellos que se me quedaron en el alma, pero no quiero dar nombres ni dar detalles para que cuando lo lean, les resulte tan sorprendente como a mí.
Pero sí les puedo decir que sigo caminando con ellos por las entonces nuevas calles y que también existieron para mis abuelos y para mis padres y para mí y ahora para mis hijos. Sigo llendo al Palacio de Hierro que entonces también existía y al restaurante San Angel Inn y a veces voy al Sanborns de los Azulejos que antes fue el Jockey Club.
Después de la novela, camino en sepia y a color. Se ha creado en mí un switch en mi concepción de la historia de México. El libro de Beatriz me ha abierto la puerta a la antigüedad que es hoy y a la modernidad que fue ayer.
La soledad y nostagia de cada personaje abre una brecha profunda o, más bien, me hizo ver la brecha profunda que existe en toda la condición humana tan negada a abrir el corazón. Exceso de dolor, por Dios, ¡cuánto dolor!
Cada personaje está tan vivo que lo invita a uno a su propio mundo, un mundo tan individual y, sin embargo, tan inmerso en la colectividad. ¿Por qué lo digo? Porque con que uno de los personajes falte, cambia el resto de la historia. El movimiento de uno determina el movimiento del resto.
La novela cumple con la idea de que el universo es como una telaraña y que invariablemente todos los seres vivos conformamos parte del tejido. Así, basta con mover un cachito para que se mueva el resto del universo.
En ese sentido, Beatriz Graf es la maestra de este tejido geométrico. Su novela es una telaraña perfectamente diseñada para llevarnos y traernos a su antojo, y la única que camina libre en este viaje inolvidable es ella, la escritora, pues tanto personajes como lectores (al menos yo), hemos quedado atrapados sin remedio en sus páginas y buscamos, afanosamente, cómo salir del atolladero.
El enigma del siglo XX mexicano, que bien se anuncia en la portada, no sirve para revelarnos secretos sino para meternos en ese mismo enigma, vivirlo a todo dar, pues nunca se sabe qué pasará, sino hasta que el destino de las páginas lo dicta.
En este libro encontré todo: historia,  los distintos sabores del amor, erotismo, mucho erotismo, imágenes poéticas, guapura (los gemelos me parecen guapísimos), tierra, comida, olores, todos los sentidos, realmente un deleite y un ardid, porque es verdad que nos invita a vivir otras vidas y ser parte de la tan contrastante y caótica familia Nillsen.



martes, 19 de agosto de 2014

José Agustín en Dios y los escritores mexicanos

                                                         José Agustín
                                                   El mapa de los sueños



                                                                                            De los alucinógenos al Tao
            --¿Crees en Dios?
            --Sí, claro que sí, aunque la mía no es ni remotamente una visión muy ortodoxa. Ni tiene que ver con la definición de la religión católica, ni mucho menos.
            Mi idea de Dios está más cerca del taoísmo y del zen. Estas tradiciones desantropoformizan mucho la idea de Dios. Lo convierten en una cosa mucho más abstracta, en algo más difícil de precisar. Está en todo, pero al mismo tiempo no es tan específicamente definido, sino que es algoa muchísimo más impreciso.
            Como dice el Tao Te Ching que mientras más hablas del Tao, más lejos te vas de su idea original porque es una fuente de energía y de poder imprecisable.
           
            --¿Desde hace mucho estás en eso?
            --Se me fue haciendo esa idea en el transcurso de los años. Debe haber sido a partir de los años 60. En realidad yo crecí dentro del catolicismo, como medio mundo, pero después, durante la secundaria, de plano renegué de todas las cosas religiosas porque estaba en una escuela ultracatólica nefastísima, donde nos daban religión a todas horas y era como un vehículo represivo. Desde segundo de secundaria decía "Dios no existe" y ya en la prepa me mandé hacer las únicas tarjetas de presentación que he tenido en mi vida y que decían José Agustín y abajo, como profesión: "Ateo".
            Pero fueron las experiencias psicodélicas las que me hicieron modificar mucho esta idea. Llegué a tener experiencias religiosas muy intensas. Luego dejé de meterme alucinógenos y tomé mi propio vuelo. Diseñé una especie de desarrollo espiritual personal.
           
            --Te metías a grupos?
            --Para nada. En todas estas cosas yo soy espantosamente antigregario. Creo que los grupos sin duda ayudan porque te dan un empujoncito y te sientes más cobijado entre todos; es más fácil hacer las cosas, que si andas de lobo estepario. Pero en realidad nunca me ha gustado estar con mucha gente en cosas de ese tipo.
            Además tengo la idea de que la persona verdaderamente puede experimentar por sí misma los fenómenos religiosos. El intermediario a veces no sólo no ayuda, sino que hasta estorba. Yo creo que ése es el problema que actualmente tienen las religiones. Se han quedado muy remotos, muy lejanos de lo que se podría llamar la experiencia religiosa.
            En realidad todos los rituales, los ceremoniales y la infraestructura, por así decirlo, de los cultos (al menos el católico), están preparados para prender a la gente, para que ésta tenga la experiencia religiosa, pero la intermediación de los sacerdotes es lo que aleja la experiencia directa, porque a los curas les conviene que la gente sea más dócil y más manejable.

            --¿Cómo es ese diseño?
            --De mil formas. La oración, por ejemplo, bien hecha indudablemente te prende, especialmente si estás hincado y con la espina dorsal bien erguida. Tienes que estar metidísimo. Son muy útiles, como se sabe, los ayunos. Mientras menos alimento hay, más posibilidades de platicar con Dios, aunque, claro, también se puede meter la pésima onda. Los ejercicios espirituales, especialmente los de Krempis o de Ignacio de Loyola, pueden ser efectivos. También repetir, como mantra, el nombre de Dios al estilo El camino del peregrino, de Bunyan. Muy útil, si se hace de veras, la confesión y comunión,y por supuesto la observaci¢n auténtica, no un mero guardar las formas, de los rituales. De hecho, los rituales son la clave para convocar el feeling religioso. Todas estas cosas, y muchas más, bien llevadas, con verdadera devoción, te pueden prender y dar una experiencia religiosa profunda. También cuenta, claro, la inclinación natural, la vocación. Hay gente que nace con más facilidad para tratar de ver la cara de Dios. Y la conjunción de circunstancias. Es decir, que te toque.

            --¿Y a ti te han prendido?
            --Después. Yo me he metido en muchas cosas, en todas, desde mi propia experiencia personal. Sobre todo en yoga. He hecho mucha yoga, mucha meditación. Hatha yoga, que son posturas; he hecho asanas (que son los ejercicios mismos, las posturas del yoga) y generalmente las termino con una meditación. A veces me pongo muy high; con mucha frecuencia me pongo hasta arriba. Y esas son experiencias eminentemente religiosas.

            --¨Meditas con mandalas?
            --Soy un fan de los mandalas. Hago mandalas o las ilumino. Yo hago una meditación tibetana con un yantra muy sobrio, que se llama Sri Yantra. Lo encontré precisamente en un libro de Jung. Sri Yantra es como un mantra dentro de un mandala, un mandala especialmente mágico y muy poderoso. Ayuda a meterte en la meditación. Me quedo contemplando el mandala hasta que se extinguen mis pensamientos y me quedo en un estado de conciencia pura, y a veces de éxtasis.

            --¿Y has hecho el mandala de tu vida?
            --Sí. Lo hice como me fue saliendo. Primero tracé un gran círculo y luego le fui metiendo otras figuras, imágenes de sueños, etcétera.

            --¿Cómo eran tus experiencias con los alucinógenos? ¿Psicóticas?
            --No tanto. Sí tuve mis viajes psicóticos, pero eso fue después. Primero fue como un anonadamiento ante el hecho de que la realidad era otra cosa y que todo lo que yo había estado acostumbrado a percibir de cierta forma podía tener muchas características enteramente distintas. Ver que una piedra se podía convertir en un gusano o ver una pared llena de grietas o que el agua tenía unos brillos increíbles, hacía que me quedara como estúpido viéndolos durante media hora.

            --¿Y eso te hacía suponer que era Dios?
            --Eso nada más me hacía suponer que las cosas eran distintas de como yo las veía.
            Empecé a tener experiencias religiosas más adelante. A veces, durante los viajes psicodélicos, había momentos difíciles, donde me daba cuenta de que algo tan simple como persignarse es un ritual profundísimo, que está inmerso hasta lo más profundo de uno y que verdaderamente alivia en un tiempo de emergencia espiritual, por así decirlo.

            --¿Qué significa el persignarse?
            --Es un acto ritual que te despeja de tus enemigos: "Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos señor..." Por supuesto se refiere a los enemigos internos, a las fuerzas que están dentro de uno y que antes la Iglesia catalogaba como demonios, tentaciones o pecados.
            Todas estas cosas tienen una relativa autonomía dentro de nosotros y en ciertos momentos nos pueden poseer y dominar por completo; de pronto, hacemos cosas que no nos gustaría hacer y que son muy destructivas.
            Todo eso me hacía pensar que un simple acto como persignarse, es un acto mágico, de un poder extraordinario. Me hacía ver la realidad de cierta forma: Por ejemplo, contemplar una rosa y de pronto descubrir que ahí estaba la esencia de todos los misterios de la vida y de Dios. De repente pensaba: "Esto es lo que los artistas queremos expresar." En lo particular quisiera que las palabras no fueran como pequeños bichitos que están dando vueltas alrededor de la vela y que nunca llegan al contacto directo. Y aunque te decía que dentro de uno hay fuerzas que en ciertos momentos pueden ser adversas, el aprender a conocerlas te va ayudando a vivir mejor.
            Todo esto está muy relacionado con la religión porque de pronto se va formando una especie de aparato dentro de uno. Yo sostengo, como Jung, que el alma es religiosa en sí. Entonces, cuando no encuentra sus vías naturales de manifestar esa religiosidad, se va hacia otras cosas, como las pasiones y las místicas de las que luego habla la gente.

            --¿Cuáles serían sus vías naturales?
            --Las religiosas. Es decir, no trasladar la religión al campo de la ideología y convertir a la ideología en una cosa religiosa, a la que le tienes una fe de fanático o cosas por el estilo, sino concentrar la religiosidad en la religión. Cuando lo haces por ese lado, desarrollas la religiosidad natural que existe en la gente.

                                                                                                            Jung y el I Ching

            --¿Cómo diste con el taoísmo? En El rock de la cárcel dices que leías el I Ching...
            --Sí, ándale. Desde las primeras experiencias psicodélicas me fui metiendo en un mundo de lecturas tremendas. Jung fue muy importante. Empecé con Psicología y alquimia, donde hay una larga introducción, como de cien páginas, en la cual habla de cómo se modifican los criterios cristianos con relación a la alquimia. La alquimia parte de las bases cristianas.
            Luego seguí con prácticamente todos los libros de Jung. Uno absolutamente genial se llama Psicología y religión, este y oeste, donde se ven las diferencias abismales que hay entre las religiones orientales y las occidentales.
            Según Jung, los orientales tienen mucho más desarrolladas las capacidades del alma. Por un lado perfectamente bien pueden establecer procedimientos y mecanismos interiores muy sofisticados, que en Occidente ni remotamente se conocen. Por otro lado, hace ver cómo en Occidente la religión o religiones son realidades del alma y reflejan elementos del alma que han sido estudiados con bastante precisión dentro de un lenguaje simbólico. También habla de la importancia de los rituales, dogmas, sacramentos y de todos los grandes ceremoniales.
            Además de las lecturas, me metí en toda una serie de fenómenos esotéricos. Me interesó mucho la astrología, la magia, la quiromancia y la alquimia en lo específico. Con esto, de alguna manera, estaba lidiando con elementos de mi propia interioridad.

            --¿Por qué la alquimia?
            --Porque los cultos religiosos llegan hasta un punto. A través de ese intermediarismo del que te hablaba, llega un momento en que no te dan más o cuesta mucho trabajo que den más. Algunas personas indudablemente lo logran; pero siento que la mayoría, no.
            Hay un momento en que las religiones ya no dan y los elementos esotéricos sí. La alquimia, en específico, porque busca la transmutación del alma a través del símbolo de la piedra.
             Se supone que los alquimistas buscaban convertir las piedras en oro, pero por supuesto eso no era más que una metáfora de cómo ellos mismos trataban de convertirse en oro; de cómo tratan de sacar de sí mismos lo más valioso, lo más hermoso y lo más importante que puede haber. Entonces, los alquimistas hicieron toda una serie interesantísima de mecanismos y de rutas de acceso al alma.

            --¿Cuáles son esas rutas?
            --Bueno, se trataba de llegar a la piedra mediante un proceso elaboradísimo en el que los alquimistas manipulaban sustancias químicas y las combinaban en medio de encantaciones y rituales cabroncísimos. La emanación de las sustancias y el propósito del alquimista lo ponían hasta atrás, y empezaba a alucinar símbolos pesadísimos, que deliberadamente hacía más densos e incomprensibles. Todas las técnicas coincidían en penetrar en lo oscuro a través de lo oscuro. En el proceso se iban constelando las realidades más ocultas de su alma porque se proyectaban en la materia. Como vía mística, la alquimia ya no tiene sentido, pero es una metáfora validísima de la transmutación del ser.           

            --¿Y tú hacias una alquimia contigo?
            --En cierta forma sí. Más bien era muy observador de mis sueños. Muchas veces los sueños contienen símbolos alquímicos; de eso trata el libro de Jung.
            En la segunda parte del libro aparecen como ciento treinta sueños de un cuate que Jung analizó con base en los símbolos de la alquimia. Con eso trata de demostrar que a través de todos esos sueños, el cuate lleva un proceso interior que busca realizarse a sí mismo. El sueño es como un proceso religioso que busca la máxima realizaci¢n del individuo a través de una serie de mecanismos y de fórmulas que sirven para encenderse, para prenderse, para tener acceso.

            --¿Tú cómo lo hacías?
            --Yo lo hacía a través de algunos sueños que claramente eran  muy importantes. Aunque hay sueños comunes y corrientes, creo que todos dicen cosas: unos dicen cosas rutinarias; otros, cosas importantes, pero también hay súper sueños. Hay señores sueños. Son los sueños que manda Dios y esos, para mí, son extraordinariamente importantes, porque marcan etapas de tu desarrollo, te indican cómo vienen las cosas.

            --¿No te mandas tus sueños tú solo?
            --Pienso que el sueño es el elemento que menos puedes trabajar conscientemente. A poco tú puedes decir "mañana voy a soñar con tal"...

            --No, pero hay técnicas para soñar...
            --Hay técnicas, pero son raras. Las únicas que yo conozco están en un libro tibetano que se llama El libro tibetano de la gran liberación, además de las de Castaneda, que es el otro loco que trae ese rollo de que puedes manipular tus sueños. Él, a esa forma de sueño la llama ensoñar. Con ciertos sueños llega un momento en que de pronto hay un desprendimiento de algo dentro de ti; entonces te ves a ti mismo dormir y te puedes salir de tu cuerpo y circular.
            A mí me ha pasado. Una noche, que estaba dormido, de pronto sentí que me desprendía. Me desprendí de mi cuerpo. Vi a mi cuerpo perfectamente dormido allí.

            --¿Te dio miedo?
            --En ese momento, no. En ese momento sentí una curiosidad muy grande de ver lo que había afuera. Entonces salí al jardín, llegué hasta los  árboles y ya iba hacia la calle, pero de repente me dije: "A dónde voy, esta es una condición muy endeble para mí porque no la manejo ni nada"; entonces me retaché.
            Cuando lo hice traté de volverme a meter en mi cuerpo, pero como que no quedaba bien. Fue una cosa rarísima. De repente sentía como que estaba viendo por las rodillas, palabra; trataba de acomodarme y no me acomodaba. Fue algo horrible, desesperante. Ahí sí me dio pánico, hasta que, de repente, me entró una idea muy fuerte de que me dejara de esas pendejadas y me fuera a escribir a mi estudio. Luego luego me vi en mi estudio, sentado, listo para escribir, pero por otro lado estaba metido dentro de mi cuerpo, todo chueco. Estaba en dos partes al mismo tiempo. De repente se acomodaron las cosas de una forma muy rara y chas, encajé en mi cuerpo. Con esto corroboré que las tesis de Castaneda del cuerpo de ensueño sí tienen una base. Esto es algo que últimamente se ha desarrollado mucho. Hay técnicas, ejercicios y además aparatos cibernéticos para tener lo que llaman "sueños lúcidos", en los que se pueden programar y manipular los contenidos oníricos para que la realidad del sueño se empalme con la realidad de la vigilia.
           
            --¿No seguiste por ese lado?
            --Por ese lado no, porque he llegado a la conclusión de que a mí no me interesa el poder espiritual, el poder de mago, el poder religioso. Lo que me interesa es llevar mi vida lo mejor posible y con eso me conformo, y mira que es algo mucho más grueso de lo que parecería.

            --¿En todo eso tiene mucho que ver el poder?
            --Sí, mucha gente lo que quiere es o el poder espiritual para poder conducir a otras gentes o poder llevarlas a lo que creen que es lo correcto, o simplemente para desarrollar en ellos capacidades que posiblemente existan, que puede ser desde la telepatía, la telequinesis, hasta cierto control del pensamiento o posibilidades propias del campo de la magia.

            --Pero decías que te interesaba la quiromancia y la alquimia...
            --Como vehículos para poder penetrar en mí mismo. Siempre como manifestaciones simbólicas de realidades de mi ser. Me interesaban horrores porque pensaba que eran mapas de la mente, distintos a todos aquellos que te acostumbra dar la ciencia y la civilización normal.

            --¿De alguna manera serían mapas de Dios? Por ejemplo, si ves a Jung, tiene mucho que ver con las mitologías, entonces ahí hay una relación entre lo que está dentro de ti y lo que está  fuera...
            --Claro, por supuesto. De hecho es un principio casi axiomático de todas las formas esotéricas. La relación de que lo que está dentro de ti, también está afuera. Eso lo decía la alquimista María Profetisa. El axioma plantea que lo que está afuera está adentro y lo que está adentro, está afuera.
            El hombre es un microcosmos y contiene en sí todo el universo y en el universo está  la naturaleza divina y la naturaleza humana. Entonces sí, los mapas de los que hablamos son en cierta forma dogmas divinos porque la gente los produce en estados muy particulares de inspiración. Lo que en la Biblia le llamaban la inspiración que otorgaba el Espíritu Santo y que permitía que Moisés escribiera el Pentateuco y que hacía que los profetas profetizaran y escribieran sus libros y cosas así. Entonces, en tanto productos del alma, son mapas divinos, porque el alma está hecha a semajanza de Dios, ¿no?

                                                                                El vehículo de la expresión divina

            --¿Crees en la inspiración divina?
            --Claro que creo en la inspiración, es de pocamadre.

            --Pero desde afuera hacia dentro o qué...
            --Más bien de adentro hacia afuera. Pues no sé si sea Dios o quién chingados sea. Dios o el Espíritu Santo pueden ser el vehículo correcto dentro de la ortodoxia católica.
            Yo sí creo que hay algo superior, mucho más fuerte que tú, que te escoge y que, en momentos felices de tu vida, se expresa a través de ti y tú eres el vehículo de esa expresi¢n que viene de otro lado, y si eres lo suficientemente abusado tratas de no estorbarla para que se manifieste lo más nítidamente posible.

            --¿Cómo encuentras esa expresión?
            --La expresión surge a través de ti con un poder inaudito. Para mí, como escritor, es una ansiedad básica de escribir. Lo haces, y te prendes. Te voy a dar un ejemplo: Una vez, durante mucho tiempo, se estaba gestando dentro de mí una novela que ahora se llama Cerca del fuego.
             Cuando yo estaba en la cárcel de Lecumberri, en 1971, Juan Tovar me visitó un domingo y me dijo que su esposa, Elsa Cross, había tenido un sueño donde se le indicaba que yo debía escribir mis propios sueños porque con el paso del tiempo me iban a servir de material para una novela. Yo le dije: "A toda madre. Voy a anotar mis sueños tan pronto como los tenga, porque resulta que yo no sueño." Pues que esa noche tuve un sueño espectacular y a partir de ahí empecé a tener muchos sueños. Entonces, efectivamente, empecé a hacer un diario de sueños y a seguir, a través de ellos, una ruta de mi propia alma, complementaria y paralela a la ruta que llevaba mi vida en el mundo externo.
            De repente se me fueron formando muchas ideas. La principal consistía en crear una ficcion que respondiera a ciertos mecanismos de los sueños; es decir, no que yo contara mis sueños, sino que me fijara en las leyes interiores de esos sueños para inventar historias con mecanismos semajantes o equivalentes.
            En un principio tenía la idea, tenía el título, la novela se iba a llamar Cerca del fuego porque me impresionó muchísimo una frase que leí de Orígenes, que decía "Esto dijo el Salvador: el que está cerca de mí, está cerca del fuego y el que está lejos de mí, está lejos del reino." A mí me interesaba muchísimo esta frase porque me sugería parte de la naturaleza de Dios. Es una fuerza tan tremenda que si estás cerca de Él es muy peligroso, es como el fuego: te da luz, te ilumina, pero te puede quemar, te puede fundir ahí, pero al mismo tiempo eso es lo que tienes que hacer, porque si estás lejos de Él, estás lejos del reino; estás lejos de toda posibilidad de hacerla en la vida. Dios es una fuente de peligro a la que hay que ir.

            --¿Lo que dices tiene que ver con el bautizo de fuego?
            --Por supuesto. El tema del fuego es toda una escuela preciosa que tocan distintas ramas religiosas y esotéricas. Castaneda también lo tiene en un libro muy bonito que se llama El fuego interno.
            Bueno, entonces ya se me había ocurrido el título, pero me faltaba el argumento, la historia, el vehículo para transmitir esos sueños, hasta que un día, en Denver, leí una noticia del periódico donde decía que a un cuate que se le habían olvidado los seis últimos años de su vida y me dije: "Chin, ahí está mi novela. Yo tengo que escribir un libro de un cuate al que se le olvidan los seis últimos años de su vida." Ya no volví a pensar más en la historia, pero quedé segurísimo que la tenía que escribir. Trabajé, di clases, tenía una obra de teatro y la ensayé, después, en la noche, tenía una conferencia en una universidad a cien kilómetros. Regresé y todavía tenía energía. Preparé la clase del día siguiente. Terminé la clase y me fui a acostar, pero seguí con los ojos pelones. Estaba más despierto que el carajo.
            A las cuatro de la mañana en punto sentí algo tan fuerte, algo tan terrible que de repente comprendí que o me paraba y me ponía a escribir o no iba a poder dormir nunca. Fue un impulso invencible, absolutamente irreversible. Me puse a escribir y me salió mi novela Cerca del fuego. Tardé ocho años haciéndola. Ocho años porque no encontraba la ruta exacta.

            --¿Seguiste escribiendo tus sueños durante esos ocho años?
            --Seguía teniendo mis sueños y los anotaba, pero mi novela era otra cosa. La vine trabajando por otro lado, con unas historias muy locochonas que se me ocurrieron y que son como sueños.
            La novela se divide en las partes de la alquimia: Negro, Blanco y Rojo. En la parte negra hay puros materiales oníricos.

            --¿Por qué negro?
            --Porque el proceso del desarrollo iniciático de una persona, espiritual, religioso o esotérico suele empezar con una inmersión en lo más negro que tienes, en lo más negativo. Un descenso a los infiernos. Jung le llama el enfrentamiento con la sombra. Por otro lado, lo que ven los alquimistas a través de todas sus operaciones, son demonios, figuras verdaderamente terribles, cosas devastadoras, espantosas. Eso es lo primero que tiene que salir, porque es lo primero que se tiene que reconocer. Es lo que más te estorba y más te conduce a donde no debes de ir. Por lo tanto, es eso lo primero que hay que conocer. En alquimia, al "negro" le llaman "nigredo".
            Luego viene "albedo" (de "alba"), que es la parte blanca, donde ya se integraron muchos elementos negativos y aparecen elementos luminosos. Es cuando puedes ver otras realidades de ti mismo.
            Finalmente, tiene lugar la última fase que se llama "rubedo", que es la inmersión en el fuego, subir el fuego del horno al máximo calor para que te fundas en él, te desintegres en él y renazcas un poco como un ave fénix.

            --¿Tú ya has pasado por esos tres procesos?
            --Lo que te puedo decir es que todo esto me ha llevado a concluir que algunos elementos de los cultos me sirven mucho. Voy a misa y comulgo; no soy de todos los domingos, pero cuando voy lo hago bien y las más de las veces el ritual me cae muy bien, que es como debe de ser.

            --¿Llegaste a misa desde el taoísmo?
            --Ándale, viéndolo estrictamente en una posición meramente práctica. Todos estos ritos me convienen, me caen muy bien, por eso los hago. En realidad todo el aparato simbólico de fe de la religi¢n ya no me interesa mucho. Lo que me interesa son los rituales y los mecanismos que ayudan a mi alma.
            Mi idea de Dios entonces es más complicada, porque ya no es el Dios de la Iglesia, el ser todopoderoso, creador de todas las cosas, sino que es algo más sutil, una fuerza que existe en todo y que convierte el caos en cosmos, cuya circunferencia es el centro y que está en todas partes. No es un ser antropomorfizable ni requiere de iglesias ni representantes. Para los hindúes, este Dios que está en todo el universo se llama Purusha, pero también en el interior del ser humano, y ahí su nombre es Atman. El hombre contiene, alberga a Dios, y en su medida es Dios. Aunque Dios, claro, está afuera también, en todo lo que existe. Como decía el mesías Solano: "Dios es todo lo que es y todo lo que no es."
            Para mí, la verdadera identidad humana, o al menos la mía, es su parte divina. Esto lo descubrí con una nitidez una noche en que me comí unos hongos poderosísimos y desde el principio del viaje me preguntaba cuál era mi verdadera identidad, más allá de la suma de mis circunstancias y de mi nombre. De pronto me desplomé en un estado horrendo, un tormento porque textualmente no cabía en mi cuerpo. Sentía que estaba a punto de reventar, con una hinchazón dolorosa que necesitaba explotar. De pronto, en medio del caos, tuve la necesidad de ir a la barranca. Imagínate, era medianoche, el cielo estaba totalmente cerrado porque había llovido y no se veía nada, pero de cualquier manera me lancé y llegué hasta el borde de la barranca. Me senté en una piedra, mientras trataba de contener la energía espantosa que estaba dentro de mí y que sólo disminuiría, pensaba, cuando supiese verdaderamente quién era yo. De pronto empecé a escuchar un estruendo extraordinario que crecía hasta llenar todo de un estrépito limpio y nítido. Vi entonces que en la barranca venía un fuertísimo río de luz, de enormes olas luminosas; esa era la fuente del ruidero sublime, y por supuesto irradiaba una luz que cegaba. En el río de la luz venía un interminable ejército celestial, con las armas resplandecientes, banderas y estandartes, que precedía la aparición de la máxima luz y el máximo estruendo. "Aliméntate, aliméntate", me decía una voz interior, y de pronto comprendí que yo iba en ese río de luz, yo era parte de las aguas de fuego, del fragor, del poder y la gloria. Eso era exactamente lo que yo era.
            De pronto el río de luz se alejó, el estrépito maravilloso y las explosiones de luz se perdieron por las curvas de la barranca, pero yo era otro. Para empezar, alcé la vista y vi miles de estrellas en el cielo, a pesar de que estaba enteramente nublado. Supe que estaba alucinando, pero que se trataba de una alucinación chingoncísima. Me había cargado como nunca en mi vida.
            El desbordante río de luz, esa es una metáfora de Dios que tiene mucho sentido para mí. También el de la Gran Fuente de Poder. Tengo una novela que se llama La panza del Tepozteco y que, aunque no lo creas, trata de todas esas cosas, porque los personajes son dioses, es decir, arquetipos. Se cuenta que Quetzalcóatl salió de viaje por el mundo, conoció a muchos dioses de distintas latitudes y supo que había numerosos dioses como él y que todos eran una sola sustancia divina que adoptaba infinidad de formas pero que en lugar del universo se concentraba en una extraordinaria fuente de poder. Finalmente Quetzalcóalt se remontó al espacio exterior y viajó por las estrellas y galaxias desconocidas hasta que encontró "la máxima fuente de poder que era el centro y la circunferencia de todo lo existente". Ésta tenía una especie de agarraderas de luz que era energía pura y por supuesto el buen Quetza se prendió de ellas, lo cual, por otra parte, lo envió directo a volver a nacer en Tepoztlán.

            --¿Crees en la reencarnación?
            --Sí y no. No me interesa mucho el tema.

            --El esoterismo trata mucho ese tema.
            --Pero, aunque yo esté muy interesado en cuestiones esotéricas, conservo un pie muy cartesiano en todo esto, de ahí mi interés por Jung.

            --Bueno, Jung sí cree en la reencarnación.
            --Cree en la vida después de la muerte, aunque como científico nunca lo dice. En donde trata todo esto es en  Los sermones de los muertos. Este texto no está en sus obras completas. Se publica a veces junto con su autobiografía porque él no lo consideraba parte de su pensamiento científico.
             A mí me pasa un poco lo mismo. Yo siento que se necesita tener una base racional en todo esto. No te puedes despeñar nada más así, en lo irracional, porque todo esto es absolutamente irracional, rebasa todas las fronteras de la racionalidad. No me interesa mucho la reencarnación porque aún no descubro bases para poder especular en torno a ella.

            --Pues se dice que los orientales creen en el karma y a través de los sueños tocan aspectos de vidas pasadas.
            --La tradición de la reencarnación es fuertísima en Oriente, pero yo no he tenido un sueño de esa naturaleza, entonces no tengo una base por donde rascarle. Brujas amigas mías me han hablado de mis reencarnaciones anteriores, pero la verdad me da risa. Alguien me dijo que en una reencarnación previa fui Alejandro Dumas. Me da risa que mi reencarnación anterior tenga que ser un escritor y un escritor Leo, como yo, y con muchos puntos de contacto conmigo. Se me hace como muy fácil, ¿no?
           
            --¿Cómo compararías todos los mapas? Es decir, ¿cómo comparas el camino por donde te lleva el Tarot, la quiromancia, las mitologías, la alquimia, etcétera?
            --Bueno, son comparables porque todos son caminos distintos. Cada disciplina tiene sus propias características, pero lo que tienen en común es que todas llegan a lo mismo, que es Dios, tomando en cuenta todas las particularidades que hemos hablado en torno a Dios.
            Esta sería una idea de Dios distinta a la clásica. El objetivo, más bien, sería descubrir a Dios en uno mismo. No es que seas Dios en el sentido de que puedas ahorita disponer de la vida de todo mundo y planear creaciones, sino que eres Dios porque tienes en ti la naturaleza divina.
            En los sueños se ve clarísimo esto. Se puede manifestar de las formas más increíbles del mundo. En eso Jung es riquísimo porque te da todos los símbolos divinos. Muchas veces sueñas vientos terribles o fuego o ciertas presencias míticas de animales: el unicornio representa a Cristo, igual que el pelícano y el ave fénix, en fin, son muchos elementos los que representan directamente a Dios en el sueño.
            Pero si lo que uno busca es encontrar a Dios dentro de sí, te diré que yo elaboré una fórmula que me ha funcionado muy bien: "Dios está en mí, yo estoy en Dios. Dios es mi mismo, mi mismo es Dios". En este sentido sigo los principios junguianos porque él dice que el centro del individuo no es su conciencia, no es su ego conciencia, no es su yo. Ésta es una parte de su conciencia, nada más. Pero tras de eso, hay un centro vital al que le llama el sí mismo, el self en inglés o selbst en alemán. El sí mismo, Cristo, es Dios, es el Espíritu Santo, es ese rincón que está dentro de uno, es la verdadera naturaleza divina, es Dios.
            Pero en sí, todos los mapas llegan a lo mismo. Don Juan, el de Castaneda, decía una frase muy bonita: "Todos los caminos son buenos si tienen corazón." Es decir, si tú los sigues de veras y si crees en ellos y, aunque te metas en vilezas siniestras como la dianética o chingaderas así, puedes hacerla porque lo haces con corazón.
           

            --¿Y tú tienes un mapa de ti mismo?
            --Sí, tengo mi cartografía interior. No está tan clara como yo quisiera. Hay rutas de acceso a determinadas cosas que de pronto funcionan intuitivamente o aparecen por sí mismas y tardas tiempo en descubrirlas y en aprovecharlas conscientemente. Es un proceso que se lleva mucho tiempo.
           
            --¿El I Ching qué papel ha jugado en tu vida?
            --Para mí ha sido fundamental. Me dice lo mismo que los sueños, pero con otro lenguaje. Me habla de dos formas: primero más abstracta  y luego teórica. Dentro de los plenteamientos taoístas que tiene el libro está la idea de la lucha de polaridades, del yin y el yang, y la necesidad, por lo tanto, de un camino central a esas polaridades para poder conducirte por la vida sin extremos.
            También plantea toda una serie de normas de comportamiento ante todas las situaciones, porque este libro recopila las experiencias humanas en todos los campos; esto es, ante determinada situación arquetípica, hay un modo de comportamiento, hay una respuesta. El I Ching es un libro de sabiduría: te dice qué va a pasar, pero sobre todo te dice qué hacer en determinado caso que va a ocurrir. Esa es la gran diferencia de este oráculo con las demás formas esotéricas de adivinación, que te dicen qué va a pasar, pero no te dicen qué debes hacer.

            --¿Escribes con el I Ching?
            --Literatura no. Lo he utilizado para títulos y epígrafes. Además lo cito mucho. Un día Esther Seligson leyó mi libro Cerca del fuego y me habló para decirme: "¡Oye! llevo leídas 20 páginas de tu libro y ya llevas como treinta citas del I Ching."

            --¿Y consultas la Biblia?
            --También. No soy Biblia freak, como Jorge Portilla en cuya novela, El coro en la luz, el personaje se la pasa abriendo la Biblia porque le funciona como el I Ching.
            Yo, por mi parte, no hago tantas preguntas al I Ching. Más bien me interesa pedirle mapas de mi alma. A veces, así como mis sueños, que me indican cómo va a ser mi estado de ánimo en el día, echo el I Ching temprano, sin preguntar nada en específico para ver cómo se constelan las condiciones del día.

                                                                                                             Trayectoria
José Agustín Ramírez nació en Acapulco en 1944. Fue considerado precoz porque ejerció el periodismo desde la adolescencia. Ha sido, a pesar de su incomodidad por el término, el principal representante de la Onda, corriente que durante los años sesenta tomó el lenguaje coloquial de la juventud para llevarlo al género literario.
                Fue estudiante de la segunda generación del CUEC en 1965; becario del Centro Mexicano de Escritores (1966-1967), del International Writing Program de la Unversidad de Iowa (1977), así como de las fundaciones Fullbright (1977-1978) y John Simon Guggenheim (1978-1979).
                A los 20 años de edad publicó La tumba (su primera novela, 1964), y de ahí se ha seguido con Círculo vicioso (teatro, 1964), De Perfil (novela, 1966); La nueva música clásica (ensayo, 1968), Abolición de la propiedad (teatro, 1969); Se está haciendo tarde. Final en laguna (novela, 1973), corregida y aumentada en 1985), El rey se acerca a su templo (novela, 1978),; Ciudades desiertas (novela, 1982); Cerca del fuego (novela, 1985); El rock de la cárcel (autobiografía, 1985), Tragicomedia mexicana 1 (crónica histórica, 1991); Tragicomedia mexicana 2 (crónica histórica, 1992); La panza del Tepozteco (novela, 1992), Dos horas de sol (novela, Premio Dos océanos, otorgado por el Festival Internacional de Biarritz, Cine y Cultura de América Latina, 1995), Inventando que sueño. Cuentos completos 1960-1992 (cuentos, 1995); La contracultura en México (ensayo, 1996).
Ha colaborado en las siguientes publicaciones: Mester, Nuevas Letras, Cuadernos del viento, Pop, Excélsior, Novedades, El día, Búsqueda, Diálogos, Signo, Boletín de la VII Reseña de los Festivales Cinematográficos, Eclipse, Caballero, Claudia, Piedra Rodante, Cine avance, Eñ Cuento, El Corno Emplumado, Quimera, El Heraldo de México y Reforma, entre otros medios.
                Obtuvo el Premio Juan Ruiz de Alarcón de la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro, por Círculo vicioso, la mejor obra representada en 1974.
                En 1983 le dieron el Premio Colima de Narrativa por Ciudades desiertas; en 1993 tuvo el Premio Nacional Juan Ruiz de Alarcón del gobierno del Estado de Guerrero en las Jornadas Alarconianas de ese año.
                Cuando cumplió los cincuenta años de edad, a reserva de los posteriores homenajes, recibió un Homenaje Nacional por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y el Consejo de la Cultura de Coahuila.
                José Agustín se ha distinguido porque su lenguaje y sus hallazgos han influido en todas las generaciones de jóvenes desde los años sesenta.