La condesa más sangrienta de la historia murió un día como hoy, pero hace 400 años
Con motivo de la muerte Erzsébet Báthory, condesa húngara del Renacimiento, cuya leyenda está relacionada con la brujería, el demonismo y el vampirismo, les comparto un fragmento de mi libro
Crónica del delirio, el oscuro reflejo de Paul Antragne, editado por Los libros del sargento.
"(Paul Antragne)también
se imaginaba a Erzsébet Báthory, esa poderosa condesa húngara, la ‘Gilles de
Rais sin grandeza’, encerrando a sus muchachas vírgenes en unas jaulas que
subía a un techo de picotas para exprimirlas y bañarse con su sangre buscando
rejuvenecerse. En ese recuadro mental, Paul era una de las virgenes congeladas
de pavor, en un punto de no retorno, donde la voluntad propia está ciega y
sorda por la inevitable y dolorosa muerte de ser perforada y exprimida por esos
picos que se acercan, que se acercan más, que se acercan, que apenas se tocan.
En ese apenas, Paul se convertía en la condesa, pues la perforación era lo de
menos. Las vírgenes ya no entendían qué estaba pasando, su conciencia, su darse
cuenta del crimen sobre ellas ya no existía, gritaban por efectos del primer
golpe doloroso y ya, con un dolor completamente instintivo y primitivo, donde
la razón no cabe, punto. Al primer golpe, lo más probable es que quedaran sin
conocimiento. Toda su conciencia de vida había muerto de terror durante el
ascenso en la jaula. Ése había sido el dolor real.
“Durante
la acción misma de ser perforadas, se encendía la lujuria de la condesa, su
rictus apenas un segundo inexpresivo y distante ante su masacre, se transformaba
en movimientos sensuales, sinuosos, felinos, que se acompañaban de jadeos
envueltos en el deleite de recibir la sangre como un néctar caliente, su cara
vuelta al techo, abierta a la pócima virginal que le devolvería la juventud;
entonces sus manos entraban en acción, untándose hasta la masturbación esa
sangre nueva, a la vista vouyerista de sus dos carceleras.
“Paul
investigó a fondo la vida de la condesa y decidió representarla en sus
distintas facetas.
“Fue
de esa forma como al lado derecho de su lienzo apareció el sello de los Báthory
con los dientes de lobo salvaje, emblema que cultivaba la grandeza y poder de
esta familia real de locos que gobernaba la Hungría del Renacimiento y de la
que nació esta condesa sangrienta, que para Paul fue la alimaña de Csejthe, la
Gilles de Rais femenina sin grandeza, la del alto linaje, la narcisista, la que
se sentaba en los aposentos de su belleza, la que cultivaba su vanidad a base
de sangre, la que acumulaba altibajos en un sólo golpe de vista. Fue ella a
quien Paul dibujó con los ojos fijos de los asesinos, hundida entre calaveras,
ornamentada con un sapo, un collar de muerte y un escorpión como su signo
zodiacal. Paul cuidaba el vestuario de esta mujer de Ferencz Nadadsy, uno de
los más poderosos hombres de la Hungría, por quien evitó la pena de muerte,
pero sí recibió aislamiento, soledad y clausura entre sus muros para que se
ahogara con el eco de los lamentos de seiscientas cincuenta muchachas
torturadas con las más espeluznantes manías. Miles de puntos conformaron su
vestido negro y rayado; miles de puntos delinearon su cara tan blanca hecha con
los influjos de esa luna llena en fase con mercurio bajo la cual nació y que le
provocó la locura del sadismo. Paul interpretó su mirada hecha de la sangre en
la que se bañaba para rejuvenecerse, acentuada con la desvelada nocturna para
invocar al demonio, interpretó su sonrisa de fuerza maniática. La interpretó
tan irremediablemente bella y fría, altiva como los más grandes asesinos de
todos los tiempos. La interpretó con su perfil griego; la pintó sometiendo a
una sirvienta capturada por Jó Illona y Dorkó, las mujeres de los Cárpatos que
trabajaban para ella; la interpretó rebuznando su lujuria sanguinaria,
coleccionando ya no sólo a las sirvientas, sino a las doncellas e hijas de
nobles; la interpretó con el poder en la frente, en los ojos y los dientes,
devastando pueblos enteros, su corona estuvo llena de muerte.
“Paul
cuidó su imagen perfecta porque así ella se lo pidió, su expresión no tiene
forma, es una mujer sin edad, la misma que se escondía tras los muros de sus
sótanos para ahogar los gritos de las torturadas, la que nunca se agaapó más
que con la fuerza de su propia cólera de mujer loba, la que chirriaba por las
noches y masticaba carne humana, la que hablaba con una boca sinuosa, la voyeur, la necrofílica, la que nunca
soñaba, la alucinada, la de las manos blancas y alargadas, la de los anillos de
perlas, la de las cizallas, la del potro, la de las planchas calientes, la que
congelaba a las muchachas que se resistían, la que provocaba los más
desgarradores gemidos perforándolas con los cinco puñales acerados de la ‘Doncella
de Hierro’, una especie de maniquí color carne que movía los ojos mientras se
acercaba a la víctima; así era Erzsébet, la que buscaba a la vieja Darvulia ‘la
bruja del bosque’, que vivía cerca de Sárvár y con quien reafirmó sus rasgos de
locura aullándole a la luna, la que se amparó con la bruja Majarova, sucesora
de Darvulia, de esa Darvulia, por quien aprendió a usar el veneno de las hojas
de belladona, beleño y estramonio para blanquear su cara, y por quien aprendió
a ver morir desde lo alto de su montaña de poder; así era Erzsébet, la mujer
más sádica de la historia, quien después de una agonía lenta, murió el 21 de
agosto de 1614 desgarrada por el tiempo, carcomida entre la oscuridad y el
vacío, y empalada en la inmensidad del castillo de Csejthe, su gran dominio.
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Qué terror que todavía existan muchas "Erszébeth Báthory" caminando por el mundo. Hay que conocer de qué están hechas esas almas sanguinarias.
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