sábado, 26 de julio de 2014

Fragmento del libro Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne

                                                                                                                       
Hasta los pasillos de la Cruz Roja alcanzaron sus lamentos. Eran largos aullidos de miedo que
terminaban en un tono cavernoso. Algo podrido llevaban dentro y esto no tenía que ver con
el físico. Era el alma, que vomitaba sus deshechos y era muy doloroso para el corazón.
Los médicos caminaban de prisa, pero en sus miradas se advertía cierta reserva. De nuevo había
que ir a la cama treinta, donde un hombre de piel color cera, pequeño de estatura y con unos ojos
perdidos en la oscuridad, se envolvía en su propio delirio. Costaba trabajo arrancarle las sábanas
que tenía metidas en su boca chorreada; morderlas era la única manera de aliviar su terror, pero era
aún más complicado acomodarlo de nuevo sobre la almohada toda humedecida. Era muy difícil
mover y convencer a un hombre de sesenta años cuyo caudal de conocimiento se escapaba a
borbotones de su mente rota.
Una música indefinida lo paralizó. Lo hizo reír y llorar almismo tiempo. Sabía que entre todos
aquellos sonidos que se encimaban, estaba Mozart, Beethoven y Verdi, y con esas notas se imaginaba
a sí mismo como un niño prodigio, pero también como un solemne hombre de religión. La expresión
de sus ojos, separados entre sí, alejados de su nariz aguileña, tenía una mezcla de tristeza, alegría y
enojo, de ahí que para sus amigos fuera muy difícil entenderlo.
Paul Waltier Antragne era su nombre y se dejaba aprisionar por la música de su mente, cada vez
más desafinada y escandalosa. El piano de Beethoven hacía una composición extraña con un violín
de Mozart. Sólo con un trago de alcohol podría discernir el rompimiento de su memoria y calmar ese
dolor que le taladraba el cerebro, pero el alcohol no llegaba por más que lo había pedido a los
doctores. Movía la cabeza de un lado al otro, quería expulsar todo ese ruido que le causaba tanta
presión. Los lamentos de los demás enfermos eran cánticos celestiales y risas infernales. Se tapaba la
cara con las sábanas para ya no ver, para ya no oír y no sentir más y, cuando el poco aire se viciaba
dentro de su cama, se destapaba sofocado; sus ojos desorbitados, las manos abiertas y en lo alto,
como queriendo alcanzar algo tan lejano como la serenidad. Entonces masticaba la sábana, la
succionaba como bebé hasta perderse de nuevo en un torbellino de recuerdos fragmentados que no
bien le traían como le quitaban la imagen agónica de su madre, quien murió de tuberculosis en
Argelia cuando él era un niño, o la de su tía Ivonne Dagois, con quien vivió en Francia después de
haber quedado huérfano. Cuando un doctor volvió la página de su relación médica, surgieron desde
lo más profundo de su ser los libros prohibidos para los niños que encontró en un armario viejo,
dentro de los cuales destacó Los 120 días de Sodoma del marqués de Sade.
Su frente chorreaba gotas de tiempo, el tiempo de su reloj interno era lento, se le acababa la
cuerda, la música se volvía balas. Entre cada parpadeo de esos ojos marrón cada vez más hundidos y
enmarcados en negro, distinguía –traspasando las paredes blancas del hospital, la luz incandescente
que le intensificaba los dolores de cabeza y el eterno sonido de una sirena que se apaga– al diablo.
Comprendía que sólo a través del diablo podía purificar su miedo y ser acreedor a los brazos de
Dios. Siempre vivió con miedo y supo, desde temprana edad, que sólo enfrentándolo era como se
podía vencer. De niño veía sombras y se agazapaba en su cama solitaria, pero cómo sentirse
protegido sino apoderándose de aquello a lo que más temía. Había que ser más poderoso y, para
ello, era necesario conocer y fundirse con su verdugo.
Y ahora, sobre la cama del hospital, un fragmento de su inteligencia le recordaba que sólo
viviendo sus propias aguas pestilentes, sus propios olores podridos, sus propias imágenes retorcidas
y sus lamentos que se multiplicaban y confundían con el eco de su pensamiento, podía sanar su
conciencia. Por eso se acordaba de Baudelaire, uno de sus autores favoritos y también por eso
caminaba con Dante por todos los niveles del infierno. Cuando abrió los ojos a pesar de las
medicinas que le dieron para adormecerlo, no pudo creer que había tantos invitados. Paul distinguió
al marqués de Sade. Se revolvía el olor a medicina con el excremento que chorreaba de sus páginas.
Volvió la vista donde aparecieron los infiernos de El Bosco, dentro de los cuales surgió San
Antonio, sentado sobre un tronco seco, meditabundo, en medio de todos los demonios que lo tientan.
Luego esos demonios se volvieron hacia Paul y se acercaron a él, se encimaron en su cama,
babeantes, ponzoñosos, para devorarlo. Fue el olor de la carne podrida del enfermo de junto lo que
le recordó a Gilles de Rais, aquel mariscal de Francia que degollaba niños después de haberlos
violado y ponía a concurso las cabezas para ver cuál era la más bella. Esta vez Paul sería la próxima
víctima porque estaba sentado en las piernas del asesino. Más allá de su entendimiento, escuchó al
médico pedir una jeringa para el enfermo de junto y entonces el asesino de su ensueño sacó un arma y
Paul tembló de delicia y de miedo.
Afuera, en los pasillos de la Cruz Roja se escuchó “Sangre” y entonces Paul vio la imagen de una
mujer de palidez fría y ornamentada con calaveras; era la condesa Erzsébet Báthory con sus cizallas
para matar lentamente a las adolescentes vírgenes y bañarse con su sangre para rejuvenecerse; vio a
la ninfómana Valeria Mesalina Augusta, quien fuera esposa del emperador romano Claudio,
disfrutando y padeciendo sobre sí misma a todos los guerreros de la época; vio a Jack el destripador,
a Drácula y sus hombres empalados, a Isabelle de Baviera y sus garras de traidora; así, con un
delirio aún más intenso, se revolvieron fechas, balas y música hasta que se desvanecieron las
imágenes y el sonido se recogió, junto con su cuerpo, en un grito de dolor.
Una jeringa, una amenaza para su vida. No, no podía ser que lo vinieran a curar, que llegara la
hora de su muerte. No sabía quién detenía su brazo para inyectarlo. Tan sólo un poco de vino, una
gota por lo menos, por favor vino, vodka, lo que fuera, ¡Dios!, lo que sea, por favor… lo podría
reconfortar.

Mientras trataban de contenerlo, veía cómo los demonios intentaban llevárselo para siempre, así
como pasaba en la Edad Media. No, no podía ser, otra vez los demonios. Paul se movía desesperado,
aclamando a san Antonio, por favor san Antonio, no me dejes, ¡por favor! hasta que escuchó voces
que se acercaban a él, lo tomaron de los brazos y le dieron un piquete
Con un suspiro intenso, Paul se vio en el espejo de su vida como el enfermo devorado por
aquellos demonios de lenguas y colas largas que tanto lo asustaban cuando era niño. Eran esas
presencias que, al prenderse la alarma del electrocardiograma para anunciar la muerte de un
enfermo, se mezclaron con los demonios provenientes del infierno de los sonidos estridentes, como
los que vio en el Jardín de las delicias, de El Bosco, en el cual se daba toda la desproporción de la
naturaleza que lo inspiró para asumir las formas de su propio infierno. No tardó en aparecer en el
respaldo de su cama Lucifer adolescente, ese diablo que pintó con sus pequeños cuernos, su
abundante cabellera y sus ojos que irradiaban más luz por ser cejijunto. Paul sintió alivio. Por lo
menos era un diablo conocido, un demonio amigo. Su propia concepción. Platicó con él. Los
enfermos del pabellón se desesperaron porque sus murmullos no los dejaba conciliar el sueño. Eran
como escupitajos de azufre. Lucifer adolescente se ocupó en recordar a Paul que le pusiera un ojo de
fuego rotando con movimiento centrípeto como símbolo de transmutación. Lucifer adolescente aventó
el ojo a Paul y éste dio un grito ahogado; entonces surgió de su mente El ángel de las abominaciones
sentado sobre un pedazo de ruina, dejando ver su sexo ambiguo y sus tres caras: de macho cabrío, de
mujer y de ave, y su cuerpo con una herida en el costado izquierdo, como Cristo. Esa herida le dio
alivio y temor. Paul lloró desesperado sintiendo el dolor del Cristo que Mathias Grünewald pintó y
que Huysmans describió en su novela Allá lejos: ese Cristo con tétanos de cuyo costado chorreaba
una sangre más espesa y el colorido de su piel variaba de verdes, morados, rosáceos y grises,
propios de carnes podridas y huesos rotos. Paul se quiso levantar para hincarse con
los brazos extendidos. Necesitaba implorar. Necesitaba pedir perdón. Necesitaba perdonar a
Dios. Necesitaba a Dios. Nunca lo había tenido a su lado. él siempre lo rechazó. Lo había tirado en
este sitio, donde mejor acudían los demonios. La indiferencia de Dios era aún más grotesca para
Paul, era más demoniaca, más perversa. Necesitaba encontrarlo porque él, por su ausencia, era más
poderoso y maléfico que todos los demonios…
Así, este pintor, enmohecido por los demonios de las aguas, asfixiado por los de los vientos,
llagado por los del fuego, se iba inflamando al paso de la hidropesía padecida. Quiso levantarse para
seguir con sus dibujos, quiso un trago, quería un trago ¡por Dios!, ¡dónde está Dios!, quiso terminar
de dibujar en puntillismo a todos estos personajes, sus personajes sádicos, masoquistas y
libidinosos. Le pusieron otra inyección.
Se nublaron las ideas. Ahora eran sus visitas las que danzaban alrededor de la cama.

Para saber más, descarga el libro "Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne" de Adela Salinas en el siguiente enlace:
http://www.amazon.com.mx/Cr%C3%B3nica-del-delirio-reflejo-Antragne-ebook/dp/B00KSP58XG/ref=sr_1_2?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1406398751&sr=1-2&keywords=cronica+del+delirio

1 comentario:

  1. Hoy, hace 21 años murió Paul Antragne, y fue justo ese día en que supe de su existencia. A partir de ahí, no sabría la suerte que me depararía durante la investigación de este misterioso personaje, pues de haber publicado un primer reportaje en tres partes, el material salió para hacer un ensayo que fue becado por el Fonca, en 1995 y, luego, el resultado es este libro, del cual, extraigo el primer capítulo para compartirlo con ustedes. Ojalá les agrade y si lo pueden compartir me harían un favor enorme..
    Perdón el formato, pero como no corresponde al del blog, se movió un poco, pero se entiende. Un abrazo por lo pronto.

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