martes, 19 de agosto de 2014

José Agustín en Dios y los escritores mexicanos

                                                         José Agustín
                                                   El mapa de los sueños



                                                                                            De los alucinógenos al Tao
            --¿Crees en Dios?
            --Sí, claro que sí, aunque la mía no es ni remotamente una visión muy ortodoxa. Ni tiene que ver con la definición de la religión católica, ni mucho menos.
            Mi idea de Dios está más cerca del taoísmo y del zen. Estas tradiciones desantropoformizan mucho la idea de Dios. Lo convierten en una cosa mucho más abstracta, en algo más difícil de precisar. Está en todo, pero al mismo tiempo no es tan específicamente definido, sino que es algoa muchísimo más impreciso.
            Como dice el Tao Te Ching que mientras más hablas del Tao, más lejos te vas de su idea original porque es una fuente de energía y de poder imprecisable.
           
            --¿Desde hace mucho estás en eso?
            --Se me fue haciendo esa idea en el transcurso de los años. Debe haber sido a partir de los años 60. En realidad yo crecí dentro del catolicismo, como medio mundo, pero después, durante la secundaria, de plano renegué de todas las cosas religiosas porque estaba en una escuela ultracatólica nefastísima, donde nos daban religión a todas horas y era como un vehículo represivo. Desde segundo de secundaria decía "Dios no existe" y ya en la prepa me mandé hacer las únicas tarjetas de presentación que he tenido en mi vida y que decían José Agustín y abajo, como profesión: "Ateo".
            Pero fueron las experiencias psicodélicas las que me hicieron modificar mucho esta idea. Llegué a tener experiencias religiosas muy intensas. Luego dejé de meterme alucinógenos y tomé mi propio vuelo. Diseñé una especie de desarrollo espiritual personal.
           
            --Te metías a grupos?
            --Para nada. En todas estas cosas yo soy espantosamente antigregario. Creo que los grupos sin duda ayudan porque te dan un empujoncito y te sientes más cobijado entre todos; es más fácil hacer las cosas, que si andas de lobo estepario. Pero en realidad nunca me ha gustado estar con mucha gente en cosas de ese tipo.
            Además tengo la idea de que la persona verdaderamente puede experimentar por sí misma los fenómenos religiosos. El intermediario a veces no sólo no ayuda, sino que hasta estorba. Yo creo que ése es el problema que actualmente tienen las religiones. Se han quedado muy remotos, muy lejanos de lo que se podría llamar la experiencia religiosa.
            En realidad todos los rituales, los ceremoniales y la infraestructura, por así decirlo, de los cultos (al menos el católico), están preparados para prender a la gente, para que ésta tenga la experiencia religiosa, pero la intermediación de los sacerdotes es lo que aleja la experiencia directa, porque a los curas les conviene que la gente sea más dócil y más manejable.

            --¿Cómo es ese diseño?
            --De mil formas. La oración, por ejemplo, bien hecha indudablemente te prende, especialmente si estás hincado y con la espina dorsal bien erguida. Tienes que estar metidísimo. Son muy útiles, como se sabe, los ayunos. Mientras menos alimento hay, más posibilidades de platicar con Dios, aunque, claro, también se puede meter la pésima onda. Los ejercicios espirituales, especialmente los de Krempis o de Ignacio de Loyola, pueden ser efectivos. También repetir, como mantra, el nombre de Dios al estilo El camino del peregrino, de Bunyan. Muy útil, si se hace de veras, la confesión y comunión,y por supuesto la observaci¢n auténtica, no un mero guardar las formas, de los rituales. De hecho, los rituales son la clave para convocar el feeling religioso. Todas estas cosas, y muchas más, bien llevadas, con verdadera devoción, te pueden prender y dar una experiencia religiosa profunda. También cuenta, claro, la inclinación natural, la vocación. Hay gente que nace con más facilidad para tratar de ver la cara de Dios. Y la conjunción de circunstancias. Es decir, que te toque.

            --¿Y a ti te han prendido?
            --Después. Yo me he metido en muchas cosas, en todas, desde mi propia experiencia personal. Sobre todo en yoga. He hecho mucha yoga, mucha meditación. Hatha yoga, que son posturas; he hecho asanas (que son los ejercicios mismos, las posturas del yoga) y generalmente las termino con una meditación. A veces me pongo muy high; con mucha frecuencia me pongo hasta arriba. Y esas son experiencias eminentemente religiosas.

            --¨Meditas con mandalas?
            --Soy un fan de los mandalas. Hago mandalas o las ilumino. Yo hago una meditación tibetana con un yantra muy sobrio, que se llama Sri Yantra. Lo encontré precisamente en un libro de Jung. Sri Yantra es como un mantra dentro de un mandala, un mandala especialmente mágico y muy poderoso. Ayuda a meterte en la meditación. Me quedo contemplando el mandala hasta que se extinguen mis pensamientos y me quedo en un estado de conciencia pura, y a veces de éxtasis.

            --¿Y has hecho el mandala de tu vida?
            --Sí. Lo hice como me fue saliendo. Primero tracé un gran círculo y luego le fui metiendo otras figuras, imágenes de sueños, etcétera.

            --¿Cómo eran tus experiencias con los alucinógenos? ¿Psicóticas?
            --No tanto. Sí tuve mis viajes psicóticos, pero eso fue después. Primero fue como un anonadamiento ante el hecho de que la realidad era otra cosa y que todo lo que yo había estado acostumbrado a percibir de cierta forma podía tener muchas características enteramente distintas. Ver que una piedra se podía convertir en un gusano o ver una pared llena de grietas o que el agua tenía unos brillos increíbles, hacía que me quedara como estúpido viéndolos durante media hora.

            --¿Y eso te hacía suponer que era Dios?
            --Eso nada más me hacía suponer que las cosas eran distintas de como yo las veía.
            Empecé a tener experiencias religiosas más adelante. A veces, durante los viajes psicodélicos, había momentos difíciles, donde me daba cuenta de que algo tan simple como persignarse es un ritual profundísimo, que está inmerso hasta lo más profundo de uno y que verdaderamente alivia en un tiempo de emergencia espiritual, por así decirlo.

            --¿Qué significa el persignarse?
            --Es un acto ritual que te despeja de tus enemigos: "Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos señor..." Por supuesto se refiere a los enemigos internos, a las fuerzas que están dentro de uno y que antes la Iglesia catalogaba como demonios, tentaciones o pecados.
            Todas estas cosas tienen una relativa autonomía dentro de nosotros y en ciertos momentos nos pueden poseer y dominar por completo; de pronto, hacemos cosas que no nos gustaría hacer y que son muy destructivas.
            Todo eso me hacía pensar que un simple acto como persignarse, es un acto mágico, de un poder extraordinario. Me hacía ver la realidad de cierta forma: Por ejemplo, contemplar una rosa y de pronto descubrir que ahí estaba la esencia de todos los misterios de la vida y de Dios. De repente pensaba: "Esto es lo que los artistas queremos expresar." En lo particular quisiera que las palabras no fueran como pequeños bichitos que están dando vueltas alrededor de la vela y que nunca llegan al contacto directo. Y aunque te decía que dentro de uno hay fuerzas que en ciertos momentos pueden ser adversas, el aprender a conocerlas te va ayudando a vivir mejor.
            Todo esto está muy relacionado con la religión porque de pronto se va formando una especie de aparato dentro de uno. Yo sostengo, como Jung, que el alma es religiosa en sí. Entonces, cuando no encuentra sus vías naturales de manifestar esa religiosidad, se va hacia otras cosas, como las pasiones y las místicas de las que luego habla la gente.

            --¿Cuáles serían sus vías naturales?
            --Las religiosas. Es decir, no trasladar la religión al campo de la ideología y convertir a la ideología en una cosa religiosa, a la que le tienes una fe de fanático o cosas por el estilo, sino concentrar la religiosidad en la religión. Cuando lo haces por ese lado, desarrollas la religiosidad natural que existe en la gente.

                                                                                                            Jung y el I Ching

            --¿Cómo diste con el taoísmo? En El rock de la cárcel dices que leías el I Ching...
            --Sí, ándale. Desde las primeras experiencias psicodélicas me fui metiendo en un mundo de lecturas tremendas. Jung fue muy importante. Empecé con Psicología y alquimia, donde hay una larga introducción, como de cien páginas, en la cual habla de cómo se modifican los criterios cristianos con relación a la alquimia. La alquimia parte de las bases cristianas.
            Luego seguí con prácticamente todos los libros de Jung. Uno absolutamente genial se llama Psicología y religión, este y oeste, donde se ven las diferencias abismales que hay entre las religiones orientales y las occidentales.
            Según Jung, los orientales tienen mucho más desarrolladas las capacidades del alma. Por un lado perfectamente bien pueden establecer procedimientos y mecanismos interiores muy sofisticados, que en Occidente ni remotamente se conocen. Por otro lado, hace ver cómo en Occidente la religión o religiones son realidades del alma y reflejan elementos del alma que han sido estudiados con bastante precisión dentro de un lenguaje simbólico. También habla de la importancia de los rituales, dogmas, sacramentos y de todos los grandes ceremoniales.
            Además de las lecturas, me metí en toda una serie de fenómenos esotéricos. Me interesó mucho la astrología, la magia, la quiromancia y la alquimia en lo específico. Con esto, de alguna manera, estaba lidiando con elementos de mi propia interioridad.

            --¿Por qué la alquimia?
            --Porque los cultos religiosos llegan hasta un punto. A través de ese intermediarismo del que te hablaba, llega un momento en que no te dan más o cuesta mucho trabajo que den más. Algunas personas indudablemente lo logran; pero siento que la mayoría, no.
            Hay un momento en que las religiones ya no dan y los elementos esotéricos sí. La alquimia, en específico, porque busca la transmutación del alma a través del símbolo de la piedra.
             Se supone que los alquimistas buscaban convertir las piedras en oro, pero por supuesto eso no era más que una metáfora de cómo ellos mismos trataban de convertirse en oro; de cómo tratan de sacar de sí mismos lo más valioso, lo más hermoso y lo más importante que puede haber. Entonces, los alquimistas hicieron toda una serie interesantísima de mecanismos y de rutas de acceso al alma.

            --¿Cuáles son esas rutas?
            --Bueno, se trataba de llegar a la piedra mediante un proceso elaboradísimo en el que los alquimistas manipulaban sustancias químicas y las combinaban en medio de encantaciones y rituales cabroncísimos. La emanación de las sustancias y el propósito del alquimista lo ponían hasta atrás, y empezaba a alucinar símbolos pesadísimos, que deliberadamente hacía más densos e incomprensibles. Todas las técnicas coincidían en penetrar en lo oscuro a través de lo oscuro. En el proceso se iban constelando las realidades más ocultas de su alma porque se proyectaban en la materia. Como vía mística, la alquimia ya no tiene sentido, pero es una metáfora validísima de la transmutación del ser.           

            --¿Y tú hacias una alquimia contigo?
            --En cierta forma sí. Más bien era muy observador de mis sueños. Muchas veces los sueños contienen símbolos alquímicos; de eso trata el libro de Jung.
            En la segunda parte del libro aparecen como ciento treinta sueños de un cuate que Jung analizó con base en los símbolos de la alquimia. Con eso trata de demostrar que a través de todos esos sueños, el cuate lleva un proceso interior que busca realizarse a sí mismo. El sueño es como un proceso religioso que busca la máxima realizaci¢n del individuo a través de una serie de mecanismos y de fórmulas que sirven para encenderse, para prenderse, para tener acceso.

            --¿Tú cómo lo hacías?
            --Yo lo hacía a través de algunos sueños que claramente eran  muy importantes. Aunque hay sueños comunes y corrientes, creo que todos dicen cosas: unos dicen cosas rutinarias; otros, cosas importantes, pero también hay súper sueños. Hay señores sueños. Son los sueños que manda Dios y esos, para mí, son extraordinariamente importantes, porque marcan etapas de tu desarrollo, te indican cómo vienen las cosas.

            --¿No te mandas tus sueños tú solo?
            --Pienso que el sueño es el elemento que menos puedes trabajar conscientemente. A poco tú puedes decir "mañana voy a soñar con tal"...

            --No, pero hay técnicas para soñar...
            --Hay técnicas, pero son raras. Las únicas que yo conozco están en un libro tibetano que se llama El libro tibetano de la gran liberación, además de las de Castaneda, que es el otro loco que trae ese rollo de que puedes manipular tus sueños. Él, a esa forma de sueño la llama ensoñar. Con ciertos sueños llega un momento en que de pronto hay un desprendimiento de algo dentro de ti; entonces te ves a ti mismo dormir y te puedes salir de tu cuerpo y circular.
            A mí me ha pasado. Una noche, que estaba dormido, de pronto sentí que me desprendía. Me desprendí de mi cuerpo. Vi a mi cuerpo perfectamente dormido allí.

            --¿Te dio miedo?
            --En ese momento, no. En ese momento sentí una curiosidad muy grande de ver lo que había afuera. Entonces salí al jardín, llegué hasta los  árboles y ya iba hacia la calle, pero de repente me dije: "A dónde voy, esta es una condición muy endeble para mí porque no la manejo ni nada"; entonces me retaché.
            Cuando lo hice traté de volverme a meter en mi cuerpo, pero como que no quedaba bien. Fue una cosa rarísima. De repente sentía como que estaba viendo por las rodillas, palabra; trataba de acomodarme y no me acomodaba. Fue algo horrible, desesperante. Ahí sí me dio pánico, hasta que, de repente, me entró una idea muy fuerte de que me dejara de esas pendejadas y me fuera a escribir a mi estudio. Luego luego me vi en mi estudio, sentado, listo para escribir, pero por otro lado estaba metido dentro de mi cuerpo, todo chueco. Estaba en dos partes al mismo tiempo. De repente se acomodaron las cosas de una forma muy rara y chas, encajé en mi cuerpo. Con esto corroboré que las tesis de Castaneda del cuerpo de ensueño sí tienen una base. Esto es algo que últimamente se ha desarrollado mucho. Hay técnicas, ejercicios y además aparatos cibernéticos para tener lo que llaman "sueños lúcidos", en los que se pueden programar y manipular los contenidos oníricos para que la realidad del sueño se empalme con la realidad de la vigilia.
           
            --¿No seguiste por ese lado?
            --Por ese lado no, porque he llegado a la conclusión de que a mí no me interesa el poder espiritual, el poder de mago, el poder religioso. Lo que me interesa es llevar mi vida lo mejor posible y con eso me conformo, y mira que es algo mucho más grueso de lo que parecería.

            --¿En todo eso tiene mucho que ver el poder?
            --Sí, mucha gente lo que quiere es o el poder espiritual para poder conducir a otras gentes o poder llevarlas a lo que creen que es lo correcto, o simplemente para desarrollar en ellos capacidades que posiblemente existan, que puede ser desde la telepatía, la telequinesis, hasta cierto control del pensamiento o posibilidades propias del campo de la magia.

            --Pero decías que te interesaba la quiromancia y la alquimia...
            --Como vehículos para poder penetrar en mí mismo. Siempre como manifestaciones simbólicas de realidades de mi ser. Me interesaban horrores porque pensaba que eran mapas de la mente, distintos a todos aquellos que te acostumbra dar la ciencia y la civilización normal.

            --¿De alguna manera serían mapas de Dios? Por ejemplo, si ves a Jung, tiene mucho que ver con las mitologías, entonces ahí hay una relación entre lo que está dentro de ti y lo que está  fuera...
            --Claro, por supuesto. De hecho es un principio casi axiomático de todas las formas esotéricas. La relación de que lo que está dentro de ti, también está afuera. Eso lo decía la alquimista María Profetisa. El axioma plantea que lo que está afuera está adentro y lo que está adentro, está afuera.
            El hombre es un microcosmos y contiene en sí todo el universo y en el universo está  la naturaleza divina y la naturaleza humana. Entonces sí, los mapas de los que hablamos son en cierta forma dogmas divinos porque la gente los produce en estados muy particulares de inspiración. Lo que en la Biblia le llamaban la inspiración que otorgaba el Espíritu Santo y que permitía que Moisés escribiera el Pentateuco y que hacía que los profetas profetizaran y escribieran sus libros y cosas así. Entonces, en tanto productos del alma, son mapas divinos, porque el alma está hecha a semajanza de Dios, ¿no?

                                                                                El vehículo de la expresión divina

            --¿Crees en la inspiración divina?
            --Claro que creo en la inspiración, es de pocamadre.

            --Pero desde afuera hacia dentro o qué...
            --Más bien de adentro hacia afuera. Pues no sé si sea Dios o quién chingados sea. Dios o el Espíritu Santo pueden ser el vehículo correcto dentro de la ortodoxia católica.
            Yo sí creo que hay algo superior, mucho más fuerte que tú, que te escoge y que, en momentos felices de tu vida, se expresa a través de ti y tú eres el vehículo de esa expresi¢n que viene de otro lado, y si eres lo suficientemente abusado tratas de no estorbarla para que se manifieste lo más nítidamente posible.

            --¿Cómo encuentras esa expresión?
            --La expresión surge a través de ti con un poder inaudito. Para mí, como escritor, es una ansiedad básica de escribir. Lo haces, y te prendes. Te voy a dar un ejemplo: Una vez, durante mucho tiempo, se estaba gestando dentro de mí una novela que ahora se llama Cerca del fuego.
             Cuando yo estaba en la cárcel de Lecumberri, en 1971, Juan Tovar me visitó un domingo y me dijo que su esposa, Elsa Cross, había tenido un sueño donde se le indicaba que yo debía escribir mis propios sueños porque con el paso del tiempo me iban a servir de material para una novela. Yo le dije: "A toda madre. Voy a anotar mis sueños tan pronto como los tenga, porque resulta que yo no sueño." Pues que esa noche tuve un sueño espectacular y a partir de ahí empecé a tener muchos sueños. Entonces, efectivamente, empecé a hacer un diario de sueños y a seguir, a través de ellos, una ruta de mi propia alma, complementaria y paralela a la ruta que llevaba mi vida en el mundo externo.
            De repente se me fueron formando muchas ideas. La principal consistía en crear una ficcion que respondiera a ciertos mecanismos de los sueños; es decir, no que yo contara mis sueños, sino que me fijara en las leyes interiores de esos sueños para inventar historias con mecanismos semajantes o equivalentes.
            En un principio tenía la idea, tenía el título, la novela se iba a llamar Cerca del fuego porque me impresionó muchísimo una frase que leí de Orígenes, que decía "Esto dijo el Salvador: el que está cerca de mí, está cerca del fuego y el que está lejos de mí, está lejos del reino." A mí me interesaba muchísimo esta frase porque me sugería parte de la naturaleza de Dios. Es una fuerza tan tremenda que si estás cerca de Él es muy peligroso, es como el fuego: te da luz, te ilumina, pero te puede quemar, te puede fundir ahí, pero al mismo tiempo eso es lo que tienes que hacer, porque si estás lejos de Él, estás lejos del reino; estás lejos de toda posibilidad de hacerla en la vida. Dios es una fuente de peligro a la que hay que ir.

            --¿Lo que dices tiene que ver con el bautizo de fuego?
            --Por supuesto. El tema del fuego es toda una escuela preciosa que tocan distintas ramas religiosas y esotéricas. Castaneda también lo tiene en un libro muy bonito que se llama El fuego interno.
            Bueno, entonces ya se me había ocurrido el título, pero me faltaba el argumento, la historia, el vehículo para transmitir esos sueños, hasta que un día, en Denver, leí una noticia del periódico donde decía que a un cuate que se le habían olvidado los seis últimos años de su vida y me dije: "Chin, ahí está mi novela. Yo tengo que escribir un libro de un cuate al que se le olvidan los seis últimos años de su vida." Ya no volví a pensar más en la historia, pero quedé segurísimo que la tenía que escribir. Trabajé, di clases, tenía una obra de teatro y la ensayé, después, en la noche, tenía una conferencia en una universidad a cien kilómetros. Regresé y todavía tenía energía. Preparé la clase del día siguiente. Terminé la clase y me fui a acostar, pero seguí con los ojos pelones. Estaba más despierto que el carajo.
            A las cuatro de la mañana en punto sentí algo tan fuerte, algo tan terrible que de repente comprendí que o me paraba y me ponía a escribir o no iba a poder dormir nunca. Fue un impulso invencible, absolutamente irreversible. Me puse a escribir y me salió mi novela Cerca del fuego. Tardé ocho años haciéndola. Ocho años porque no encontraba la ruta exacta.

            --¿Seguiste escribiendo tus sueños durante esos ocho años?
            --Seguía teniendo mis sueños y los anotaba, pero mi novela era otra cosa. La vine trabajando por otro lado, con unas historias muy locochonas que se me ocurrieron y que son como sueños.
            La novela se divide en las partes de la alquimia: Negro, Blanco y Rojo. En la parte negra hay puros materiales oníricos.

            --¿Por qué negro?
            --Porque el proceso del desarrollo iniciático de una persona, espiritual, religioso o esotérico suele empezar con una inmersión en lo más negro que tienes, en lo más negativo. Un descenso a los infiernos. Jung le llama el enfrentamiento con la sombra. Por otro lado, lo que ven los alquimistas a través de todas sus operaciones, son demonios, figuras verdaderamente terribles, cosas devastadoras, espantosas. Eso es lo primero que tiene que salir, porque es lo primero que se tiene que reconocer. Es lo que más te estorba y más te conduce a donde no debes de ir. Por lo tanto, es eso lo primero que hay que conocer. En alquimia, al "negro" le llaman "nigredo".
            Luego viene "albedo" (de "alba"), que es la parte blanca, donde ya se integraron muchos elementos negativos y aparecen elementos luminosos. Es cuando puedes ver otras realidades de ti mismo.
            Finalmente, tiene lugar la última fase que se llama "rubedo", que es la inmersión en el fuego, subir el fuego del horno al máximo calor para que te fundas en él, te desintegres en él y renazcas un poco como un ave fénix.

            --¿Tú ya has pasado por esos tres procesos?
            --Lo que te puedo decir es que todo esto me ha llevado a concluir que algunos elementos de los cultos me sirven mucho. Voy a misa y comulgo; no soy de todos los domingos, pero cuando voy lo hago bien y las más de las veces el ritual me cae muy bien, que es como debe de ser.

            --¿Llegaste a misa desde el taoísmo?
            --Ándale, viéndolo estrictamente en una posición meramente práctica. Todos estos ritos me convienen, me caen muy bien, por eso los hago. En realidad todo el aparato simbólico de fe de la religi¢n ya no me interesa mucho. Lo que me interesa son los rituales y los mecanismos que ayudan a mi alma.
            Mi idea de Dios entonces es más complicada, porque ya no es el Dios de la Iglesia, el ser todopoderoso, creador de todas las cosas, sino que es algo más sutil, una fuerza que existe en todo y que convierte el caos en cosmos, cuya circunferencia es el centro y que está en todas partes. No es un ser antropomorfizable ni requiere de iglesias ni representantes. Para los hindúes, este Dios que está en todo el universo se llama Purusha, pero también en el interior del ser humano, y ahí su nombre es Atman. El hombre contiene, alberga a Dios, y en su medida es Dios. Aunque Dios, claro, está afuera también, en todo lo que existe. Como decía el mesías Solano: "Dios es todo lo que es y todo lo que no es."
            Para mí, la verdadera identidad humana, o al menos la mía, es su parte divina. Esto lo descubrí con una nitidez una noche en que me comí unos hongos poderosísimos y desde el principio del viaje me preguntaba cuál era mi verdadera identidad, más allá de la suma de mis circunstancias y de mi nombre. De pronto me desplomé en un estado horrendo, un tormento porque textualmente no cabía en mi cuerpo. Sentía que estaba a punto de reventar, con una hinchazón dolorosa que necesitaba explotar. De pronto, en medio del caos, tuve la necesidad de ir a la barranca. Imagínate, era medianoche, el cielo estaba totalmente cerrado porque había llovido y no se veía nada, pero de cualquier manera me lancé y llegué hasta el borde de la barranca. Me senté en una piedra, mientras trataba de contener la energía espantosa que estaba dentro de mí y que sólo disminuiría, pensaba, cuando supiese verdaderamente quién era yo. De pronto empecé a escuchar un estruendo extraordinario que crecía hasta llenar todo de un estrépito limpio y nítido. Vi entonces que en la barranca venía un fuertísimo río de luz, de enormes olas luminosas; esa era la fuente del ruidero sublime, y por supuesto irradiaba una luz que cegaba. En el río de la luz venía un interminable ejército celestial, con las armas resplandecientes, banderas y estandartes, que precedía la aparición de la máxima luz y el máximo estruendo. "Aliméntate, aliméntate", me decía una voz interior, y de pronto comprendí que yo iba en ese río de luz, yo era parte de las aguas de fuego, del fragor, del poder y la gloria. Eso era exactamente lo que yo era.
            De pronto el río de luz se alejó, el estrépito maravilloso y las explosiones de luz se perdieron por las curvas de la barranca, pero yo era otro. Para empezar, alcé la vista y vi miles de estrellas en el cielo, a pesar de que estaba enteramente nublado. Supe que estaba alucinando, pero que se trataba de una alucinación chingoncísima. Me había cargado como nunca en mi vida.
            El desbordante río de luz, esa es una metáfora de Dios que tiene mucho sentido para mí. También el de la Gran Fuente de Poder. Tengo una novela que se llama La panza del Tepozteco y que, aunque no lo creas, trata de todas esas cosas, porque los personajes son dioses, es decir, arquetipos. Se cuenta que Quetzalcóatl salió de viaje por el mundo, conoció a muchos dioses de distintas latitudes y supo que había numerosos dioses como él y que todos eran una sola sustancia divina que adoptaba infinidad de formas pero que en lugar del universo se concentraba en una extraordinaria fuente de poder. Finalmente Quetzalcóalt se remontó al espacio exterior y viajó por las estrellas y galaxias desconocidas hasta que encontró "la máxima fuente de poder que era el centro y la circunferencia de todo lo existente". Ésta tenía una especie de agarraderas de luz que era energía pura y por supuesto el buen Quetza se prendió de ellas, lo cual, por otra parte, lo envió directo a volver a nacer en Tepoztlán.

            --¿Crees en la reencarnación?
            --Sí y no. No me interesa mucho el tema.

            --El esoterismo trata mucho ese tema.
            --Pero, aunque yo esté muy interesado en cuestiones esotéricas, conservo un pie muy cartesiano en todo esto, de ahí mi interés por Jung.

            --Bueno, Jung sí cree en la reencarnación.
            --Cree en la vida después de la muerte, aunque como científico nunca lo dice. En donde trata todo esto es en  Los sermones de los muertos. Este texto no está en sus obras completas. Se publica a veces junto con su autobiografía porque él no lo consideraba parte de su pensamiento científico.
             A mí me pasa un poco lo mismo. Yo siento que se necesita tener una base racional en todo esto. No te puedes despeñar nada más así, en lo irracional, porque todo esto es absolutamente irracional, rebasa todas las fronteras de la racionalidad. No me interesa mucho la reencarnación porque aún no descubro bases para poder especular en torno a ella.

            --Pues se dice que los orientales creen en el karma y a través de los sueños tocan aspectos de vidas pasadas.
            --La tradición de la reencarnación es fuertísima en Oriente, pero yo no he tenido un sueño de esa naturaleza, entonces no tengo una base por donde rascarle. Brujas amigas mías me han hablado de mis reencarnaciones anteriores, pero la verdad me da risa. Alguien me dijo que en una reencarnación previa fui Alejandro Dumas. Me da risa que mi reencarnación anterior tenga que ser un escritor y un escritor Leo, como yo, y con muchos puntos de contacto conmigo. Se me hace como muy fácil, ¿no?
           
            --¿Cómo compararías todos los mapas? Es decir, ¿cómo comparas el camino por donde te lleva el Tarot, la quiromancia, las mitologías, la alquimia, etcétera?
            --Bueno, son comparables porque todos son caminos distintos. Cada disciplina tiene sus propias características, pero lo que tienen en común es que todas llegan a lo mismo, que es Dios, tomando en cuenta todas las particularidades que hemos hablado en torno a Dios.
            Esta sería una idea de Dios distinta a la clásica. El objetivo, más bien, sería descubrir a Dios en uno mismo. No es que seas Dios en el sentido de que puedas ahorita disponer de la vida de todo mundo y planear creaciones, sino que eres Dios porque tienes en ti la naturaleza divina.
            En los sueños se ve clarísimo esto. Se puede manifestar de las formas más increíbles del mundo. En eso Jung es riquísimo porque te da todos los símbolos divinos. Muchas veces sueñas vientos terribles o fuego o ciertas presencias míticas de animales: el unicornio representa a Cristo, igual que el pelícano y el ave fénix, en fin, son muchos elementos los que representan directamente a Dios en el sueño.
            Pero si lo que uno busca es encontrar a Dios dentro de sí, te diré que yo elaboré una fórmula que me ha funcionado muy bien: "Dios está en mí, yo estoy en Dios. Dios es mi mismo, mi mismo es Dios". En este sentido sigo los principios junguianos porque él dice que el centro del individuo no es su conciencia, no es su ego conciencia, no es su yo. Ésta es una parte de su conciencia, nada más. Pero tras de eso, hay un centro vital al que le llama el sí mismo, el self en inglés o selbst en alemán. El sí mismo, Cristo, es Dios, es el Espíritu Santo, es ese rincón que está dentro de uno, es la verdadera naturaleza divina, es Dios.
            Pero en sí, todos los mapas llegan a lo mismo. Don Juan, el de Castaneda, decía una frase muy bonita: "Todos los caminos son buenos si tienen corazón." Es decir, si tú los sigues de veras y si crees en ellos y, aunque te metas en vilezas siniestras como la dianética o chingaderas así, puedes hacerla porque lo haces con corazón.
           

            --¿Y tú tienes un mapa de ti mismo?
            --Sí, tengo mi cartografía interior. No está tan clara como yo quisiera. Hay rutas de acceso a determinadas cosas que de pronto funcionan intuitivamente o aparecen por sí mismas y tardas tiempo en descubrirlas y en aprovecharlas conscientemente. Es un proceso que se lleva mucho tiempo.
           
            --¿El I Ching qué papel ha jugado en tu vida?
            --Para mí ha sido fundamental. Me dice lo mismo que los sueños, pero con otro lenguaje. Me habla de dos formas: primero más abstracta  y luego teórica. Dentro de los plenteamientos taoístas que tiene el libro está la idea de la lucha de polaridades, del yin y el yang, y la necesidad, por lo tanto, de un camino central a esas polaridades para poder conducirte por la vida sin extremos.
            También plantea toda una serie de normas de comportamiento ante todas las situaciones, porque este libro recopila las experiencias humanas en todos los campos; esto es, ante determinada situación arquetípica, hay un modo de comportamiento, hay una respuesta. El I Ching es un libro de sabiduría: te dice qué va a pasar, pero sobre todo te dice qué hacer en determinado caso que va a ocurrir. Esa es la gran diferencia de este oráculo con las demás formas esotéricas de adivinación, que te dicen qué va a pasar, pero no te dicen qué debes hacer.

            --¿Escribes con el I Ching?
            --Literatura no. Lo he utilizado para títulos y epígrafes. Además lo cito mucho. Un día Esther Seligson leyó mi libro Cerca del fuego y me habló para decirme: "¡Oye! llevo leídas 20 páginas de tu libro y ya llevas como treinta citas del I Ching."

            --¿Y consultas la Biblia?
            --También. No soy Biblia freak, como Jorge Portilla en cuya novela, El coro en la luz, el personaje se la pasa abriendo la Biblia porque le funciona como el I Ching.
            Yo, por mi parte, no hago tantas preguntas al I Ching. Más bien me interesa pedirle mapas de mi alma. A veces, así como mis sueños, que me indican cómo va a ser mi estado de ánimo en el día, echo el I Ching temprano, sin preguntar nada en específico para ver cómo se constelan las condiciones del día.

                                                                                                             Trayectoria
José Agustín Ramírez nació en Acapulco en 1944. Fue considerado precoz porque ejerció el periodismo desde la adolescencia. Ha sido, a pesar de su incomodidad por el término, el principal representante de la Onda, corriente que durante los años sesenta tomó el lenguaje coloquial de la juventud para llevarlo al género literario.
                Fue estudiante de la segunda generación del CUEC en 1965; becario del Centro Mexicano de Escritores (1966-1967), del International Writing Program de la Unversidad de Iowa (1977), así como de las fundaciones Fullbright (1977-1978) y John Simon Guggenheim (1978-1979).
                A los 20 años de edad publicó La tumba (su primera novela, 1964), y de ahí se ha seguido con Círculo vicioso (teatro, 1964), De Perfil (novela, 1966); La nueva música clásica (ensayo, 1968), Abolición de la propiedad (teatro, 1969); Se está haciendo tarde. Final en laguna (novela, 1973), corregida y aumentada en 1985), El rey se acerca a su templo (novela, 1978),; Ciudades desiertas (novela, 1982); Cerca del fuego (novela, 1985); El rock de la cárcel (autobiografía, 1985), Tragicomedia mexicana 1 (crónica histórica, 1991); Tragicomedia mexicana 2 (crónica histórica, 1992); La panza del Tepozteco (novela, 1992), Dos horas de sol (novela, Premio Dos océanos, otorgado por el Festival Internacional de Biarritz, Cine y Cultura de América Latina, 1995), Inventando que sueño. Cuentos completos 1960-1992 (cuentos, 1995); La contracultura en México (ensayo, 1996).
Ha colaborado en las siguientes publicaciones: Mester, Nuevas Letras, Cuadernos del viento, Pop, Excélsior, Novedades, El día, Búsqueda, Diálogos, Signo, Boletín de la VII Reseña de los Festivales Cinematográficos, Eclipse, Caballero, Claudia, Piedra Rodante, Cine avance, Eñ Cuento, El Corno Emplumado, Quimera, El Heraldo de México y Reforma, entre otros medios.
                Obtuvo el Premio Juan Ruiz de Alarcón de la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro, por Círculo vicioso, la mejor obra representada en 1974.
                En 1983 le dieron el Premio Colima de Narrativa por Ciudades desiertas; en 1993 tuvo el Premio Nacional Juan Ruiz de Alarcón del gobierno del Estado de Guerrero en las Jornadas Alarconianas de ese año.
                Cuando cumplió los cincuenta años de edad, a reserva de los posteriores homenajes, recibió un Homenaje Nacional por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y el Consejo de la Cultura de Coahuila.
                José Agustín se ha distinguido porque su lenguaje y sus hallazgos han influido en todas las generaciones de jóvenes desde los años sesenta.

                       

                                                                                                         

1 comentario:

  1. Entrevista a José Agustín sobre su experiencia de Dios y lo esotérico (que sin duda ha influido en su propia obra), que fue publicada en mi libro "Dios y los escritores mexicanos" en 1997 por Nueva Imagen..

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