Como un homenaje a Vicente Leñero, escritor de novelas, cuentos, teatro, cine y periodismo, les comparto la entrevista que, gustosa, le hice en 1997 para mi libro "Dios y los escritores mexicanos" y que me dejó una profunda enseñanza.
Los Hermanos de las Escuelas Cristianas
--¿Cuál ha sido su idea de Dios , desde niño hasta la fecha?
--Nací en un ambiente de creyentes. No nací en la India ni en Japón ni en Europa Oriental. Nací en México y, entonces, mis creencias están ligadas a un catolicismo muy tradicional. Mi madre era muy religiosa, mi padre un poco menos.
Estudié en el colegio Cristóbal Colón, bajo la religiosidad sumamente rígida de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Era un colegio de un nivel económico más alto al que yo pertenecía, pero mi padre siempre se preocupó porque sus hijos tuviéramos una buena educación. Ahí estudié primaria, secundaria y preparatoria.
Los Hermanos eran muy estrictos en las prácticas religiosas y yo fui moldeado bajo esa forma de creer en un Dios todopoderoso, en un Jesucristo muy derivado de una lectura tradicional de los Evangelios.
Francois Mauriac habla de algo semejante. No sé con qué tipo de curas se educó, pero dice que todo lo bueno que él tenía provenía de ahí y también todo lo malo. Yo pienso lo mismo. La educación religiosa que recibí fue muy favorable para formarme un criterio de valores como son la trascendencia, la honradez, la humildad... No se puede ser cristiano sin esa clase de valores.
El prójimo está por delante. El otro, que para Sartre es el enemigo, el contrario, el extraño, para el cristiano es la expresión misma de Jesucristo. Sin amor por el semejante o por el diferente, no se puede alcanzar una existencia valiosa.
Claro, aprendí esos valores envueltos y revueltos con prejuicios derivados de una mala comprensión de los diez mandamientos, de los cinco inútiles mandamientos de la Iglesia, y con la obediencia a prácticas muy estrictas como la comunión de los viernes primeros, la confesión a cada rato y los tabúes sexuales tan arraigados y tan metidos en el ánimo de los muchachos. Todo lo que tenía que ver con el sexo era pecaminoso; ya no digamos las prácticas sexuales como la masturbación. Lo pecaminoso nacía desde los llamados ¨malos¨ pensamientos...
Junto a esa parafernalia tan opresiva, los Hermanos transmitían esa escala que conforma la esencia del cristianismo. Lo que distingue a mi religión de cualquier otra creencia es la convicción de que el hombre no va a morir del todo. No sé qué vaya a pasar después de la muerte, pero la promesa que da coherencia al cristianismo, aunque uno no la comprenda bien, es la promesa de la Resurrección. La no muerte. El volver a nacer para siempre. Sin esta convicción es imposible que uno se pueda llamar cristiano.
--En Jesús se dio la Resurrección. En el hombre, ¿cómo sería?
--Jesús no promete una Resurrección para todos. "El que crea en mí, vivirá eternamente". El que crea en mí. El que no crea, se muere. Los principios fundamentales del cristianismo se apoyan en eso y en que el verdadero amor a Dios es el amor al prójimo. De esos dos pilares se derivan los demás principios.
Yo no entiendo a Jesucristo como un hijo de Dios que baja del cielo y se encarna en una virgen inmaculada. Lo entiendo al revés. No creo que Jesucristo haya nacido como hijo de Dios; Jesucristo se hizo hijo de Dios.
--¿Entonces usted no cree en los milagros?
--En una novela, El evangelio de Lucas Gavilán, trato de comprender este asunto de los milagros: no como actos de magia, sino como actos de servicio que pueden tener una explicación lógica y racional, uno poco a la manera de Renán. En la multiplicación de los panes, por ejemplo, se podría confundir la figura de Jesús con la de un mago que, de una cesta, saca panes y más y más panes, como podría hacerlo David Cooperfield. Lo que realmente trata de decirnos el Evangelio es que lo que traían unos cuantos, alcanzó para todos cuando se produjo la distribución. Eso sería el milagro de lo natural. En el Evangelio nunca se cuenta que a un cojo le salga una prótesis. Cristo nunca hizo ese tipo de milagros. Los suyos son milagros de hacer ver y entender mejor; de toma de conciencia, del descubrimiento del amor al prójimo, de creer y de actuar en la posibilidad de un mundo más justo.
--¿Usted siempre ha seguido a Jesús?
--Ése es otro problema. Uno es pecador y difícilmente logra actuar lo que piensa. No es fácil cumplir los presupuestos de la fe. No es fácil el amor a los demás. Es difícil llevarse bien con el prójimo, entenderlo, interesarse, darle lo que se merece como expresión de Jesucristo.
--¿Usted siempre ha tenido fe?
--Sí. A veces, a pesar mío. Yo no lucho por tenerla; la tengo y punto.
--¿Nunca ha tenido vacilaciones?
--Muchas. Períodos oscuros. Recuerdo el regaño de Jesús a Tomás: "Qué fácil es creer porque viste. Lo valioso es creer sin haber visto." No es claro todo. El misterio siempre es el misterio. Aparece a cada rato la oscuridad. Surge la depresión. Incluso se vive el supuesto de que uno puede estar equivocado. Es posible que tengan razón los ateos.
--¿Qué es lo que usted sufre cuando atraviesa por esos momentos?
--Se sufre la sequedad, el vacío de Dios, la nostalgia de Dios. Dios se aparta, Dios se retira. A veces ese mejor suspender todo juicio, no pensar. Si desde que amanece hasta que anochece uno se propusiera esclarecer la existencia de Dios, no podría vivir. la única forma es tratar de ser congruente con lo que se deriva de lo que uno cree.
El pecado como nudo dramático
--¿Cómo se fue dando su vocación de escritor?, ¿como cristiano?
--Se me fortaleció la fe gracias a la literatura, cuando descubrí las novelas de escritores católicos, fundamentales en mi formación. Antes, de joven, leían novelistas piadosos que concluían sus libros con moralejas o mensajes esperanzadores: el padre Coloma, el padre Carlos Heredia... Parecían proponer que una de las misiones más importantes del escritor era acercar los hombres a Dios.Hacer proselitismo. Eso era ser un buen escritor católico. Vivía y leía yo con esa idea. Todavía era joven. Entonces, de pronto, empecé a leer a Graham Greene, Francois Mauriac, George Bernanos, León Bloy y me interesó ver cómo grandes escritores internacionales hacían del pecado el nudo dramático de su novelística..El mal como pecado, desde una perspectiva de cristianos. No eran novelas edificantes ni necesariamente optimistas. Eran novelas sobre la condición humana. Sobre el triunfo del mal. Sobre la lucha del hombre atrapado por el pecado.
Toda la temática de Graham Greene, por ejemplo, se podría resumir en una novela policiaca donde el hombre pecador es implacablemente perseguido por Dios, que trata de "aplastarlo" con su gracia.
El descubrimiento de esos autores determinó mi vida como novelista. Pienso que el escritor creyente tiene una gran ventaja sobre los demás, si es congruente con su creencia. El buen escritor creyente no juzga. Y al aplicar el principio fundamental del cristianismo, que es el amor por el prójimo, el no juzgarlo, el no condenarlo, el novelista creyente cumple con el principio básico de toda teoría novelística. Un buen novelista no juzga. No determina quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Refleja simplemente la vida. Y esa calidad de testigo el novelista empata con la calidad de testigo del cristiano. Pienso que va de gane el escritor creyente. Los postulados de la literatura son, en estos aspectos, los postulados de su fe.
--¿Y también los postulados del periodismo?
--También. No juzgar es el fundamento periodístico. Y eso es lo que permite enfrentar más descarnadamente la realidad. Como eran descarnados para su época esos escritores novelistas. Bernanos, digamos.
--¿Le apasiona Bernanos?
--Me apasionó. No lo he vuelto a leer. Ahora es otra la literatura que me interesa. Menos subjetiva, más testimonial. Pero sí. Recuerdo a ese inmenso Bernanos obsesionado por un personaje maravilloso: el cura de Ars. Un cura francés, tonto, en continua lucha contra el demonio.
--¿Para usted, qué es el demonio?
--No creo en el demonio. No creo en el infierno.
--¿Ni en un cielo, ni en un purgatorio?
--En un cielo sí. No sería cristiano si no confiara en la promesa de ese Jesucristo que se hace hijo de Dios.
El problema de los autores católicos
--¿Cree en un origen?
--Claro. El origen es el universo creado por Dios. En eso y en todo lo que se deriva de eso, creo. Creo que Dios se manifiesta de diferentes formas en las diferentes culturas. Para los hindúes y para los musulmanes se manifiesta también, de otro modo.
Creo que nuestra cultura es la que tiene la razón, pero no puedo desechar la validez religiosa de las manifestaciones de Dios en otras religiones.
Jesucristo es una de las manifestaciones de Dios. No la única. Y lo es por una opción humana. Cristo opta por ser hijo de Dios. llega a ser hijo de Dios, seguramente muy abrumado, como consecuencia de una opción asumida hasta los límites.
--¿Para usted es importante respetar sus raíces?
--Pienso que la fe no se aprende, sino que se vive. Se vive gratuitamente. Así, al menos, me fue dada, por las condiciones en que nací. Si hubiera nacido en otro tipo de familia, quizá no me llega la gracia de la fe.
--¿Ha tenido problemas por ser autor católico?
--En mis tiempos sentía que sí. Un poco. Ahora ya no. Ahora es muy fácil proclamarse católico. Cuando empezaba a escribir, el ambiente de la cultura mexicana estaba gobernado por un grupo pequeñísimo que se adjudicaba el derecho de regir el destino de nuestra creación artística. Ese grupo era la única vía de salvación y, quienes lo integraban, eran más dogmáticos que los dogmáticos. El primer papa fue Alfonso Reyes, el segundo, Octavio Paz. Fernando Benitez era el publicista principal, el jefe de relaciones públicas. Su pequeña mafia eliminaba y seleccionaba. Tenían una mentalidad tan estrecha, que identificaban a cualquier creyente con los conservadores de la historia de México. No podían pensar que pudieran existir, en México, escritores religiosos de valor. Así olvidaron a los hermanos Méndez Plancarte, al poeta Manuel Ponce...Para existir, literariamente hablando, se necesitaba, al parecer, ser ateo o indiferente a los problemas religiosos.
--¿Nunca se avergonzó usted de ser creyente?
--No, pero me sentía relegado. Tal vez eran puros complejos míos. Mi primer libro lo publiqué en la editorial Jus y estaba ligado a los ambientes de la Acción Católica, de donde terminé saliéndome porque era muy rígido religiosamente.
--¿La rigidez le afectaba?
--Sí, claro. yo fui un joven con criterios católicos muy rígidos. pero cuando fui creciendo, fui cambiando. Vino el Concilio y nos liberó a todos. Conocí a Méndez Arceo, a Lemercier, a Iván Illich... Mi mujer también era muy religiosa y, gracias a eso, nuestra relación de pareja evolucionó bien. Ella se formó como psicoanalista y en esos tiempos se pensaba que un buen psicoanalista y un buen escritor debían ser ateos. Eso se perdió, por supuesto.
--¿Cómo se manifiesta la búsqueda de Dios en su literatura?
--Todo lo que he escrito ha surgido de una pura preocupación religiosa. Pienso que todas mis obras son profundamente religiosas en ese sentido. Busco explicarme a Dios, explicarme la Redención, explicarme a Jesucristo. Entender no es fácil.
--¿Y ha entendido?
--Un poco. Ahora, al menos, me siento más tranquilo.
--¿Usted cree que se tengan experiencias de Dios?
--Creo que otros la tienen. Yo no. Pregúntale a Javier Sicilia: él es místico. Yo soy concreto, práctico. Hago una novela y un teatro tangibles.
En ese ambiente antirreligioso del que hablaba, escribí, en 1962, Los albañiles, una simple metáfora de Jesucristo. Recuerdo que traté de explicarle el sentido religioso de mi novela a Ramón Xirau, creyente, por cierto, y me dijo que me dejara de elucubraciones. Mi novela era tal como era. No necesitaba añadirle supuestas alegorías cristológicas. Nadie la entendía como yo hubiera querido. El protagonista es un velador inspirado en aquello de San Pablo: del Jesucristo que no sólo carga con todos los males del mundo, sino que se hace pecado para asumirlo todo. Pienso también en una novela que nunca pude escribir. La empecé en el año 65 y trataba de ser un mural sobre el mundo católico mexicano. No pude. Mi proyecto fue tan ambicioso que me aplastó. Escribí cerca de doscientas cuartillas y apenas esbozaba la trama. La dejé mucho tiempo. Pero como no podía dejar las cosas en un cajón, la retomé, la fui leyendo, tiré algunas cosas y otras las guardé. me di cuenta de que de aquello que había guardado podía rescatar algo. Y finalmente me salió una novelita llamada Redil de ovejas, que no está tan mal como pensé en un tiempo y que contiene una parte de ese mural que quería hacer. Claro, yo quería escribir la gran novela, pero descubrí que no era un novelista del tamaño del tema. Muchos años después escribí El Evangelio de Lucas Gavilán.
--¿Qué quería decir en esa novela?
--La escribí muy contagiado por la Teología de la Liberación, por un autor jesuita que me marcó muchísimo: Jon Sobrino. De ahí surgió mi novela de un Jesucristo que nace cerca de Toluca y sigue, paso a paso, a la mexicana, los episodios relatados por San Lucas.
La incomodidad de Jesucristo
--¿Qué parte de Jesucristo le incomoda?
--Me incomoda que siempre esté tan lejano. Sólo se le conoce a través de los textos que escribieron otros y en aquellos donde no hay una intención biográfica. No me gusta saber tan poco. Me gustaría saber más de su biografía, no sólo de sus enseñanzas.
--¿Cuál fue la cualidad de Jesús para hacerse Dios?
--Se dan las condiciones propicias dentro de la evolución. Cuando el hombre logra ser hombre, intensamente hombre, entonces se conecta con Dios.
--¿La máxima expresión del hombre?
--Algo así. Así aparece Jesucristo. Así se hace posible.
--¿Cree en los sacerdotes?
--La Iglesia, como institución, es un problema. Pero sin duda hay cosas de la tradición que deben conservarse. La misa, desde luego, entendida así, como la cena de los amigos.
--¿Y el diablo?
--El diablo es un invento del hombre para poder explicar el mal en la Tierra.
--¿La culpabilidad y todo eso serían estados del infierno?
--El hombre se espanta de tantas imperfecciones, de tanta maldad, de tanta pobreza, de tanto crimen. Y como alguien tiene que ser responsable de esto, y ese alguien no puede ser Dios, entonces inventa al diablo. La verdad es que Dios echa a andar el universo para que ese universo evolucione por sí mismo y algún día alcance la perfección.
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